Sociedad

La maldición de no sentir dolor

Existen personas que no han conocido el dolor y aunque parezca extraño, lejos de ser un don, se trata de una grave enfermedad.

Imagen de archivo, dolor precordial por una presunto SCACEST
Imagen de archivo, dolor precordial por una presunto SCACEST FOTO: Pexels (nombre del dueño)

El ser humano sufre, se enfrenta a multitud de situaciones dolorosas, tanto físicas como psíquicas. En un mundo así es inevitable preguntarse ¿por qué sentimos dolor? ¿Acaso no podíamos haberlo evitado? ¿Qué sacamos de él? No parece mucho más que un lastre, algo de lo que nos desharíamos si tuviéramos la oportunidad. Hemos llegado a imaginar a superhéroes y villanos incapaces de sentir dolor, que se mantienen impasibles ante las torturas más abominables. Renard, en El mundo nunca es suficiente es posiblemente el personaje más famoso de los que cuentan con esta habilidad, y a través de la pantalla consigue contagiarnos una magnética sensación de invulnerabilidad. Parece poderoso, casi invencible porque ¿qué le detendrá si nada le duele? Aunque, por supuesto, Renard y sus compañeros son producto de una ficción romantizada, porque existen personas como ellos, pero con una historia muy distinta que contar.

De hecho, hay varias enfermedades que implican una insensibilidad extrema o completa al dolor. Aunque cada una de ellas responde a los criterios de enfermedades raras, si las tomamos en conjunto encontraremos que, bien siendo reducido, el número de sujetos con esta peculiaridad no es poco. Sin embargo, no son superhéroes, no son villanos de cómic, son supervivientes. Algunos de ellos jamás han sentido dolor ni lo comprenden, otros lo han vivido, pero lo han perdido con los años. Lo que está claro es que la mayoría desearían sentir una punzada, un desgarro o una contusión si con eso pudieran vivir como el resto. Pero no, no lo quieren así por motivos casi metafísicos, afirmando que sin el dolor la vida es menos vida, porque el peligro de no sentir dolor es una realidad dura y objetiva.

Dolor

Antes que nada, tenemos que entender que ahí afuera no existe el dolor. Existen los peligros. Si nos caemos por una ladera nuestros huesos se partirán, puede que, atravesando piel y músculo, derramando sangre sobre cada áspera roca; pero ese no es exactamente el motivo del dolor, porque sea lo que sea, no está en el hueso roto, ni en los tejidos lacerados. Para sentirlo, al menos nosotros, necesitamos un sistema nervioso que caprichosamente, responda ante determinados estímulos, que establezca un umbral del dolor a ojo de buen cubero. La clave está en no alarmarnos por cualquier cosa, pero a la vez, que no se le pase por alto un daño potencialmente peligroso.

Si bien vemos porque hay pequeñas células sensibles a la luz en nuestra retina, sentimos dolor porque hay células especializadas en enviar señales a nuestro cerebro cuando se ven perturbadas. Algunas reaccionan a la presión intensa ya sea por un puñetazo o un tajo. Otras se activan cuando son expuestas a temperaturas extremas, por encima de 42ºC o por debajo de 5. Los mecanismos por los que se estimulan son variados, e incluyen la liberación de químicos como la histamina, que ocurre durante los procesos inflamatorios. En cualquier caso, estas terminaciones nerviosas envían al cerebro una serie de impulsos, concretamente a algunas partes de una estructura profunda llamada tálamo. Éste funciona como un gran intercambiador de transportes, y redirige la información a muchas otras estructuras encefálicas, como la corteza, los ganglios basales, las amígdalas, etc. Allí, de alguna manera que todavía no entendemos, surge la metacognición del dolor, la toma de consciencia que permite pasar de una simple información a la sintiencia.

Representación tridimensional de una sección de piel mostrando la ampliación de una terminación nerviosa libre
Representación tridimensional de una sección de piel mostrando la ampliación de una terminación nerviosa libre FOTO: BruceBlaus (nombre del dueño)

Todo este camino está constituido por neuronas, células nerviosas alargadas que envían impulsos eléctricos y, que, si se dañan, dejan de conducir información. No importa que el resto de las estructuras estén preservadas, porque un fallo en la cadena de transporte las deja inservibles. Y eso es lo que les ocurre a las personas que padecen insensibilidad al dolor, un punto de ese camino falla y por mucho que su cuerpo sufra, ellos no pueden percibir absolutamente nada.

En su ausencia

Como ya hemos dicho, son muchas las formas en que se puede expresar la incapacidad para sentir dolor, pero centrémonos en una de las que más se han hablado, la insensibilidad congénita al dolor con anhidrosis. El nombre es largo, pero bastante descriptico, congénita significa que está presente desde el nacimiento, sea de origen genético o no, por otro lado, anhidrosis es una forma técnica para referirse a la falta de sudoración. Básicamente, estos pacientes presentan insensibilidad al dolor y ausencia de sudor desde que nacen, principalmente por una mutación en el gen NTRK1, alterando las instrucciones que contiene para producir una proteína indispensable en el correcto funcionamiento de las neuronas. Sin ella, muchas células nerviosas mueren, en especial las relacionadas con el dolor y la temperatura.

Ellos viven la realidad tras los personajes de ficción, y no es agradable. Si no sientes dolor, no sabes cuándo te has hecho daño o cómo de grave es una herida. Si te haces un corte, es posible que te des cuenta porque notes la humedad de la sangre corriendo por tu piel y que hasta entonces hayas seguido con normalidad una actividad peligrosa, empeorando la situación. Estos pacientes tienen que controlar frecuentemente no haberse hecho heridas y cada mañana revisan su cuerpo, tal vez se han golpeado mientras dormían, o en pleno sueño han empezado a frotarse la cara hasta arañarse las córneas de los ojos.

Uno de los grandes peligros para estos pacientes es, precisamente, los primeros años de la infancia. Concretamente, ese momento en que empiezan a emerger los dientes de leche y lo malo es que todavía no entienden los problemas de morderse a sí mismos. En algunos casos han llegado a masticar su propia lengua o seccionar la punta de sus dedos. Otros se exponen a fuentes de calor o de frío sin ser conscientes hasta que ya es demasiado tarde, produciendo quemaduras graves.

Pero hay más. Porque, aunque no sea inmediato, terminarán localizando estas heridas y aprenderán a evitar las situaciones de riesgo. Lo que resulta más complicado es controlar los daños que se producen dentro del propio cuerpo. Sin dolor ¿cómo sospechar un infarto o una úlcera? Es relativamente fácil que en estos pacientes los casos de apendicitis pasen desapercibidos hasta ser demasiado tarde. Del mismo modo, pueden encontrarse bien tras una caída o un accidente de coche, y que mientras tanto, en su interior esté teniendo lugar una hemorragia masiva o se hayan fracturado la pelvis, una costilla o incluso el bazo. El dolor, aun con toda su mala prensa, es un regalo de la evolución.

De hecho, la falta de sudoración también es un gran problema. Gracias al sudor nos cubrimos con una película húmeda que al evaporarse nos ayuda a perder temperatura, disipándola más rápido y evitando sobrecalentarnos. En el caso de los pacientes con anhidrosis muchos fallecen antes de los tres años de vida debido a la llamada hipertermia que a grandes rasgos es una fiebre extrema que produce daños graves en el sistema nervioso, entre otras cosas. A esto se suman problemas de cicatrización, lesiones articulares, incontinencia, disminución de muchos otros sentidos como el tacto a la vibración, la propiocepción que te reporta cómo cuál es tu postura corporal e incluso infecciones óseas.

El mejor de los mundos posibles

Voltaire se reía del filósofo Leibnitz por pensar que vivíamos en el mejor de los mundos posibles. Le consideró tan ingenuo que inmortalizó ese pensamiento autocomplaciente en las líneas del doctor Pangloss, uno de los protagonistas de su novela Cándido. Sin embargo, tal vez Leibnitz tenía razón en cierto modo. Un mundo mejor es posible, por supuesto, pero a veces hay males inevitables. Cosas que parecen aberraciones, como el sufrimiento, pero que evitan algo todavía peor. Los procesos evolutivos trabajan a ciegas, por ensayo, error y siempre condicionados por las cartas que tienen, por aquel otro organismo del que parten y que no pueden cambiar a voluntad.

Por supuesto, en el punto contrario del espectro se encuentran personas extremadamente sensibles o que sufren dolores indescriptibles por enfermedades crónicas que pueden ir desde el cáncer hasta lo psicosomático. Y no importa cómo leamos esta historia o las veces que lo hagamos, por mucho que entendamos la importancia de sentir dolor eso no nos ayudará a calmarlo o a desear menos que desaparezca. Sin embargo, sí nos ayudará a entender una realidad que hay ahí afuera y de la que no se suele hablar tanto. Nos permitirá dejar de romantizar una enfermedad y, tal vez, poco a poco, entenderla mejor hasta encontrar una forma de paliarla.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Algunos de estos pacientes sí tienen cierta sensibilidad al dolor, pero es prácticamente nula, lo cual entraña un peligro en sí mismo.
  • Existen varios síndromes que incluyen la atenuación o inhibición del dolor y la forma en que lo experimentan las personas afectados por ellos es variada.
  • Congénito no quiere decir que sea de origen genético, aunque en este caso haya coincidido así. Significa que se remonta a antes del nacimiento.

REFERENCIAS (MLA):