Cultura

Carlos Bassas del Rey: "La ficción es un trampantojo de la verdad"

Autor de género negro alejado de clichés, habla en sus dos últimas publicaciones «Soledad» y «Justo», de dos asuntos que nos aterran: la soledad y la vejez.

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Carlos Bassas del Rey es uno de los contados autores de género negro que se aleja de los clichés. Sus novelas no tienen nada que ver con las tradicionales. El mal está en ellas, desde luego, pero sus historias van más allá de delitos e investigaciones. Ni siquiera los buenos y malos habituales conservan del todo sus papeles. Su mirada es oscura sí, pero también filosófica. Y repleta de tristeza. Al menos, en sus dos últimos títulos, «Soledad» y «Justo», ambos publicados por Al Revés, muy valorados por la crítica y, el último, excelsamente premiado este año con el Hammet de la Semana Negra de Gijón y con el Cartagena Negra.

–Empecemos por «Soledad», donde se pone en la piel de una mujer que sufre. ¿Le resultó complicado?

–Que el personaje principal fuera una mujer era un reto literario y personal. Suponía ser capaz de meterme en una piel tan a priori ajena a la mía. Luego te das cuenta de que determinados sentimientos no van con el sexo o el género, sino con haber padecido ese nivel de dolor y soledad en tus propias carnes, con independencia de si eres hombre o mujer. Yo había atravesado un momento muy duro y difícil en mi vida por entonces y quise plasmarlo. Quizá también escogí que el personaje fuera una mujer porque me pareció que siéndolo y siendo inmigrante era más vulnerable aún.

–Las mujeres siempre son más vulnerables. Y más si se encuentran en situaciones perversas, como la que usted describe.

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–Por eso quería que no fuera una mujer cualquiera sino una inmigrante, de una determinada edad y en situación de exclusión social. Quizá en algún momento, mientras escribía, me daba cuenta de que me iba demasiado hacia un extremo. Pero, en el fondo, la literatura, el arte, la ficción es eso, ¿no? Una estilización de una realidad. Un sentimiento. Un trampantojo de la verdad, con lo cual, me vi legitimado para usar, si quieres llamarlo así, esta trampa.

–No sé si lo pretende, pero tal vez mitiga el dolor con el aroma de la poesía. ¿Se considera poeta?

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–Bueno, he publicado un libro de haikus porque la cultura japonesa me interesa mucho. A base de escribirlo –no es que sea un experto tampoco– he aprendido a ser lo más preciso posible con el lenguaje. Los escritores utilizamos como arcilla básica el lenguaje, pero no nos preocupamos por investigar sobre él. Incluso tampoco nos permitimos a veces jugar. Llevarlo a un extremo para darle la vuelta. A mí me gusta muchísimo la lengua y bucear en lo que realmente significan los sustantivos y los verbos. Cuando doy clase de escritura y pido que me definan «niebla», casi todo el mundo utiliza adjetivos y dice: «húmeda», «fría». Y yo les planteo: si el sustantivo niebla ya implica eso, ¿por qué no la escribimos sin adjetivarla? También juego con el amor y el odio, que para mí son dos sentimientos humanos tan plenos en sus dimensiones que no necesitan de adjetivación.

–¿Por qué se adjetiva tanto?

–A veces nos hace sentirnos mejores escritores. Incluso al lector le hace sentir que lo somos. Pero muchas veces te enfrentas a textos con una adjetivación excesiva. No estoy diciendo que haya que eliminarla, pero...Casi siempre utilizo el ejemplo de John Ford. Cuando rodaba determinadas películas decía que usaba solo uno o dos primeros planos, porque le parecían tan fuertes y dramáticos que si usaba cincuenta perdían su intensidad. Con el adjetivo pasa algo parecido. Si utilizas demasiados acaban por carecer de eficacia y de potencia dramática. Con lo cual, me gusta escoger con cuidado los que uso y el momento en que lo hago.

–No sé si por algunos adjetivos o por la falta de ellos, he tenido la sensación de que en su manera de escribir hay mucha influencia de Carlos Zanón y de Marcelo Luján.

–Has citado a dos maestros. Me gusta muchísimo el estilo de Carlos y en su caso sí partimos de un poeta. Él lo es antes que narrador y de hecho como narrador para mí es muy poético. Y con Marcelo sucede tres cuartos de lo mismo. Hay una serie de escritores en este país que tienen un amor por el lenguaje difícil de igualar. Y uno lo que hace es disfrutarlos como lector y, en la medida de lo posible, aprender de ellos como escritor.

–Ha debido aprender bastante, porque si se celebró mucho «Soledad», «Justo» no ha parado de cosechar premios...

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–Me ha sorprendido lo bien que ha funcionado. Ha sido probablemente la primera novela que he escrito sin miedo. Llevaba nueve novelas publicadas, pero vivía todavía cercado por ese miedo a no ser o a no querer ser extremo en exceso dentro del mercado editorial. Cuando uno empieza en este mundo tan difícil tiene tendencia a protegerse. A procurar iniciar una saga policial –que yo escribí con cierto colchón al menos estructural y narrativo– y a no destacar excesivamente. Lo cual por un lado te da esa comodidad de no asomar en muchos, pero evidentemente no muestra tu verdadera mirada. Gracias al consejo de gente como Zanón, como Marcelo Luján o Alexis Ravelo me atreví a arriesgarme. Y «Justo» es fruto de ese riesgo.

–«Soledad habla de soledad y «Justo» de la vejez. Dos asuntos que nos aterran...

–Y que tarde o temprano llegan. La soledad puede aparecer en cualquier momento de la vida, es difícil que no lo haga, y en la vejez lo hace con toda seguridad, a menos que uno muera joven. Y son dos territorios que uno trata de evitar en la medida de lo posible. Pero para eso está la literatura también, para transitar por ellos con cierta seguridad. Además, la vejez suele implicar soledad así que a mí me ha supuesto un ejercicio de trasladarme dentro de unos años y posicionarme en algo que viviré de manera inexorable.

–También parece inexorable sentir miedo a la vejez y a su «Justo» le pasa justo lo contrario...

–Es algo que experimenté con mi padre. No es que antes hubiera tenido miedo, pero cuando vamos cumpliendo años llega un momento en el que nos volvemos los niños que hemos dejado de ser a lo largo de casi 50 años. Y entonces ya no existe el temor a expresar lo que nos apetece y cuando nos apetece y a hacer lo que queremos.