
Espacio Misterio
La extraña cruz que plantea dudas sobre el cristianismo en Europa
Una cruz hallada en Brandenburgo revela la planificación detrás de la cristianización de los territorios eslavos

En una parcela agrícola del oeste de Havelland, un diminuto fragmento de bronce ha vuelto a abrir una grieta hacia uno de los capítulos más inquietantes de los inicios del cristianismo en los antiguos territorios eslavos.
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Juliane Rangnow, voluntaria del programa estatal de conservación arqueológica de Brandeburgo, desenterró en enero de 2026 una cruz medieval de rueda que, tras ser restaurada y medida con precisión, encaja de forma exacta en un molde de fundición hallado en 1983 en el castillo eslavo de Spandau. Esta correspondencia excepcional confirma que tales cruces de bronce se fabricaban en serie hace más de un milenio.
El molde —conocido en el ámbito académico como la “Cruz de Spandau”— apareció hace más de cuarenta años junto a los restos de una iglesia de madera primitiva excavada en el asentamiento eslavo de Spandau, al oeste de la actual Berlín. Hasta hoy, los investigadores solo contaban con el molde, sin haber identificado ninguna pieza producida a partir de él; esa incógnita acaba de resolverse.
La trascendencia histórica del hallazgo va mucho más allá de un simple ajuste técnico. La cruz de rueda se sitúa entre los siglos X y comienzos del XI, un periodo de tensiones religiosas y políticas en una región habitada entonces por tribus eslavas no cristianas, como los Sprevani, establecidos en torno al río Spree mucho antes de la consolidación del poder germano. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿a quién iban destinadas esas cruces?

Brandeburgo no era un territorio espiritualmente desierto; más bien al contrario. Las tribus eslavas occidentales practicaban cultos politeístas profundamente enraizados, ligados a la naturaleza, a los ancestros y a divinidades locales. El cristianismo introducido por el Reino Franco Oriental no fue fruto de una revelación colectiva, sino parte de una estrategia de dominio político. La cruz no llegó sola: avanzó acompañada de ejércitos, obispos designados y fortalezas militares.
En ese marco, la fabricación seriada de cruces adquiere un matiz inquietante. No se trata de piezas únicas encargadas por creyentes fervorosos, sino de objetos estandarizados, reproducibles y fácilmente distribuibles. Una suerte de propaganda religiosa en bronce, portátil y resistente. La cruz como signo visible de sometimiento, pero también como instrumento de control social.

Algunos historiadores plantean que estos objetos pudieron funcionar como amuletos híbridos, aceptables para comunidades paganas porque su forma circular —la “rueda”— evocaba antiguos símbolos solares precristianos. De ser así, estaríamos ante una estrategia deliberada de sincretismo: revestir la nueva fe con formas conocidas para suavizar su impacto. Una conversión amable en apariencia, pero inflexible en su trasfondo.
Y, sin embargo, la historia demuestra que aquella tentativa no prosperó plenamente. En 983, apenas unas décadas después, estalló la gran revuelta eslava. Iglesias arrasadas, obispos expulsados, cruces derribadas. El cristianismo fue erradicado de la región durante generaciones. Eso hace que la cruz hallada en Brandeburgo resulte aún más perturbadora: pertenece a un intento fallido, a una primera cristianización truncada, casi borrada de la memoria oficial.
Por eso este descubrimiento posee un valor singular. No se acomoda al relato lineal del avance cristiano en Europa. Habla de resistencia, de imposición, de la fe utilizada como herramienta política y de pequeños objetos cargados de una enorme violencia simbólica. La cruz no como promesa de salvación, sino como línea de demarcación.
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