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Matanza impune de cristianos

Tiempo de lectura 4 min.

26 de mayo de 2017. 22:38h

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26/5/2017

La reciente visita del Papa a Egipto de finales de abril, su valiente alegato contra «toda forma de violencia, de venganza y de odio cometidos en nombre de la religión o en nombre de Dios» debía convertirse en un aldabonazo moral para las aletargadas conciencias colectivas del país y del mundo ante la persecución bárbara de los cristianos, en este caso de los coptos. Entonces, el Santo Padre habló sobre la sangre derramada de los inocentes, de «la incompatibilidad entre la fe y la violencia, entre creer y odiar». Si clamó o no en el desierto, es algo que sólo podremos saber con el transcurrir del tiempo, aunque lo cierto es que para millones de personas, especialmente los amenazados y perseguidos, su voz, su denuncia, fue un mensaje de esperanza. El Santo Padre sabía que era su viaje más peligroso, pero también el más necesario. Llegó en otro de esos momentos críticos para la minoría cristiana de Egipto, que representa al menos al 10 por ciento de la población, después de que, desde diciembre, unas 70 personas hubieran sido asesinadas en atentados yihadistas con bombas contra iglesias en las localidades de El Cairo, Alejandría y Tanta. Ayer, muchos, puede que todos los cristianos de ese país, se aferraron con dolor a las palabras y a la cercanía de Francisco para poder soportar de nuevo otro acto salvaje y atroz cuando conocieron que al menos 28 personas murieron y otras dos decenas resultaron heridas por los disparos de un grupo de hombres contra un autobús de fieles coptos en el oeste del pueblo egipcio de Al Adua, en la provincia de Minia (sur), que se dirigían a rezar al monasterio de San Samuel el Confesor. Una matanza más de inocentes mártires de la sangrienta persecución por parte de extremistas islámicos que buscan sencillamente su exterminio. Que cunda la sensación de que la resignación es el único horizonte que les espera a los cristianos en Egipto como en los otros países musulmanes en los que malviven entre todo tipo de olvidos, discriminaciones y desinterés de los gobiernos de turno, es un sentimiento comprensible porque los hechos no dejan entrever otra alternativa. Asegurar que los coptos están condenados a desaparecer a medio plazo de la tierra que ya poblaban siglos antes del nacimiento del islam puede parecer exagerado, pero, en realidad, por más desolador que pueda parecer, es algo verosímil. Su situación es dramática entre amenazas de muerte continuas que generan una indefensión que coarta y condiciona sus vidas. El día a día de todas estas familias es un encomiable testimonio de fe y de coraje. Merecen y necesitan mucho más de lo que han recibido y reciben de los poderes locales, pero también de las autoridades globales. Las naciones que representan la civilización cristiana, encuadradas en ese denominado primer mundo, no pueden limitar la respuesta a las carnicerías de cristianos a una lacónica y gélida condena con que cerrar el episodio hasta los siguientes asesinatos. Ni es moral ni es decente, por más que calmen las conciencias de quienes prefieren mirar para otro lado. Hay que denunciar lo que ocurre, claro, pero existen muchos resortes que tocar a nivel internacional para que los gobiernos de turno, el egipcio o el que corresponda, actúen con eficacia en defensa de las vidas amenazadas y dejen de lavarse las manos como símbolo de una política desalmada. La epidemia de extremismo, de intolerancia, de fanatismo que el odio y la ignorancia multiplican, es un duro enemigo a combatir que exige convicción y decisión, pero es un acto de necesidad, justicia y piedad. Por el bien de los cristianos, por el de todos.

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