Al final del desencanto

De izda. a dcha., Juan Luis Panero, Felicidad Blanc y Michi Panero, en una imagen de «El desencanto». Debajo, Leopoldo María, en la misma película
De izda. a dcha., Juan Luis Panero, Felicidad Blanc y Michi Panero, en una imagen de «El desencanto». Debajo, Leopoldo María, en la misma película

Luis Antonio de Villena narra en primera persona el derrumbe de la familia Panero bajo el título de «Lúcidos bordes del abismo»

La poesía de los Panero, las borracheras de los Panero, la sexualidad de los Panero, la impostura de los Panero, la decadencia de los Panero, la soledad de los Panero, el fin de los Panero. Con el cadáver de Franco aún caliente, la película «El desencanto», de Jaime Chávarri, fue un jarro de agua fría para las mentes biempensantes del régimen. El marido amantísimo, el poeta del Movimiento, el intelectual de referencia, el padre que murió «acribillado por los besos de sus hijos», era sepultado por éstos y su esposa bajo la fría losa de la verdad. Leopoldo Panero no era más que un buen poeta, borracho, putero y maltratador. Al menos, ésta es una de las tesis que se desprenden de la película y, quizá, la que más cabreó a los que pensaban que la familia tradicional era el sustento de España. Entre ellos, Luis Rosales, que tampoco sale bien parado en el filme, que es el punto de partida del libro que ayer presentó en Madrid Luis Antonio de Villena y que narra todo el periodo vivido por esta saga desde el estreno de la cinta hasta la muerte de Leopoldo María, último superviviente inesperado de ambas ramas familiares.

El santoral de la poesía española

Editado por la Fundación José Manuel Lara, «Lúcidos bordes del abismo. Memoria personal de los Panero» muestra desde la óptica de Villena los distintos caminos que Juan Luis, Leopoldo María y Michi, los tres hermanos, junto a la viuda Felicidad Blanc, siguieron hasta perderse en el silencio de la memoria colectiva cerrando un círculo. Del derrumbe del padre a la culpa de la madre como catalizadora de todas las desgracias de Leopoldo María. Añade a esta idea el autor que «el libro cuenta la historia de una culpa familiar que se transforma en que todos culpan al final a la vida». En este tránsito hacia el abismo, por las páginas del libro aparece todo el santoral de la poesía española desde los años 70 hasta la actualidad. Francisco Brines, Juan Lamillar, Andrés Trapiello o Luis Racionero surgen entre las historias narradas en primera persona por Villena como una suerte de coro que acompasa el camino de los protagonistas hacia el abismo. A medida que avanzan los años, la certeza es que el mito de los Panero, y en cierta medida el del franquismo, se resquebraja en cuanto la vida diaria sin los laureles del padre, el gran ausente y culpable, se hace patente.

«El desencanto» es un ajuste de cuentas pero también el primer golpe de la picota para derruir el edificio familiar. Un extraño juego a caballo entre la ficción y la certeza, especialmente propulsado por Michi, que se diluye con la muerte de todos ellos en la soledad absoluta y casi en la miseria. Uno de esos mitos lo crea la propia Felicidad, que, entre otras cosas, recordaba «la relación» que vivió con Luis Cernuda durante la etapa en que la familia vivió en Londres. Nada más lejos de la realidad, pero ella, mujer afectadísima, estaba ya metida en una espiral de romanticismo que le impedía reconocer su vida y que además servía como instrumento para sobrevivir. «Ella se inventa una especie de mito en el que se refugia, crea una idea en la que se cobija de todos los problemas y desastres que tiene. Entonces se inventa que Luis Cernuda y ella tuvieron amor», certifica Villena. Más allá del anecdotario, se realiza una disección de la obra poética de Juan Luis y Leopoldo María, dos mundos alejados, ya que el primero vuelve, recurrentemente, a la figura del padre, mientras que el segundo ahonda en su oscura tragedia personal de drogas y locura. Juan Luis se crea un personaje a su medida, «de señorito venido a menos», cuenta Villena, que llega hasta sus versos y relaciones íntimas e incluso sexuales. Es más, Juan Luis vuelve sobre los recuerdos y vivencias de su padre como si las hubiera vivido, aunque, por el contrario, Leopoldo expresa sobre el papel el tumulto de su vida. De fondo, Michi, Panero sin obra, vende los libros de la biblioteca paterna sumergido en una impostura sarcástica en plena Movida madrileña. Todos ellos forman un paisaje de derrumbe integral que metafóricamente se ve en el paso de la casona de Astorga al piso burgués venido a menos de la calle Ibiza. Entonces ya no son el desencanto, son «el súper desencanto, los Panero llegaron a un 200% más de cómo ya estaban en la primera película». En aquel domicilio, del que desahuciarán a Michi, Leopoldo y Villena vivieron aventuras sexuales para tormento de Felicidad, que llegó a una distancia en la que sólo le preocupaba que apagaran el gas después de la juerga.

Navegaban, cada uno por su lado, como átomos descompuestos de un todo, sin apenas dinero con el que mantener el abolengo familiar y con un cierto rechazo progresivo por parte de los que se suponían que eran los suyos. Supieron sacar partido a la «herencia» del padre ausente, pero el viento les venía en contra y defendían el pabellón como mejor podían. Felicidad trabajaba en la portería de un ministerio y trataba de mantener su porte de niña bien de la República con las lecturas y los encuentros literarios. Sin embargo, en la vida real tenía que soportar que su hijo la mandara a comprar droga.

Una tristeza general

En general, el libro es bastante distendido e incluso divertido, pero queda un poso de tristeza general cuando van apareciendo los evidentes signos de derrota: Leopoldo recorre manicomios durante 30 años, Michi muere en la más absoluta de las indigencias, Felicidad es incinerada y sus cenizas arrojadas a un jardín de Bilbao, mientras Juan Luis asume el deterioro físico y su fracaso de gran poeta nacional. No hay marcha atrás para todos ellos. La vida era el gran enemigo y hoy no queda ninguno de ellos.

El propio Villena sufre una transformación conforme pasan las páginas, los años y avanza el deterioro de la familia. Del Luisito inicial llega al Luis que recupera la amistad de un Juan Luis redescubierto por los nuevos poetas de los años ochenta y que visita a Leopoldo María en un manicomio. Poco a poco van desapareciendo los personajes, la primera Felicidad, mientras el universo que una vez habitaron e inventaron se iba diluyendo entre el olvido y la mitificación. «No somos los Wittelsbach», le gritaba Michi a su hermano mayor en el jardín de la casa familiar. ¿Fin de raza? Desde luego, pero sí se convirtieron en la familia maldita de la literatura española y en un ejemplo de la podredumbre de la moral franquista. «Infelicidad, Panero», que escribió José Ángel Valente.