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Duro con ellos

Tiempo de lectura 4 min.

12 de diciembre de 2016. 21:58h

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Los analistas de la CIA andan revueltos. Creen que el espionaje ruso influyó en el resultado electoral. Aunque las evidencias sean circunstanciales consideran probado que la inteligencia del zar Putin metió la zarpa en los servidores internos de los partidos. Incluso conocen los nombres de varios de ellos. Gracias a sus maniobras Wikileaks publicó cientos de correos privados, principalmente demócratas, incluidos los de John Podesta, director de campaña de Hillary Clinton, y de la presidenta del Comité Electoral del partido demócrata, Wasserman Schultz, que dimitió tras conocerse que había maniobrado contra el patricio del descontento, el jactancioso senador Sanders. Para Donald Trump la conclusión de la CIA y la NSA es «ridícula. Es otra excusa. No me la creo». Horas antes su equipo enviaba a la prensa un comunicado con los cables pelados: «Esta es la misma gente que dijo que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva». Nunca hasta ahora un presidente de EE UU había ridiculizado en público a los servicios secretos. ¡Y a través de Twitter! Una cosa es que Trump abronque a sus espías en privado, rechace sus informes o cuestione el valor de sus análisis y otra, asombrosa, que emplee las redes sociales para humillar a la mayor maquinaria de espionaje que el mundo ha conocido. El incidente, camuflado entre la miríada de torpezas de la nueva Administración, refleja la letal incomprensión del cargo al que accede por parte del empresario. No sólo desconoce cómo funcionan los canales de comunicación institucionales. Sus coces son la evidencia tarasca de que también ignora las más elementales reglas diplomáticas. A ese hablar con la boca ancha hay quien lo llama hablar claro. ¿En serio? Más bien actúa igual que un nene veleidoso. Uno que berrea si le arrebatas el mando a distancia, convencido de que nació investido con los poderes de un último emperador a punto de exiliarse a Manchuria. Qué decir de Taiwán. Primero habló por teléfono con la presidenta, Tsai Ing-wen. Con un par. No sólo amenazaba la política de Nixon y Kissinger cuando reanudaron las relaciones diplomáticas con el gigante asiático. Es que ahora va y remata la trapisonda frente a las cámaras al señalar que el no reconocimiento de Taiwán habrá que discutirlo en función de las contrapartidas que ofrezca el politburó chino. Acostumbrado a invertir en casinos cree que en el damero internacional puede jugarse al póquer. Quiere viajar a Paquistán mientras la India observa entre la estupefacción y el miedo los achuchones a su enemigo. Ah, y jalea al presidente filipino, Francisco Duterte, el mismo que el pasado septiembre se comparó con Hitler: «Hitler masacró a tres millones de judíos. Aquí hay tres millones de adictos. Los hay. Me gustaría masacrarlos a todos». Normal que Boeing, en previsión de que arruine sus contratos con Irán, haya corrido a explicarle que los ayatolás comprarán aviones por valor de 16 mil millones de dólares. Se espera con emoción el tuit desde las plantas nobles de la Torre Trump. Hay que poner firmes a esos fatuos ejecutivos aeronáuticos. Duro con ellos, Mr. President.

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