"Abuelo made in Spain": la España vaciada conoce la capital

Paco Martínez Soria ejemplificó en el cine la pureza de aquel mundo rural que estaba desapareciendo con el desarrollo.

El aragonés Paco Martínez Soria, en una escena de «Abuelo made in Spain», cinta de 1969 dirigida por Pedro Lazaga

Paco Martínez Soria ejemplificó en el cine la pureza de aquel mundo rural que estaba desapareciendo con el desarrollo.

A fuerza de repetir clichés exitosos en taquilla, el cine popular, visto con el paso del tiempo, resulta un buen indicativo sociológico. Por eso, no hay que tomar tan a la ligera la denostadísima «españolada» y, en concreto, el cine de Pedro Lazaga, que tocó todos los palos de aquel género chico: el turismo, la emigración... Fenómenos que en los años 60 eclosionaron en la España franquista del Plan Nacional de Estabilización, cada vez más asentada en lo económico y más permisiva en lo moral. Un país que ya no era la isla autárquica de los 40 y 50, y que empezaba a caminar hacia la homogeneización con el resto de Europa.

Un paso en esa dirección fue el masivo éxodo rural a las capitales, entre los años 50 y 70. La España vaciada tan en boca de todos estos días comenzó a gestarse en esos años 60 en que Pedro Lazaga firmó dos películas que mostraban mediante la risa y el juego de los opuestos esa tensión campo-ciudad: «La ciudad no es para mí» (1966) y «Abuelo Made in Spain» (1969). Ambas están protagonizadas por el entrañable Paco Martínez Soria, emblema del casticismo aragonés, eterno abuelo del pueblo al que recordar y del que avergonzarnos a un mismo tiempo.

Ambas películas redundan en ese doble rasero con nuestro pasado, marca de una España que quería quitarse el pelo de la dehesa al mismo tiempo en que se veía obligado a admitir que somos lo que somos porque venimos de donde venimos. En «Vente a Alemania, Pepe» (1971) o en sus indagaciones en el fenómeno del turismo, de las «suecas», Lazaga mostraría la hipocresía del españolito medio y sus ansias de modernidad a veces mal entendida.

No era en absoluto un agente subversivo este Lazaga que fue a Rusia con la División Azul y que, tras un comienzo prometedor con la excelente «Cuerda de presos», firmó una ristra de películas de enorme éxito de taquilla y escasa exigencia intelectual. Pero, sumándolas todas, aquellas «españoladas» ofrecen un cuadro muy interesante de un país en evolución, donde a Paco Martínez Soria siempre le toca encarnar la parte más atrasada del camino. Él es el abuelo pirenaico que, tras años sin saber nada de sus tres hijas que marcharon a la capital, recibe una carta para ir a Madrid a conocer a sus nietos. Con su maleta de cartón y su oveja, su mirada perdida en las grandes avenidas y su incomodidad ante el ritmo de la vida moderna, da voz a buena parte de un país que estaba desapareciendo en ese mismo instante.

El neorrealismo italiano y también el español con cintas como «Surcos» ya habían analizado en tono mucho más «serio» el alienamiento y la pérdida de valores y referentes, especialmente el de la familia y la comunidad, de quienes en los años 40 y 50 habían ido a las ciudades a buscarse las habichuelas y habían acabado sumergidos en grandes bolsas de marginación.

Ya en los 80, los hijos y los nietos de aquellos emigrantes dentro y fuera de España de los años 50, 60 y 70, serían los «quinquis» de las cintas de los 80 de José Antonio de la Loma y Eloy de la Iglesia. En solo tres décadas, Madrid duplicó de sobra su población, se levantaron barrios económicos de cero, caldos de cultivo del desarraigo.

Frente a aquel estiramiento jurásico de las capitales, Paco Martínez Soria encarnó la arcadia rural que, por más que no supiera escribir la «o» con un canuto, permanecía genuinamente pura frente a una modernidad que España buscaba con ansia en su modelo económico y su planificación turística, conscientes de que, de todos modos, «Spain» era «different», el lema que abanderó Manuel Fraga en esos mismos años 60.