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Canción del verano

Tiempo de lectura 2 min.

13 de agosto de 2017. 22:17h

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No son los incendios, ni la sequía, ni las pateras. No es Venezuela, ni siquiera Cataluña. Mireia Belmonte tampoco, a mi pesar (¿dónde están esas grandes portadas y homenajes multitudinarios que merecería nuestra nadadora de récord?). De repente, la verdadera canción informativa del verano se llama turismofobia, todos los políticos la denuncian y la corean con pasión. Bueno..., no todos. Ahí tienes a Puigdemont y a Junqueras, desaparecidos en combate, evitando comentar el asunto. Lo que sea, con tal de no tener que criticar a sus socios de la CUP cuyos cachorros –de nombre Arran– comenzaron sus galas violentas estivales amedrentando a visitantes en Barcelona y en Palma. El ritmo pegadizo antisistema caló veloz entre las juventudes de Sortu en el País Vasco. Ya sabes que, con tal de protestar y destrozar mobiliario, algunos cambian con alegre desapego la pancarta del apoyo a presos etarras por la del «turist go home». Luego hemos visto brotes exóticos de turismofobia en otros puntos peninsulares no masificados. ¿Pintadas en Oviedo? Ay, la Virgen. España, quién te ha visto y quién te ve. Tan agobiada tu prima de riesgo hace solo unos años, hundida toda tú en la crisis del rescate bancario, con sus correspondientes desahucios televisados, piel de gallina. Hoy, en buena medida gracias a todos esos millones de forasteros que vienen y se enamoran de ti, a su creciente inyección económica, te ves por fin despegando, España, decidida hacia la luz. ¿Qué nos está pasando? No me explico el masoquismo creciente de tirar piedras a quienes nos dan de comer, británicos, alemanes, de donde sean. Sus medios de comunicación están recogiendo y criticando estos ataques, con razón. Aceptemos que el turismo de masas nos sostiene, milagroso, y se nos podría volver en contra. Nos corresponde mimarlo, vigilar y castigar las conductas de los vándalos antisistema. Al mismo tiempo, nuestros políticos tienen el deber de evitar, con medidas concretas, que aumente el visitante extranjero de borrachera y balconing, a ratos escatológico con su ecosistema, un puñado de vecinos desvalidos. En tu tierra quizá la sangre aún no ha llegado al río, pero es cuestión de tiempo. Te confieso que en la mía, alguna vez desde la orilla, me he sentido súbitamente transportada a una boca de Metro, y me ha dolido, nostálgica de costas solitarias y libres. Todo eso ya pasó, aceptémoslo y acatemos el eslogan del éxito: Al turismo, siempre, una sonrisa.

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