Música

Chano Domínguez: “Para que el duende llegue hay que trabajarlo”

El artista, con más de 40 años de carrera a la espalda, presenta en España su nuevo trabajo «Paramus», que ha compuesto junto a la flautista israelí Hadar Noiberg

Chano Domínguez
Chano DomínguezCristina BejaranoLa Razón

Son 41 años de carrera desde que el pianista y compositor Chano Domínguez comenzara con el grupo Cai de rock andaluz a finales de los 70. A lo largo de ella ha ido integrando los ritmos y lenguajes del jazz con el flamenco creando un estilo propio que lo coloca entre los grandes del flamenco-jazz. «Calle 54», la película de Trueba, fue su espaldarazo internacional, desde entonces colabora con grandes artistas y ha sido nominado a cuatro Grammys. Vive en Nueva York y junto a la flautista israelí Hadar Noiberg ha compuesto «Paramus», el nuevo disco que presenta en España.

–Viven en el mismo barrio y fueron a conocerse en Alemania.

–Sí, vivir cerca nos ha posibilitado trabajar dos años en este álbum que presentamos. Ella fue a verme a un concierto y me pidió hacer algo juntos, cuando descubrimos que los dos vivíamos en Brooklyn empezamos una relación de amistad profesional.

–¿Este disco une las dos orillas del Mediterráneo?

–Sí, la música de las distintas culturas mediterráneas está interconectada. Desde el primer día la cosa funcionó sola, no hubo que hablar ni explicar nada, todo fluyó natural, está claro que el Mediterráneo es un fantástico conductor cultural, compartimos la música sefardí, la andalusí, hay todo un flujo de intercambio ahí desde hace siglos.

–¿Encajan bien el lenguaje de la flauta y del piano?

–Ella es de formación clásica, pero entre la flauta y el piano hemos creado un universo sonoro muy particular, hemos explorado caminos inéditos, de hecho damos mucha importancia a la improvisación y la creación en el momento. El tema «Paramus», que da nombre al disco, lo improvisamos en el estudio.

–¿Qué significa?

–Ese lugar donde eres feliz, libre, un estado emocional en el que puedes volar o soñar, una especie de nirvana o estado de felicidad.

–A los siete años pidió su primera guitarra.

–Sí, y mi padre que era un guasón, apareció con una caja que parecía contenerla, pero era un jamón. Me llevé un enorme disgusto. Cómo me verían que al año siguiente me la trajeron. Yo lloraba mucho, pero comía jamón.

–Lo tenía claro.

–Con dos años dice mi madre que cogía dos cucharas y hacía percusión.

–Empezó de forma autodidacta.

–Sí, sacaba los temas de oído, luego empecé estudiar y a tener clases con grandísimos músicos, pero mi verdadera escuela ha sido la calle y los escenarios, la gente tan importante con la que he trabajado. De todos se aprende, incluso de los que no te gustan

–¿Se sigue sintiendo aprendiz de músico?

–Un aprendiz total porque sigo embelesándome cada vez que descubro una manera o un camino nuevo. Siempre estoy en la búsqueda de cosas diferentes que me hagan sentir bien.

–¿Cómo fue el salto de la guitarra al piano?

–Yo llevaba el coro de una iglesia, allí había un armonio y me quedaba pasando los acordes de la guitarra al teclado. Un par de años después comprendí que si quería tocar bien las teclas, tenía que irme al piano y estudiar música.

–¿Y al jazz?

–Siempre he improvisado, incluso en mi primer grupo, Cai, ya abríamos espacios para la improvisación. Eso me fue llevando a la música de fusión y de ahí al jazz.

–¿Qué supuso para usted «Calle 54»?

–Un punto de inflexión en mi carrera y creo que para todos los que participamos en ella, mi lanzamiento internacional. Yo empecé a trabajar en EEUU a partir de esta película con Trueba, que hizo un trabajo fantástico y no tengo palabras para agradecérselo.

–¿Por qué vive en EE.UU?

–Es importante estar en un lugar con un influjo musical tan potente y conectado, con todas las referencias y donde cada día llegan músicos de todo el mundo con algo nuevo que contar, pero también estoy por ampliar las miras de futuro de mi familia.

–¿Alguna vez ha entrado en trance tocando?

–Muchas , y se echa de menos cuando no llega. Es como el duende de los flamencos, hay momentos en los que no tengo que mirar el teclado, ni pensar en nada, parece que la música está pasando a través de mí. Es una sensación maravillosa, música pura que fluye sola.

–O sea, que el duende existe.

-Claro que existe, pero no llega todas las noches. Eso sí, para que llegue, hay que trabajarlo.