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Barcelona-Cádiz

Tiempo de lectura 2 min.

20 de agosto de 2017. 22:08h

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¿Sabes que la distancia física más corta entre Cádiz y Barcelona la encuentras... en Madrid? En pleno centro de la capital, zona Huertas, localizas dos calles con sendos nombres, haciendo esquina. Un pasito adelante, eres catalán. Uno atrás y encarrilas la ruta gaditana. Pero si te desvías unos metros de la acera, sin querer, acabas en la mismísima Puerta del Sol. Te lo cuento porque estos días me siento, emocionalmente, en el mismo tránsito: un segundo mi corazón en Cádiz, con la familia, y al otro –sin poder evitarlo– en las Ramblas o en Cambrils. Si me evadiera de ciertas tareas estivales, ten por seguro que habría volado ya a una madrileña redacción de informativos, pero mi único hermano se casa en Cádiz y el nuevo matrimonio me hace madrina de su hija. En la ceremonia nos arropa el viento de levante. En el banquete se nos acerca la tía Soledad, recién llegada de Barcelona, con un puñado de décimos de lotería para sus sobrinos y un dolor profundo en la mirada. «No me pilló por poco, hijos... ¿Cómo es posible que no hubiera bolardos allí? Qué desconsuelo». La escuchas y piensas en quienes no gozaron de su buena suerte. La tía Soledad que, por cierto, es mi madrina, pasea cada día de su vida por la Rambla. Conmigo se esmeró, porque me contagió su pasión por Canaletas y sus floristerías, sus loteros, sus mimos, su mercado, su vida única de ciudad cosmopolita. En justa respuesta, recuerdo que mi primer reportaje periodístico «serio», cassette en mano, quise intentarlo años después allí mismo, en su hábitat. Hoy es ella quien me explica emocionada, al teléfono, el gesto de nuestro paisano Fernando Álvarez. El nadador del Club Natación Cádiz, participante del mundial de Budapest, ha guardado en solitario un minuto de silencio por las víctimas de los atentados de Cataluña. Solo él, por la negativa de los organizadores del mundial. «No hay tiempo que perder», respondió la FINA –Federación Internacional de Natación– a la reiterada petición de homenaje. Pero Fernando decidió dejar en un segundo plano el objetivo por el que se había desplazado a Hungría. Antepuso su corazón. Fernando se quedó en la plataforma, inmóvil, y aquello le supo a gloria. «Lo estaba sintiendo más que si gano todos los oros del mundo», explicó luego, a toro pasado. «¡Gaditano tenía que ser!», piensa en voz alta mi tía. Amén, le respondo yo.

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