Andrés Trapiello: «“El Quijote” es una cuestión de Estado»

El escritor presenta, después de trabajar en ella durante 14 años, la edición al castellano actual de la obra inmortal de Miguel de Cervantes.

Andrés Trapiello ha liberado «El Quijote» del aparato crítico, del lastre de 5.552 notas a pie de página que se requieren para comprender las aventuras del ingenioso hidalgo. Y lo ha hecho en una edición que ha actualizado el castellano arcaico del siglo XVII al del XXI. Una minuciosa y ardua tarea en la que ha invertido catorce años. «Ha habido fragmentos muy duros en los que he llegado a estar hasta cuatro o cinco horas para traducir tan sólo cuatro o cinco líneas», reconoce. El escritor aún recuerda la primera vez que se acercó a «El Quijote». Tenía ocho años, cuenta, y lo hizo en una versión ilustrada de la editorial Vives. En aquella ocasión se entretuvo más en las ilustraciones y el glosario que acompañaban el libro que en el texto. La primera vez que acometió la versión íntegra fue a los 18 años, pero no concluyó su lectura. Aguardó hasta los 22 años para cumplir su propósito y terminar. Desde entonces ha vuelto a esas páginas una y otra vez hasta convertirse en una de las personas que mejor conocen su historia, entresijos y particularidades. Se ha convertido en un experto del territorio literario cervantino. Se ha adentrado, desde las cornisas de la filología, por los meandros de su léxico y su sintaxis, pero, también, desde el campo de la ficción con dos títulos: «Al morir don Quijote» y «El final de Sancho Panza y otras suertes». Dos títulos que desentrañan el destino de algunos de los personajes más famosos de la narración y que recogen con fidelidad la sonoridad y el ritmo del español del siglo XVII.

Sin excusas

«La dificultad que plantea es que parece que lo entendemos todo, pero nadie entiende nada», aseguró ayer Trapiello a este diario. No es la primera vez que menciona que «El Quijote» es «el libro que más fracasos tiene en la literatura. Hay millones de personas que lo han intentado y no han logrado terminarlo». Ahora, con esta edición, asegura, ya no existen excusas. «El español siempre tenía una relación conflictiva con “El Quijote”».

–¿Qué ha sido lo más difícil?

–Tomar la decisión de hacerlo. Es como dar la vuelta al mundo. Lo siguiente es que, de antemano, sabes que vas a arrastrar muchas críticas, que habrá gente a la que le va a molestar. Gente que considera que lo ha pasado mal leyéndolo y que, por eso, los demás tiene que pasar por lo mismo. Les debe parecer más bonito leerlo sin entenderlo que entendiéndolo.

–¿Y lo más complicado de la traducción, como usted define este trabajo?

–La traducción es como el juego de la siete y media. O te pasas o no llegas. Ha habido tres puntos esenciales. El primero, deshacer los hipérbaton, porque el castellano del siglo XVII está todavía muy próximo al latín. De hecho, las personas cultas tenían por costumbre leerlo. Después, comprobar que existen cientos de palabras que ahora tienen un significado diferente. Por ejemplo, «liberal» era generoso. Ahora nadie la utiliza con este sentido. El tercer problema fueron los refranes y frases hechas que incluye la narración y que ahora no nos dicen nada. Este aspecto ha sido objeto de muchas interpretaciones y estudios cervantinos. Muchos de estos dichos se dejaron de emplear hace bastante tiempo. Y el cuarto y último: una vez sustituidos los arcaísmos, había que conservar el espíritu de la lengua, además del humor y la jovialidad de la trama sin distorsionar las oraciones ni la gramática del autor.

El resultado es un «Quijote» que facilita la lectura, anima a las personas a abordarla y a hacerlo con el único propósito de entretenerse con ella, sin perderse en confusos laberintos reservados para especialistas. «Hay que reconocer que, en ocasiones, me cansaba mucho –admite Trapiello–, pero también sabía que era una persona privilegiada de ahondar en un libro como éste. Lo más importante es el contenido. Es una obra inagotable, que está llena de bondad y enseñanzas. Es una llave maestra que te contesta a cualquier cosa que le preguntes, a la corrupción española, sobre la igualdad... Siempre tiene una enseñanza. Es una obra que te guía sobre tantas cosas...».

Trapiello ha respetado siempre la naturaleza del texto y jamás ha sustituido términos que, por lógica, deben estar presentes. «Todavía habrá palabras extrañas o raras. Pero esto es como en las novelas de Conrad, que no puedes sustituir vocablos como “ palo de mesana” o “cuaderno de bitácora”. Sabes o no sabes lo que es, pero no puedes retirar este léxico».

Durante estos años, Andrés Trapiello ha mantenido este proyecto en silencio y hasta hace sólo unos pocos meses se ha filtrado la noticia de que estaba involucrado en este proyecto, que llega a las librerías con una introducción de Mario Vargas Llosa. Una de las razones de esta discreción era evitar el incómodo rumor de fondo que provocan en ocasiones las críticas, para, como él mismo ha afirmado, «evitar malentendidos». «Sí, hubo al comienzo unos ataques, pero cuando todavía no había salido el libro a la venta. Algunos que se alarmaron cuando todavía no lo habían leído. Pero lo primero que hay que tener en cuenta es que esta edición no sustituye a la lectura del original. Éste es un libro de paso hacia el importante», advierte Trapiello.

Una cuestión literaria

El autor de «Las armas y las letras» recurre a la ironía para iluminar el vínculo entre «El Quijote» y sus lectores en español. «No es tanto una cuestión literaria como una cuestión de Estado. Por eso hay que acercarlo a las personas». Y, en una rueda de prensa, en la que ha estado acompañado por los filólogos José-Carlos Mainer y Jordi Gracia, ha subrayado que esta obra es casi «un problema de instrucción pública». Y, contra aquellos que, sin haberse acercado a esta edición de «El Quijote», lo miran de antemano con el velo de los recelos, comenta un aspecto importante: «No es raro en otros países que acerquen a sus clásicos a su lengua actual. Sucede en Gran Bretaña y en Francia. Y, en nuestro caso, somos mucho más afortunados que todos ellos, porque nuestro castellano no está muy alejado del que utilizó Miguel de Cervantes para escribir su obra maestra. Estoy convencido de que, al final, el lector lo admitirá con simpatía». Trapiello, consciente de la posible controversia que puede suscitar «su» «Quijote», admite un pequeño deseo impregnado, eso sí, de cierto humor: «Me gustaría que se me alabase no por lo que he traducido, sino por lo que he dejado de traducir».