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Sí, fue un gran día

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17 de septiembre de 2017. 01:07h

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Julián Redondo 17/9/2017

Detrás de Felipe VI, en la misma línea, pero doce filas más atrás, en ese palco inmenso que huele a nuevo y en el que se intuyen grandes tardes/noches de fútbol (precisamente no ésta del 16 de septiembre de 2017). Ahí estaba yo, detrás de Su Majestad, justo enfrente del pico del nuevo escudo del Atlético, el equipo del Rey. Su simpatía por estos colores se rumoreaba, hasta que la Infanta Elena, en uno de los «saraos» de LA RAZÓN, nos confesó a María José Navarro, Alfonso Ussía y servidor que ella despertó ese fervor en su hermano, a quien imaginamos –repito, estábamos a su espalda–maravillado en el nuevo estadio, en el que se dieron cita para la inauguración 63.114 espectadores. Casi lleno; pero muy bonito, modernísimo, asombroso y con un ambiente calcado al del Calderón.

Aterrizó la «Patrulla Águila» –tres paracaidistas con más puntería que todos los jugadores del Atleti, excepto Griezmann, que salvó la fiesta–, entró el Rey y escuchó una cerrada ovación. La gente, vuelta hacia él dando palmas. Estaba en su casa. A su derecha, Cristina Cifuentes; a su izquierda, Enrique Cerezo. A ambos lados, el ministro de Exteriores, Alfonso Dastis, y el de Educación, Cultura y Deportes, Íñigo Méndez de Vigo. Y Manuela Carmena y María Dolores Cospedal... También estaban Javier Tebas, presidente de LaLiga, y Juan Luis Larrea, presidente en funciones de la Real Federación Española de Fútbol.

El palco es amplísimo, lo suficientemente grande como para no distinguir a tanto invitado ilustre. Estaba Carla Pereira, la pareja de Simeone, con la niña de ambos en brazos. Cumplirá un año el próximo día 29 y ya ha estado en el Wanda Metropolitano, donde el nombre que más se coreó fue el de su padre.

Entre los empleados y directivos del Atlético, los nervios lógicos de la gran ocasión. Todos pendientes del menor detalle para que nada fallara. No estaba en sus manos que los videomarcadores no funcionaran. Pero fue un hecho aislado, menor. Lo más gordo estaba superado, gracias, por ejemplo, a la buena voluntad del Ayuntamiento. Se trabajó con celeridad para que todo estuviera en orden; para que los servicios de seguridad, los bomberos y el personal de auxilio estuvieran en sus puestos casi al tiempo que los permisos. Es lo que tienen las obras nuevas. En ésta aún quedan cuatro meses de trabajos para niquelar el estadio, sobre todo en el exterior. Sin embargo, su aspecto, las comodidades, la amplitud y los avances técnicos maravillaron. Javier Lozano, presidente de la Liga Nacional de Fútbol Sala, recorrió por fuera el coliseo y no ocultaba su asombro, que se disparó al verlo por dentro. Había, no obstante, quien no podía ocultar la nostalgia del Manzanares. Salvador Santos Campano, el que fuera vicepresidente atlético con Vicente Calderón, hablaba de sus sentimientos encontrados, de lo que costó levantar aquel campo, «teniendo en contra incluso al alcalde (Arias Navarro) y sin un céntimo», y de lo «bonito, moderno y espectacular» que es éste.

Javier Aguirre, Antic, Emilio Cruz, técnicos que dejaron su impronta en el Atlético se mostraban entusiasmados; mucho más con el estadio que con el fútbol. En el minuto 90 Oblak evitó el empate. El Atlético es como es. Nada ha cambiado. El sufrimiento es intrínseco a su afición. ¡Qué manera de ganar, y de sufrir! Al equipo le cuesta marcar, ¡una hora en meterle un gol al Málaga! Y menos mal que Griezmann certificó la fiesta. La guinda, no obstante, la pondrá la UEFA si el próximo 21 designa al Wanda Metropolitano sede de la final de Champions’2019.

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