Cine

Buster Keaton: Auge y caída de un genio sin palabras

Un documental de Peter Bogdanovich, que se estrena el 2 de agosto, homenajea al creador de «El maquinista de la general» y otras obras del cine mudo, caído en desgracia tras la llegada del sonoro.

Buster Keaton convirtió el acto de caerse en una obra maestra del séptimo arte. La irrupción del cine sonoro selló un destino que hasta ese momento fue brillante
Buster Keaton convirtió el acto de caerse en una obra maestra del séptimo arte. La irrupción del cine sonoro selló un destino que hasta ese momento fue brillante

Un documental de Peter Bogdanovich, que se estrena el 2 de agosto, homenajea al creador de «El maquinista de la general» y otras obras del cine mudo, caído en desgracia tras la llegada del sonoro.

La llegada del sonoro fue, para el cine, como ese meteorito que, dicen, acabó con los dinosaurios. O, tal vez, para ajustar más el asunto, similar a aquel huracán de dimensiones bíblicas que arrasa con todo en «El héroe del río» (1928), precisamente la última obra maestra de Buster Keaton un año antes de que el cine rompiera a hablar y los grandes genios del mudo se quedaran sin palabras y sin hueco en aquella nueva industria. «Cuando ya lo teníamos, se acabó», dijo Chaplin sobre aquella hecatombe que los pilló a todos en la cima. Keaton sería uno de los grandes damnificados, precisamente uno de quienes –a la altura del propio Chaplin, DeMille o Griffith– sentaron las bases no ya del humor sino del propio séptimo arte. «Es uno de los inventores del cine. Los chistes funcionaban gracias a la cámara. El cine en sí se convertía en el chiste», asegura Quentin Tarantino en el documental «El gran Buster», dirigido por Peter Bogdanovich, un homenaje en dos tiempos (uno biográfico, otro analítico de sus grandes obras) de este hombre que, en palabras de Dick van Dyke, «tenía un gran control del cuerpo, era como un bailarín de ballet».

El periodo de apogeo de Keaton abarca cinco años, entre 1923 y 1928, en los que filma diez clásicos imprescindibles del cine mudo, entre ellos «El navegante», «El colegial» y «El maquinista de la general». Era la consagración del chico que a los 11 años ya estaba pisando las tablas junto a sus padres en teatros de todo el país, ataviado con la misma ropa y barba que su progenitor. «Los tres Keaton»: padre, madre e hijo, haciendo diabluras en el escenario. A los 4 años, el pequeño Joseph salió sin permiso a las tablas: el público no paraba de reír. Había nacido una estrella. Con toda la controversia que conlleva el estrellato infantil.

El proyectil humano fue durante esos años el espectáculo más celebrado y más polémico de «Los tres Keaton». El niño era lanzado por todo el escenario mediante un asa en su espalda. No era raro que acabara incluso entre el público. Llegaron a acusar al padre de maltrato, pero siempre burlaron la ley. «En ella no ponía nada sobre dar zurras», llegó a decir Keaton, quien se tomaba con humor aquellos lanzamientos: «No era un mal hombre mi padre. Me avisaba de que apretara el culo antes de lanzarme». El caso es que de 10.000 actuaciones, solo llegó a herirse en dos ocasiones. Su carrera en el cine estaría siempre expuesta al peligro: roturas de tobillo, de cuello, ahogamientos, pero atendiendo a la cantidad de gags imposibles (recuerden solo la famosa escena de la casa con ventana que cae sobre él en «El héroe del río»), poco le pasó a nuestro hombre, que ya antes de cumplir los 18 era conocido por Buster. El apelativo, que significa «caída» en inglés se lo puso, según versión paterna, el gran Houdini. A partir de ahí, recuerda Bogdanovich, «su carrera es una auténtica sinfonía de caídas». De su padre precisamente aprendió el talento y el misterio de caer sin dolor.

El tipo de cara triste

Pronto lo aplicaría al cine, industria a la que llegó a los 21 años, en 1917, de la mano del cómico Fatty Arbuckle. Cuando éste firmó con Paramount, dejó en legado a Keaton la Comique Corporation, la firma en la que habían rodado sus primeros cortos juntos. «El tipo de cara triste que salía» en las películas de Arbuckle era ya un actor con entidad propia, Cara de Palo. Los antiguos estudios de Chaplin pasan a ser suyos y hasta Dou-glas Fairbanks convence a Metro para que colabore con él.

En sus cortos ya están los componentes de su cine: gags realmente asombrosos, gran versatilidad de personajes, un rostro inexpresivo que expresaba en cambio mil cosas, el gorrito chato, y «esa tragedia silenciosa que resultaba tan divertida» (al decir de Werner Herzog) en sus filmes. El guión siempre fue lo de menos. «La parte central ya saldrá sola», solía decir. Lo importante era trabajar con tiempo y dinero y dedicar todo el talento a la creación de efectos, gags, slapsticks de todo tipo. «Si algo le encantaban eran los inventos mecánicos, fue un gran inventor», señala Bogdanovich. Hasta el punto de divertirse en casa sirviendo los perritos calientes en trenecitos. Su concepto de la sorpresa está muy depurado: «Quiero que el público se anticipe para luego engañarlo». Como con el famoso tren de «Una semana». También muestra su conciencia de la cámara en escenas que juegan con la ilusión y el lugar del espectador. Pero siempre él en el centro, jugándose el tipo: «El mejor efecto especial en sus películas era él mismo. Hacía lo que se veía en pantalla», señala el historiador Leonard Mattin. Hasta aferrarse a un coche en marcha y dejarse llevar como una bandera.

En el 23 arranca su etapa de plenitud. Es dueño de su creatividad, su tiempo y su dinero. Ya sea un cowboy, un novio perseguido por cientos de novias, un navegante o un boxeador imporvisados, en los 5 años siguientes, Keaton demuestra que no hay nadie a su altura en la comedia muda. «El maquinista de la general» (1927) supone un hito especial en su carrera. No fue su cinta más exitosa e incluso cosechó malas críticas, pero esta parodia de la Guerra de Secesión ocupa un lugar de honor en las listas de mejores filmes de la historia. Para Orson Welles, era una de sus cintas favoritas, «mucho más impactante visualmente que “Lo que el viento se llevó’’». Quentin Tarantino la considera «una de las mejores cintas de acción». Era ambiciosa y cara, con la escena más derrochadora del cine mudo: la caída de un tren al río desde un puente.

La gran equivocación

En el 29 todo cambia. Keaton comete el «mayor error» de su vida, firmar con un gran estudio, MGM. Sus problemas de alcholismo se agudizan y la situación con su mujer es insostenible. El férreo corsé de MGM lo estrangula, la calidad de sus cintas se resiente porque no es dueño del producto y el guión es la máxima de la «major». Hasta le cambian su famoso gorrito chato por un sombrero más sofisticado. Chaplin y Harold Lloyd ya le habían advertido de que perdería su independencia. Aunque prueba en el sonoro, su carrera experimenta un declive irrefrenable. Tras unos convulsos años de rehabilitación y hasta internamiento en un hospital psiquiátrico, Keaton se ve abocado a escribir gags para otros. El hombre que poco antes cobraba 3.000 dólares semanales no llega ya ni a los 100, lejos de los 250 que ya cobraba (lo mismo que su padre y madre) cuando aún era menor de edad y ya conducía su propio coche.

Hasta su muerte en 1966, Keaton vagará por televisiones y teatros buscando el lugar que ha perdido. Chaplin rinde tributo a su grandeza incluyéndola en aquel canto de cisne llamado «Candilejas» (1952) y Billy Wilder lo hace aparecer en una partida de bridge junto a Gloria Swanson en aquel amargo homenaje al cine mudo de «El crepúsculo de los dioses» (1950). En el año 60, la Academia echa la vista atrás y reconoce con un Oscar honorífico la carrera de un tipo que no solo se dedicó a ejecutar caídas de todo tipo, sino que ideó el modo de conjugar la cámara, el escenario y los personajes del modo más expresivo y divertido. El «tipo de cara triste» que llegó al cine al borde de los años 20 sigue siendo a día de hoy fuente inagotable de inspiración para actores, cineastas y cómicos de todo el mundo.

Último acto en Venecia

Pocos meses antes de morir, el Festival de Venecia brindó a Buster Keaton el gran homenaje de su vida. La entrega del León de Oro honorífico se completó con más de 10 minutos de aplausos, que arrancaron lagrimas a un tipo que no creía del todo que casi 50 años después de sus grandes filmes, el mundo volviera a tenerlo en sus oraciones. Su fiel Eleanor estuvo presente en aquella despedida de oro. En esa edición de la Mostra presentó su único papel dramático, «Film», un cortometraje escrito por el Nobel Samuel Beckett.

Mujeres desnudas en el camerino

Como muchos otros artistas del cine, la vida de Buster Keaton fue movida en lo sentimental. Se casó tres veces y se divorció en dos ocasiones. La primera separación fue la más traumática, la de Natalie Talmadge, una actriz que había trabajado con él en algunos de sus filmes y con la que compartió once años de su vida. El divorcio le pilló a Keaton en uno de sus peores momentos, en el año 32. Las infidelidades tuvieron no poco que ver en aquel asunto. Como le confesó a un amigo, «nunca fui un buen marido. ¿Qué vas a hacer si entras en el camerino y hay una mujer desnuda esperándote?». Con su tercera esposa, Eleanor, viviría los momentos de mayor estabilidad. Ella veló por un Keaton ya de avanzada edad y a su lado repitió en numerosos teatros uno de sus número más celebrados de los años 20: aquel en el que lleva a la cama a su mujer borracha.