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80 años de la invasión de Polonia, la noche más oscura

El 1 de septiembre de 1939, hace 80 años, la Alemania nazi invadía Polonia. Tras anexionarse Austria y entrar en Checoslovaquia sin que Europa parpadeara, las potencias abrieron los ojos.

El 1 de septiembre de 1939, hace 80 años, la Alemania nazi invadía Polonia. Tras anexionarse Austria y entrar en Checoslovaquia sin que Europa parpadeara, las potencias abrieron los ojos.

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Durante la noche del 31 de agosto al 1 de septiembre no se durmió en Danzig. Había trascendido la existencia de febriles negociaciones germano-polacas, Polonia había decretado la movilización general, la prensa intuía el estallido de la guerra: «La situación esta noche es muy crítica», decía la CBS norteamericana. Los rumores circulaban desbocados de casa en casa. Y eran más que rumores: a primeras horas de la madrugada hubo disparos en varias zonas de la ciudad y las emisoras de radio daban informaciones alarmantes sobre numerosos incidentes fronterizos subrayados por ráfagas de disparos.

Y, de pronto, a las 4,45 de la madrugada el veterano acorazado, «Schleswig-Holstein», buque escuela de la Kriegsmarine que se hallaba de visita en Danzig, abrió fuego con sus cuatro cañones de 280 mm contra la pequeña fortaleza polaca de Westerplatte, que controlaba el acceso al puerto desde una isla en el estuario del Vístula. ¡Era la guerra! Alemania atacaba y para que no hubiera duda, una escuadrilla de bombarderos en picado Stuka estremeció la ciudad con el ulular de sus sirenas, pronto mezcladas con las de los coches de la policía nazi del Gauleiter Foster, que comenzó a detener a funcionarios polacos de servicio en la ciudad; al tiempo, escuadras de las SS tomaban los puntos clave e instalaban ametralladoras en los cruces de las calles y en los accesos de Danzig, que a las 9 de la mañana estaba bajo control de la Alemania nazi. Foster emitió un comunicado: «Hombres y mujeres de Danzig, ha llegado el momento que habéis estado deseando durante 20 años. Danzig se ha reincorporado al gran Reich alemán: nuestro Führer, Adolf Hitler, nos ha liberado...».

A esas horas, mientras repicaban todas las campanas de las iglesias de Danzig, la bandera de la cruz gamada fue izada en todos los edificios oficiales de la ciudad. Minutos después la Wehrmacht emitía su primer comunicado culpando a Polonia de la agresión: «Esta mañana el ejército alemán ha rechazado los ataques polacos y estamos contraatacando en todas nuestras fronteras con Polonia». Poco después, Hitler, fiel a la falacia de que el III Reich se limitaba a defenderse, hablaba ante el Reichstag: «Polonia ha disparado esta noche contra nuestro territorio, empleando incluso unidades regulares (...) Me he vuelto a poner la guerrera, esta prenda que para mí es la más sagrada y querida y sólo me la quitaré cuando haya vencido o no conoceré el final». Opuesta era la versión polaca: el presidente Moscicki comunicaba: «Esta noche, nuestro enemigo secular ha comenzado sus operaciones ofensivas contra el Estado polaco. En esta circunstancia histórica me dirijo a todos los ciudadanos de nuestro país con la profunda convicción de que toda la nación se congregará en torno al comandante en jefe y de su Ejército, con el fin de defender su libertad, su independencia y su honor y darán una digna respuesta al agresor como ya ocurrió más de una vez...».

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Un país a medio movilizar

Lo que sucedió a partir del 1º de septiembre de 1939 tuvo poco que ver con las gestas polacas del pasado. Dos grupos de ejércitos alemanes A y B (Von Rundstedt y Von Bock), con 57 divisiones (y más de un millón de hombres), apoyadas por su aviación, fuerzas blindadas y artillería cayeron sobre Polonia, que no había concluido su movilización y sólo podía oponerles medio millón de hombres a medio movilizar, inferiores en aviación, blindados y artillería en proporciones de uno a cinco o de uno a seis. Con semejante desproporción las esperanzas franco-británicas de que Polonia pudiera resistir 6 meses solo se explican por su desconocimiento del adiestramiento alemán, de la calidad de sus armas y de su nueva doctrina de guerra muy distinta a la de 1914-1918.

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Y había más: Varsovia se empeñó en defender sus 1.800 kilómetros de frontera con Alemania. Tanta extensión ofrecía a los alemanes numerosos puntos débiles que la Wehrmacht estudió para su ofensiva. Los polacos les hubieran puesto en apuros si hubiesen seguido los consejos de sus aliados franceses y británicos: reducir sus líneas a 600 kilómetros y apoyarlas en los ríos Niemen, Bobr, Narev, Vístula y San, tras los que su infantería y artillería hubieran resultado muy eficaces, pero Varsovia se negó a entregar sin lucha parte de su territorio con regiones histórica y económicamente fundamentales (Poznan, Lodz, Chestochova y Cracovia). Orgullosamente –ciegamente– trataron de defenderlo todo y no defendieron nada. Durante la tarde del 1 de septiembre los embajadores británico y francés advirtieron al III Reich de que sus países cumplirían sus compromisos con Polonia si Alemania no paralizaba las operaciones y retiraba sus tropas a las posiciones de partida. Ese ultimátum permitió a Mussolini un intento de mediación que alumbró algunas esperanzas de paz, sobre todo en París, que presionó a Londres para que aceptara los buenos oficios italianos; el ministro del Foreign Office, lord Halifax, respondió a su colega francés, Bonnet: «¿Por qué se empeña usted en hacer esfuerzos inútiles? La guerra es inevitable. Yo le ruego, señor Halifax, que reúna al consejo de ministros, que vuelva a hablar con el señor Chamberlain. Tenemos que aceptar la mediación. Creo que quiere usted resucitar un muerto rociándole con agua bendita». (Manuel Aznar, Historia de la Segunda Guerra Mundial)

No hubo negociación. Berlín la rechazó negándose a paralizar las operaciones militares y continuando el ataque.

El domingo 3 de septiembre, a las 9 de la mañana, el embajador británico Nevil Henderson, acudió a la Wilhmstrasse (Ministerio de asuntos exteriores del III Reich), para entrevistarse con el ministro Von Ribbertrop y como éste se negara a asumir la situación, tuvo que entregar su declaración de guerra al intérprete oficial Paul Schmidt: «Desgraciadamente, he de entregarle por encargo de mi gobierno un ultimátum para el gobierno alemán» y, a continuación, le entregó la declaración de guerra: «...tengo el honor de informar a V.E. de que si el gobierno de su majestad no ha recibido garantías satisfactorias del cese de toda agresión contra Polonia, y de la retirada de las tropas alemanas de dicho país a las 11 del horario británico de hoy, 3 de septiembre, existirá desde dicha hora el estado de guerra entre Gran Bretaña y Alemania». La declaración británica produjo cierta consternación en Hitler y quienes le rodeaban, fundamentalmente Göring y Göbbels, pero no dio marcha atrás. Francia también entregó su declaración de guerra a las 5 de la tarde de ese mismo día. Oficialmente, en ese instante, comenzó la Segunda Guerra Mundial, que duraría hasta mayo de 1945, aunque muchas de sus consecuencias aún siguen latentes.

Los intereses de Hitler

La explicación del ataque alemán era tan injustificada como clara: trataba de eliminar las durísimas imposiciones de la Conferencia de paz de Versalles de 1919 que cerró la Gran Guerra; perdió a favor de Polonia gran parte de sus territorios orientales, incluida la ciudad de Danzig y de un corredor que desde Polonia llegaba al mar Báltico, separando Prusia Oriental del territorio germano. Este corredor, vital para Polonia pues constituía su único acceso al mar, llevaba implícita una artera intención anglo-francesa: pudo abrirse al este de Prusia, sin dividir el territorio alemán, sin aislar Prusia Oriental cuyas comunicaciones con el resto de Alemania quedaron limitadas a las navales o aéreas. Estas imposiciones de Versalles no sólo eran gravemente lesivas para los intereses materiales y humanos de Alemania, sino que eran una herida abierta en la mentalidad alemana, hábilmente explotada por el nazismo.

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El interés nazi en recuperar Danzig, el corredor y los territorios del este constituía, un motivo comprensible, un magnífico pretexto para Hitler, que ocultaba su codicia final: apropiarse de Polonia, de sus importantísimos recursos económicos (agrícolas y mineros) y de su fuerza de trabajo, en suma, constituía el primer paso de su Lebensraum, su conquista del este de Europa.