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«Twitter es una cafetería con unas mesas más ruidosas que otras»

Entrevista con Marc Argemí, autor de «El sentido del rumor: cuando las redes sociales ganan a las encuestas»

  • El análisis correcto de las conversaciones en redes sociales puede ser de gran ayuda, defiende Marc Argemí
    El análisis correcto de las conversaciones en redes sociales puede ser de gran ayuda, defiende Marc Argemí / Reuters
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Ernesto Villar Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

11 de mayo de 2017. 07:02h

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Ernesto Villar Madrid. 11/5/2017

Las redes sociales son la cafetería de la Plaza Mayor de cualquier pueblo o ciudad, ese lugar en el que cada parroquiano expresa su opinión en voz alta para que le escuchen los demás. Es lo que hay. Y con eso es con lo que hay que trabajar.

La definición es de Marc Argemí, que acaba de publicar El sentido del rumor: cuando las redes sociales ganan a las encuestas (Editorial Península, Barcelona, 232 páginas), un libro en el que defiende que, si se saben interpretar bien, las redes sociales pueden ayudar a entender mejor la realidad, barruntar resultados electorales o, quién sabe, adivinar movimientos sociales por venir. Y si no sabemos “traducirlas”, sucumbiremos al “ruido” que rodea a internet y todo lo trastoca.

En su libro, el autor hace un original análisis de algunos de los últimos procesos electorales en España, siguiendo el ejemplo de otros países, y se adentra en los efectos que twitter o Facebook tienen sobre el rumor de toda la vida, ahora magnificado. A su juicio, contextualizar todo lo que se dice en la red es un buen punto de partida.

Pregunta: Facebook tuvo desde sus inicios mucho de “patio de vecinos”, pero twitter nació con la esperanza de ser un foro de intercambio de información. ¿Se ha pervertido también por la invasión de GIF’s, bromas, memes y demás contenidos?

Respuesta: Facebook se parece ahora a la tertulia entre amigos en la sala de estar de casa, y Twitter es la conversación en la cafetería. Y como toda cafetería, hay algunas mesas más ruidosas que otras, y hay establecimientos tranquilos y tabernas con música en directo. En otras palabras: Twitter es un espacio muy abierto, donde en realidad cada uno escoge qué información consumir y con quien debatirla: su grandeza –la apertura de participación- es al mismo tiempo su debilidad, porque se pueden encontrar también contenidos falsos que no es fácil distinguir a primera vista de los auténticos.

P: La generación que tiene más información a su disposición es, posiblemente, la menos informada de todas. ¿Cómo explica esta paradoja?

R: Se trata de una cuestión de educación. La generación anterior tenía una dieta informativa muy pautada, con productos bastante fabricados y con oferta limitada: boletines informativos, telediarios, ejemplares de diarios. Ahora, las redes permiten que cada uno se gestione su propio menú informativo a partir de muchísimas más fuentes, con lo que es tan probable estar mucho mejor informado como estarlo mucho peor. Es necesaria una educación sobre dieta informativa, si se me permite la expresión, para evitar el sobrepeso o la anorexia informativas, es decir situaciones de desinformación por exceso o por defecto. Se trata de adquirir criterio propio.

P: Usted propone en su libro un cambio de perspectiva para dar más importancia en los análisis a las opiniones que se están vertiendo en internet. ¿Realmente eso es posible entre tanto “ruido”?

R: Es posible en la medida que se den dos condiciones: primera, que las opiniones sigan expresándose de modo libre por parte de los ciudadanos a través de este canal, y segunda, que se disponga de herramientas de analítica de datos (la llamada ahora Big Data) para separar el ruido de lo verdaderamente valioso.

P: Habla en concreto de la importancia de “encuadrar” bien eso que se está diciendo para no perdernos. Explique cómo se podría hacer...

R: Encuadrar correctamente implica que el mensaje que recibo lo interpreto de modo que no me lleva a confusión: saber cuándo un mensaje es un chiste, cuándo es un bulo que se ha repetido ya en otras ocasiones en términos similares, quiénes son las fuentes fiables y cuáles requerirían mucha revisión antes de tomarlas en serio, qué proximidad tiene a los hechos la persona que me lo está contando (cuanto más lejos, más precaución), entre otras muchas medidas.

P: Entremos ahora en harina política. Si supiéramos entender e interpretar de verdad las redes sociales, ¿seríamos capaces de “clavar” un resultado electoral? ¿Sería el fin de las encuestas electorales tal y como las conocemos hoy en día?

R: La realidad es que ya a día de hoy ha sido posible acercarse más que las encuestas al resultado final: ocurrió en el 20D, ocurrió con el Brexit, ocurrió en el 26J, ocurrió con Trump. Su reivindicación como alternativa a la encuesta tradicional es aún, me parece, prematura: depende de cómo evolucione el uso de las redes sociales por parte de la ciudadanía. Lo que parece claro es que la metodología de las encuestas electorales puede enriquecerse mucho con la introducción de las novedades que plantea la observación y el análisis de la conversación digital.

P: ¿Y qué se necesita para hacer ese estudio realmente eficaz? ¿Bastará con un algoritmo para leer lo que las redes están diciendo? Lo pregunto porque en muchos casos internet saca lo peor de nosotros mismos. ¿No es este un sesgo que contamina este análisis?

R: Es muy importante contar con mecanismos para salvar este tipo de sesgos. Así, por ejemplo, en nuestro caso usamos algoritmos para detectar la presencia de bots –usuarios automatizados- que pervertían la conversación con una participación exageradamente alta, y para detectar qué parte de la conversación era directamente atribuible a los partidos. Pero aún más decisivo es contar con capacidad para analizar qué indicador está siendo el verdaderamente relevante. En algunos casos puede ser el número de participantes en la conversación, en otros el porcentaje de positividad o negatividad hacia una formación, o bien el número de menciones o el éxito de determinados posts, y probablemente la respuesta esté en una combinación de todos ellos. Está, en el punto crucial, la toma de decisiones del analista.

P: ¿Cree que internet en general, y las redes en particular, están devaluando el mensaje político?

R: Pienso que las redes están mostrando lo mejor y lo peor de la política. Reflejan por escrito posturas y comportamientos que ya existían antes. Quizás, en algunos casos, ha dado salida y difusión a conductas antisociales que en otros ámbitos no lograrían eco.

P: En su libro, menciona ejemplos muy mediáticos como el “desfile” de políticos por programas como El Hormiguero y la consiguiente repercusión en redes sociales. ¿Qué importancia concede a este tipo de fenómenos dentro del conjunto de una campaña electoral, con sus mítines, sus entrevistas y sus programas electorales?

R: Algo que las redes permiten en campaña es que el candidato –y su equipo- tengan mejor conocimiento de sus votantes, hasta el punto que pueden adaptar los mensajes y los formatos con una precisión antes sólo al alcance de quien se presentaba a alcalde de pueblo y conocía de antemano a todos los vecinos. Lo importante, pues, es que la segmentación de públicos puede ser muy precisa. Con esta información, luego se busca qué programas de televisión consume ese mismo público, y se plantea la campaña. Lo interesante es programar no en función de tus presupuestos, sino en función de dónde está el público que interesa.

P: Usted menciona también que el “silencio habla”. Explica esto quizás que Rajoy gane en las urnas elecciones que pierde en twitter...

R: En realidad, Rajoy no ha tenido un peso significativamente inferior en Twitter, en comparación con sus resultados. Otra cosa sería el nivel de movilización de su militancia. En este otro campo, hay silencios que hablan, en efecto. Es el caso de una oleada de críticas hacia un político en concreto, en la que se observa que quienes hablan más son quizás de la oposición, mientras que sus correligionarios callan. Ahí se ve cómo la crisis de reputación es solo aparente: su público objetivo, en cambio, vive ajeno a la polémica.

P: La izquierda sabe utilizar mejor que nadie internet. La derecha no lo entiende. ¿Qué hay de cierto en esta afirmación?

R: Que las últimas campañas electorales en España han demostrado que hay ejemplos de buenos y malos usos tanto en izquierda como en derecha. La división, más que en izquierda o derecha, está en lo consolidado que esté el partido y en la capacidad de acceder a otros medios más tradicionales. Aquellos que mejor han usado las redes son los mismos que no tenían otras alternativas. Dicho esto, pienso que la generalización de la pregunta no se sostiene, a día de hoy.

P: Y, para terminar, Facebook, Google, Wikipedia y demás gigantes se han remangado ahora para luchar contra las noticias falsas. ¿Cree que tendrán éxito en este empeño?

R: La desinformación existe, ha existido y existirá, tanto aquella que es fruto de maquinaciones interesadas como aquella que es fortuita, por defectos en la transmisión de información y de comprensión. El éxito de cualquier medida dependerá de la toma de conciencia personal de las audiencias. Cada vez que hacemos click en un titular de dudosa credibilidad sólo porque pica la curiosidad o confirma nuestras ideas, estamos validando un modelo de periodismo más proclive a dejarnos desinformados. En definitiva, que la propaganda falsa no desaparecerá si nosotros al mismo tiempo no nos protegemos del propagandista que llevamos dentro, si no empezamos por ser autocríticos.

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