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Puro teatro

Tiempo de lectura 2 min.

19 de abril de 2017. 23:10h

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Julio Valdeón 19/4/2017

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La liquidación de Bill O’Reilly, rey de la Fox, por presuntos comentarios machistas y acoso a algunas empleadas de la cadena, coincide con la aparición de un Stephen Colbert, su rival en NBC, y su parodia de un locutor de radio extremista. Del género rabioso. Como de escupir espasmos sobre el micrófono en plan Chaplin. El animalito de Colbert, bautizado como Tuck Buckford, en realidad parodia a Alex Jones. Un artista con mucha audiencia que insiste en propagar teorías conspiratorias, del 11-S, cocinado por el gobierno de EE.UU., a Obama. Según Vanity Fair, Jones sostiene que la matanza del colegio de Sandy Hook, o sea, el asesinato de veinte niños de entre seis y siete años, así como de seis maestras, fue un montaje. Una parodia. Una cosa así como de mucho tomate de bote y mucho extra en el papel de madre enlutada y ronca frente a los ataúdes blancos. Los abogados del caballero, que va de periodista, dicen que en realidad lo suyo es perfomance. Pues bien, Colbert, que durante años hizo coñas a costa de O´Reilly mediante una suerte de personaje que sulfuraba sus tics, parece haber comprendido que no hay futuro en reírse de un tipo que parece Clark Kent al lado de Jones. Es lo que tiene la nueva política. El nuevo/nuevo periodismo. La locura total en la que patinamos todos. Yo, que detesto las bromas, y sobre todo a los bromistas, cuando la humorada va del jajajá a costa de alguien, asumo que una cosa es el humor profesional, en televisión, y otra abusar verbalmente de un subordinado en la oficina. Pero también lamento que hayamos viajado de O´Reilly a Jones. Entre ambos media la distancia de un periodismo de opinión, asilvestrado pero necesario, culto y salvaje, y un pseudoperiodismo a la Tuerka que acabará por instalarnos definitivamente en la distopía más cutre. Con O’Reilly podías o no estar de acuerdo. Cabrearte. Gritarle a la tele. Dar un respingo y hasta subirte al sofá. Pero sabías que enfrente tenías a un tipo que respetaba la deontología del oficio. Que tiraba con plomo, pero no jugaba a ser el payaso del barrio. Que provocaba sin laminar las fontanerías del sistema. Los Jones pertenecen a otra especie. Con la excusa de la provocación, amparados por la apnea que provoca el exceso moralista de los guardianes de la corrección política, hacen del plató un tiro al plato con bengalas. Son artistas del cambalache. Voceros del ruido. Titiriteros de un desprecio por el liberalismo y el campo de juego parlamentario. Van de librepensadores cuando en realidad apuestan todas las fichas, negras y rojas, a corroer los principios que garantizan las libertades, y el primero y más frágil la verdad. Se empieza con las novelas de no ficción y rematas con un portaaviones rumbo a Corea del Norte en dirección contraria y unos locutores que a falta de vergüenza exhiben sus mentiras y luego, pillados en falta, van y rajan que lo suyo es otra cosa. Los caló La Lupe. Si es que es teatro, lo tuyo es puuuro teatro...

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