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Maradona en Zalacaín

Tiempo de lectura 4 min.

17 de febrero de 2017. 00:20h

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Alfonso Ussía 17/2/2017

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Jesús Oyarbide, marino navarro, cambió la mar por los fogones, y superada Alsasua, en las primeras curvas del puerto de Echegárate, abrió su primer restaurante «Príncipe de Viana». Estaba casado con una mujer maravillosa, Chelo Apalategui, la Jefa, prima hermana del asesino de la ETA «Apala». Jesús siempre se negó a someterse al chantaje de la ETA, y se trasladó a Madrid. Inauguró el «Príncipe de Viana» madrileño, el restaurante donde se comía como en las casas que se come bien, siempre abarrotado. Las albóndigas de jamón con patatas fritas en forma de dados me agobian de añoranzas. Allí, con sus hijos Iñaki y Javier y la Jefa en la cocina, nadie se sentía en un restaurante, sino en la casa propia. Hoy queda en Madrid el Real Nuevo Club, de acceso restringido, para disfrutar la comida de siempre en su mayor esplendor, gracias a la clase y constancia de su directora, María Martínez de Irujo.

Jesús Oyarbide fundó en 1973, en la calle Álvarez de Baena, «Zalacain». Era barojiano, y quiso bautizar su restaurante de lujo con el nombre del aventurero creado e imaginado por el formidable escritor de Vera del Bidasoa. Pasó a otras manos años más tarde, pero quedó su alma, su sombra. Hoy, junto a «Horcher», es el gran clásico de la gastronomía madrileña, con una carta excepcional, una gran bodega y un servicio impagable. En «Zalacaín» se exige la corbata, y sin corbata no se sienta ni el heroico general carlista Zumalacárregui.

Maradona llegó a Madrid como representante de la FIFA para presenciar el Real Madrid-Nápoles de la Liga de Campeones. No se entiende que la FIFA tenga a Maradona en su cúpula representativa. Fue un gran jugador, pero también un tramposo, un mentiroso y una muestra grosera de lo que no se puede ser habiéndolo tenido todo. En Madrid, nada más llegar, armó un escándalo en su hotel, discutiendo con su guapísima novia. Ella retiró la denuncia, y aquí paz y después gloria. Pero es un tipo violento, un farsante de la vida, y su calidad futbolística no se corresponde con su constante deterioro cívico. La FIFA no ha podido elegir un representante peor.

Al almuerzo ofrecido por el Real Madrid en «Zalacain» a los directivos del Nápoles, de la UEFA y de la FIFA, acudió Maradona. En Argentina lo tienen como un dios, y hace lo que le viene en gana. También en Cuba, donde ingresó en un hospital para rehabilitarse de su adicción a la cocaina. Ahí, al menos, fue consecuente. Era un gran amigo de Castro, un defensor de la dictadura comunista cubana, y se rehabilitó en La Habana. No reservó toda una planta de un hospital judío en Los Ángeles como los Bardem. Pero en «Zalacain» le recordaron que tenía que llevar chaqueta y corbata, y así se presentó, agobiado y con expresión retadora. Su novia le sacó del lío, y el representante de la FIFA se sentó en una mesa ocupada, en su mayoría, por personas bien educadas.

En una cena oficial en el Palacio Real de Madrid, la señora de Pujol, doña Marta Ferrusola, introdujo en su bolso un cubierto de plata de la cubertería Real. Lo vió el Rey Don Juan Carlos –al que en estas páginas denominan «El Emérito»–, lo vió y aprobó Pujol, y terminada la cena, se marchó a Barcelona con el recuerdo. Me permito recomendar a mis queridos amigos de «Zalacain» que comprueben si les falta algo, por si acaso. Los representantes de la FIFA, de un tiempo a esta parte, no merecen la confianza de la que antaño disfrutaban. Maradona, prodigioso futbolista, estafó al fútbol y al deporte en general. Jugó con sustancias prohibidas en su cuerpo. Su vida ha sido un rosario de incorrecciones admitidas y ocultadas. Y cuando vistió la camiseta del «Barça», ya estaban los Pujol en el poder. Todo se pega. Procedan en «Zalacain» a hacer un nuevo inventario.

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