lunes, 29 mayo 2017
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Pepe Luis, la magia del clasicismo

  • Pepe Luis Vázquez / Torero

  • El torero, que vuelve por un día a los ruedos mañana en Illescas junto a Morante y Manzanares, se sincera para LA RAZÓN con su sobrino

A sus 61 años, el diestro saborea la miel de las cosas recuperadas
A sus 61 años, el diestro saborea la miel de las cosas recuperadas
Manuel Olmedo

La última vez que Pepe Luis Vázquez hijo toreó una corrida de toros fue en Utrera en 2012. Lo hizo –para evitarle un disgusto– a escondidas de su padre, el gran Pepe Luis. «Él me llamaba todas las tardes, pero ese día le dije que no me llamara porque tenía un tentadero en lo de Guardiola. Verás, desencaminado no iba porque la corrida se celebraba a escasos kilómetros de donde di mis primeros pases», cuenta entre risas mientras conduce su coche con el mismo temple que coge «los tratos». Tras una matutina sesión de fotos en la casa donde vivió junto a su padre, el Sócrates de San Bernardo, se dirige hacia la finca de Morante, quien le ha devuelto la ilusión por vestirse de luces.

Tres novillos y una becerra, gentileza del anfitrión, corresponden a la preparación de un torero que de la misma forma que anunció su despedida, comenzó su trayectoria. «Toreé una serie de novilladas sin caballos que me arregló el banderillero Luis González con el empresario Jacinto Halcón. Mi padre prácticamente no se enteró». Una vez que el aprendiz había rodado lo suficiente, llegó la aprobación del Maestro. Fue el punto de partida de una carrera novilleril fugaz y prometedora, que se frenó tras la alternativa por las diferentes adversidades que se cruzaron por el camino. «Una de ellas el toro, muy grande y a contra estilo», recuerda el diestro que, a sus 61 años, saborea la miel más dulce que podemos probar: la de las cosas recuperadas.

El escenario donde los aficionados se reencontrarán con una tauromaquia única y en peligro de extinción será mañana en la plaza de Illescas. El cartel lo completan Morante y Manzanares. El clasicismo como concepto universal. La naturalidad, el barroquismo y la verticalidad como diversidad entre ambos.

Desde aquella tarde en Utrera, hace cinco años, las cosas han cambiado. El Maestro estará ausente de presencia, pero no de pensamiento. Y el hijo se vestirá de luces, por primera vez en su vida, sin tener que evitarle el disgusto al padre. Éste contemplará desde el cielo cómo su primogénito hace el paseíllo con la misma naturalidad de siempre y con el sentimiento renovado de quien todavía tiene mucho que decir y nada que ocultar. «Él me hubiese dicho que no estoy bueno de la cabeza. Y con mucha razón». Pero a golpe de locura se fragua una vida única y repleta de arte, en todas sus expresiones. «Realmente el flamenco casi me gusta más que torear... Además, es imposible torear bien si no te gusta el flamenco. También soy aficionado a la poesía», revela Pepe Luis, que en más de una ocasión ha confesado que su toreo es tan íntimo que no es «casi de nadie».

El diestro revela que cuando empezó, a finales de los 70, pensó que «todo lo que pasara sería para bien». Y a estas alturas duda al reflexionar si cambiaría algo de su pasado. «Hubiese sido difícil, porque yo siempre he sido muy fiel a mi estilo». Un estilo siempre marcado por su personalidad, llena de bondad, y en ocasiones, falta de ambición. «Pero es mi carácter, que se imprime también en mi toreo. Esas cosas son íntimas, vienen dadas y no las cambiaría por nada del mundo».

Una tarde de abril de 2012 el Sócrates había estado conversando con uno de sus doce nietos. Éste, motivado por su afición, seguía a Josemari Manzanares por distintas plazas del orbe taurino, y esa tarde tocaba La Maestranza. Hablando con el abuelo ciego, el nieto describía cómo era la tauromaquia de ese joven matador que tanto estaba triunfando. Fue entonces cuando el Maestro lanzó lo que sería una premonición. «Por lo que me dices, el mejor cartel de toros sería tu tío José Luis con Morante y Manzanares». Un lustro más tarde, el genio de la Puebla escucha atónito esta anécdota sentado al volante de su Mercedes rojo que, como todo lo que le rodea, evoca a otra época. «He hecho hincapié en que fuese ese cartel, porque es el que más representa al toreo artístico en estos momentos», comenta.

De su amigo Pepe, como le llama, destaca «sobre todo, la naturalidad y la sencillez... Sin ningún tipo de alarde de cara a la galería. Eso lo dota de una categoría humana fuera de lo normal». Los dos se admiran y complementan mutuamente. Morante reconoce que la reaparición de Pepe le aporta «mucha ilusión. Ha sido un torero que no ha tenido la suerte debida o no ha estado lo suficientemente cuidado para que desarrolle su tauromaquia». El estar a su vera le ha enseñado a ser mejor torero. «Llevo mucho tiempo buscando la naturalidad dentro de mi estilo, y él, como la tiene tan acentuada, no solamente delante del toro sino en todos lados, sólo con verlo aprendo».

Fue el pasado año cuando, a finales de temporada, Pepe empezó a acompañar a su amigo José Antonio a corridas. «Siempre he tenido con él buena relación y le he admirado. Pero ha surgido entre nosotros una buena amistad, baza fundamental para que yo dé éste paso. Me ha allanado mucho el camino y me ha ilusionado sobremanera».

Al igual que sucedió en los inicios, el futuro está repleto de incertidumbre. Como siempre, el toro tiene la última palabra. «Verdaderamente no tengo grandes pretensiones, nunca las he tenido», confiesa Pepe Luis. Por lo pronto, volver a torear le ha supuesto una ilusión nueva. «Un rejuvenecimiento, sobre todo de espíritu. El deseo de seguir diciendo cosas en lo que es mi auténtica pasión, por la que he vivido y vivo. Con la única ambición de poder torear bien y hacer cosas que lleguen al corazón de los aficionados».

Pepe Luis Vázquez posa en la fotografía con su sobrino Pepe Luis, autor de la entrevista
Pepe Luis Vázquez posa en la fotografía con su sobrino Pepe Luis, autor de la entrevista
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