“Teje el cabello una historia”: una exposición cogida por los pelos

El Museo del Romanticismo sorprende con una muestra sobre el peinado en esta época

Romero de Torres pintó, además de a la mujer de tez morena, a Josefa Suárez Parias, una joven a la que tomó como modelo de cabello en uno de los más bellos y rotundos retratos que se puedan ver sobre el tema del pelo. Y lo llamó, sin quebrarse la cabeza, que no era necesario en absoluto, «¡Viva el pelo!» (1928). La joven posa de espaldas y se aprecia su abundante cabellera, de la que sobresale lo que intuimos como una peineta roja. No necesitó más.

Claro, que si quieren verlo han de ir al museo natal del pintor en Córdoba. Ya sabía el artista que los asuntos capilares suelen levantar pasiones. A quienes tienen pelo en abundancia, porque lo tienen, y a quienes carecen de él, por eso precisamente. No sabemos si al calor de esta estupenda obra el Museo del Romanticismo ha querido homenajear a hombres y mujeres del periodo romántico que hicieron historia a través de recogidos, bucles, tirabuzones y rayas en medio. Y con estos mimbres ha tejido una historia curiosa.

No es el caso de lavar, marcar y peinar, que eso se nos antoja más moderno, sino que ha seleccionado diferentes cuadros para que comprendamos la verdadera importancia sociocultural que ha tenido y tiene la manera en que nos peinamos. Hombres y mujeres. Y es que la imagen dice mucho de cada uno. Es la primera impresión, esa que dicen que sí cuenta, porque lo cuenta todo o casi. Las damas elegantes del siglo XVIII acudían a su peluquero para que las aderezasen. No faltaban en los tocadores las peinetas o las blondas.

España, creadora de tendencias, se dejó seducir por las corrientes francesas en lo que al cuidado capilar se refiere y decidimos importar accesorios y peinados en el siglo XIX. No hay más que echar un vistazo a la infanta Luisa Carlota de Borbón, por ejemplo, para comprobar que las cabelleras crecían exponencialmente (quizá en ellos, solo quizá, se inspiró el famoso «Arriba España» de los años cuarenta) y que no era lo mismo peinarse para la mañana que para un baile de tarde o una cena nocturna. Hacia los años 20 del siglo XIX se impusieron los bucles que enmarcaban el rostro y caían a ambos lados de manera bucólica, perfectamente labrados a golpe de tenacilla. Lo mismo que la raya en medio que dejaba el cabello milimétricamente dividido en dos, rematado con cocas o lazadas.

Mujeres coquetas y hombres que no se quedaban atrás dispuestos a que sus barbas fueran el centro de atracción o sus patillas marcaran tendencia no para convertirse en objeto de deseo, sino para remarcar la personalidad de cada cual. No creamos, pues, que los pelos encrespados y cardados son cosa de anteayer. Por sus peinados los conoceréis. Y ahí están los pelucones blancos de Warhol, la melena a tazón de Mirelle Mathieu, el corte cortísimo de una casi niña Mia Farrow o esa indescriptible raya en el pabellón auditivo que gastaba el político vasco Iñaki Anasagasti, por no hablar de la coleta con algún mechón fuera de sitio de Pablo Iglesias. Los «hipster» de hoy son los tataranietos de los «lechuguinos» románticos del XIX, de imagen cuidadísima a la manera dandy, como hiciera «el bello Brummel», todo un icono de belleza en el mismo siglo, prototipo de hombre snob que gastaba nueve horas al día para acicalarse, arreglo de cabello incluido. Ni un pelo fuera de su sitio.