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Destinos oceánicos de Castilla

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16 de abril de 2017. 23:12h

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Sancho III Garcés el Mayor (1004-1035) transformó el primitivo Reino de Pamplona en Reino de Navarra, convirtiéndose en árbitro de la España cristiana como monarca «regnante et imperante» en Pamplona, Castilla, Rioja, Álava, Guipúzcoa, León, Aragón, Sobrarbe, Ribagorza y Gascuña. Consiguió por medio de hábiles movimientos políticos la hegemonía del norte de España mediante una red de parentescos que, unido al auge cultural románico, otorgó una función de enorme importancia a Navarra. Cuando muere, el 18 de octubre de 1035, su hijo Fernando le hizo enterrar en Oña, que adquirió, de este modo, un alto rango capitalino comarcal, así como dejaba señalada la importancia que el rey de Navarra concedía al condado de Castilla, al tiempo que en su testamento mostraba un atrevido espíritu reformador. Al hijo primogénito le deja el Reino patrimonial, segregándole por Oriente tierras ribargozanas y aragonesas, añadiéndole por Occidente tierras castellanas; al segundogénito, Fernando, el Condado de Castilla, más tierras del Cea y del Pisuerga, segregadas del Reino de León; al tercer hijo, Ramiro, el Condado pirenaico de Aragón; y al cuarto, Gonzalo, los condados de Sobrarbe y Ribagorza.

El primer documento en que Fernando aparece con la denominación de Rey es de 21 de junio de 1038. Nacía así el Reino de Castilla. La mayor importancia del reinado de Fernando I de Castilla (1035-1065) fue la reanudación de la expansión reconquistadora con un propósito muy claro de establecer frontera con el mar. Viseo fue tomada al asalto el año 1058 y seis años después Coimbra. En una Curia Regis celebrada en León dispuso el modo en que sus hijos varones tenían que heredar los reinos cuando ocurriese su fallecimiento, constituyendo infantazgos para sus dos hijas, Urraca y Elvira. Estuvieron presentes los abades de los cuatro monasterios: Oña, Cardeña, Ardanza y Silos.

Es el momento del fortalecimiento de la sociedad cristiana occidental y de la afirmación de fronteras territoriales: la Reconquista benefició de modo particular a la España atlántica y la afirmación de los «cinco Reinos». El Islam conoció su irreparable derrota en la gran batalla de las Navas de Tolosa (1212); decisiva porque, en los cincuenta años que siguieron, la repoblación con gentes llegadas del norte peninsular se complementaba con un considerable excedente de nacimientos.

A mediados del siglo XV los Estados europeos, apoyados en el Mediterráneo, constituían un universo cerrado. Desde el XIV, el feudalismo declinaba de un modo progresivo. Los mayores vínculos de unidad se asentaron en la religiosidad cristiana. La tradición comercial y financiera se centró en el Mediterráneo occidental; la península Ibérica fue un territorio privilegiado, tanto por su posición geográfica como por la fuerza del ideal expansivo castellano hacia el Océano, lo que dio origen a las tres Castillas marítimas: la cantábrica, rica en puertos a lo largo de mil quinientos kilómetros, desde Vigo hasta Fuenterrabía y San Juan de Luz; la mediterránea, desde Tarifa hasta la frontera con el Reino de Valencia; y la propiamente atlántica, desde Ayamonte, en la desembocadura del Guadiana, hasta Gibraltar.

La tradición comercial y marinera se centró en el Mediterráneo occidental, donde surgieron instrumentos, medios y voluntad, así como ciudades atractivas para alojar pobladores que seguían las líneas de asentamiento de las gentes del norte, buscando mejores perspectivas y la ruta oceánica hacia las relaciones comerciales con los países laneros del norte de Europa.

En el año 1200 el litoral vizcaíno quedó bajo la autoridad directa del rey de Castilla, lo cual favoreció el comercio de la lana con los mercados de Flandes. Los monarcas castellanos concedieron constantes privilegios a los puertos cantábricos: Laredo, Castro Urdiales, San Vicente de la Barquera.

El almirantazgo de Castilla tuvo su residencia en Burgos, apoyándose en el poderoso sistema capitalista que allí radicaba, así como a la importancia y riqueza de la Catedral, que cobraba diezmos de los puertos cantábricos. En 1296 se concertó en Castro Urdiales la creación de la Hermandad de las Marismas que suponía la unión de los concejos de Santander, Laredo, Castro Urdiales, Vitoria, Bermeo, Guetaria, San Sebastián y Fuenterrabía; esta Hermandad fue motor de importantes empresas marineras. También Portugal puso de manifiesto su vocación marinera en la larga costa abierta al Atlántico, desde el siglo XIII. En la guerra de los Cien Años, Portugal adoptó partido al lado de Inglaterra, contra Francia y Castilla. Los ibéricos hicieron su entrada en el Océano desde 1339 en el Portulano de Angelino Dulcert. En el transcurso de ochenta años –de 1340 a 1420– fueron descubiertos, explorados, los archipiélagos de las Azores, Madeira, Canarias y Cabo Verde. Los portugueses desde el Algarve y los dos grandes puertos de Oporto y Lisboa; los castellanos desde la costa andaluza, Niebla, Cádiz, río Guadalquivir, Sevilla y Córdoba. Los impulsos de navegación atlántica de portugueses y castellanos con momentos de colaboración y también de rivalidad.

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