
Capacidades
El coeficiente intelectual ya es pasado: la ciencia descubre un error en estos test de inteligencia
Es una evaluación estandarizada diseñada para medir capacidades cognitivas, pero los expertos desvelan un gran problema

Se analiza nuestra inteligencia desde que somos niños para intentar entender nuestras capacidades y se necesita de alguna ayuda especial. Durante más de un siglo, el test de coeficiente intelectual (CI) ha servido como referencia para ordenar capacidades mentales. Es una evaluación estandarizada diseñada para medir capacidades cognitivas, como el razonamiento lógico, la memoria, la comprensión verbal y la habilidad espacial.
Era el estándar para conocer el nivel de cada persona, pero ahora todo puede cambiar debido a que distintas investigaciones recientes cuestionan su validez absoluta. Concretamente, un trabajo publicado en ‘Sciencedirect’, explica que las herramientas convencionales presentan un sesgo ambiental que distorsiona los resultados para amplios segmentos de la población. El estudio publicado a finales de 2025 explica textualmente lo siguiente: "La investigación sobre la no linealidad revela un problema más amplio".
El problema está en ignorar el contexto
Las escalas clásicas se basan en la idea de que la aptitud cognitiva es una característica estable y aislable. Ese supuesto trata al sujeto como si fuera inmutable frente a su situación. Sin embargo, cuando las condiciones externas presionan, como estrés, fatiga o carencias socioeconómicas, las puntuaciones reflejan tanto el potencial real como la respuesta momentánea al entorno. Los números muchas veces cuentan una historia mixta: talento innato más reacción al contexto.
Cómo el ambiente altera la puntuación
Se valora este test como algo seguro desde hace años, pero los expertos alertan de que hay varios mecanismos que explican la caída del rendimiento bajo presión de muchas personas. Estos elementos convierten muchas pruebas en instantáneas poco fiables, más informativas sobre la relación individuo-contexto que sobre la aptitud pura. Son los siguientes:
- Sobrecarga de la memoria de trabajo: situaciones adversas consumen recursos ejecutivos, dejando menos capacidad para resolver tareas complejas.
- Plasticidad ignorada: la adaptación cerebral, es decir, la habilidad para responder con flexibilidad, no se capta bien cuando se resume todo en una única cifra.
- Ruido externo: factores no controlados (ruido físico, inseguridad emocional, hambre) introducen variabilidad que los modelos actuales no filtran correctamente.
Una regla que no se cumple
Para ser justas, las evaluaciones deben aplicar el mismo patrón con la misma precisión sin importar quién las realiza o dónde. Este principio técnico llamado invarianza resulta fundamental en psicometría. El estudio citado evidencia que dicha condición falla en numerosos modelos, generando desviaciones sistemáticas que afectan comparaciones entre personas y grupos.
La neurociencia y la biología evolutiva ofrecen un punto de vista aclarador: el cerebro humano evolucionó para resolver problemas reales, muchas veces bajo amenaza. Rendir distinto en situaciones hostiles no es un “defecto”; es una estrategia adaptativa. Las pruebas académicas, diseñadas para ambientes controlados, penalizan respuestas que en la vida real favorecen la supervivencia y la eficacia práctica.
El peligro de una medición incorrecta
Si la medición queda invalidada por el contexto, su uso como criterio único en colegios, hospitales o procesos de selección se vuelve arriesgado. Evaluar talento, diagnosticar dificultades o decidir promociones exige herramientas que diferencien capacidad básica de la influencia circunstancial. Mantenerse aferrado a la cifra del CI puede llevar a errores de diagnóstico y a decisiones injustas.
Los autores proponen rediseñar los instrumentos incorporando variables contextuales: indicadores de estrés, condiciones socioeconómicas, niveles de fatiga y medidas de estabilidad emocional. No se trata de abandonar la cuantificación, sino de enriquecerla con datos que permitan estimar la inteligencia en acción, es decir, cómo una mente opera dentro de circunstancias reales y fluctuantes.
Qué deberían preguntar los profesionales
- ¿La prueba controla el estado emocional en el momento de aplicación?
- ¿Se corrigen las puntuaciones según factores ambientales relevantes?
- ¿Se valora la capacidad adaptativa además del rendimiento en tareas abstractas?
Responder afirmativamente a estas preguntas es el primer paso para procesos de valoración más justos y precisos. El estudio no elimina la utilidad de medir facultades cognitivas, pero sí obliga a abandonar la idea de una cifra absoluta. El futuro pasa por modelos psicométricos que reconozcan la plasticidad y el papel del contexto. Solo así la ciencia podrá ofrecer diagnósticos que reflejen mejor el potencial humano.
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