Catalanes de «brocha fina» para repetir el milagro

Una escena de la película

El director y el equipo de actores de «Ocho apellidos catalanes» confían en que la cinta «no sea politizada».

Antes que nada, dos «spoilers» necesarios: Cataluña se independiza (más o menos) y Amaia deja a Rafa. Ya está aquí «Ocho apellidos catalanes». Bien es cierto que la cinta no se ha hecho esperar mucho, apenas año y medio desde el arrollador éxito de «Ocho apellidos vascos» y sus cifras de infarto, históricas: casi 10 millones de espectadores y 60 de recaudación. Entonces, con el fenómeno en plena eclosión, la productora decidió aprovechar el tirón y encargó «ipso facto» una secuela, este «Ocho apellidos catalanes» que el viernes se estrena en 800 de los 3.000 cines que hay en España. Las expectativas son altas, muy altas, pero desde dentro, desde su mismo director, tratan de rebajarlas: «Nunca vamos a llegar a hacer las cifras de taquilla de ‘‘Ocho apellidos vascos’’ porque aquello fue producto de la sorpresa», asegura Emilio Martínez-Lázaro. Todos repiten el mismo mantra. Y es cierto. «Ocho apellidos...» ya no es una sorpresa, pero su público potencial sigue siendo elevadísimo. Y el reclamo para atraerlos es repetir la fórmula, alterando los factores y añadiendo otros. «No hay que olvidar que es una secuela y partimos de unos condicionantes –explica el director–. Esto nos lleva forzosamente a que ‘‘Ocho apellidos catalanes’’ no sea el equivalente a ‘‘Ocho apellidos vascos’’. Podríamos incluso decir que la película es ‘‘Ocho apellidos vascos’’ pasando por Cataluña. Pero eso ha dado también riqueza y los guionistas han podido hacer una película distinta».

Un contexto particular

La inclusión de Cataluña como escenario principal es sin duda la gran novedad de esta segunda parte del fenómeno y capitaliza buena parte del bagaje cómico de la cinta. Para colmo, «Ocho apellidos catalanes» llega en un momento especialmente crítico en la política nacional y regional. Para Dani Rovira, el que fuera actor revelación de la primera entrega, «sería injusto que se politizara esta película, pues su único objetivo es divertir. Si puede ayudar a quitar hierro a la política catalana, genial, pero no era esa la intención».

«Yo no sé qué va a pasar en Cataluña –señala Martínez-Lázaro–, pero preferiría haber estrenado en otra época porque ahora está todo muy candente y hay un falso equilibrio en el que se intuye lo que puede pasar (más bien poquito, probablemente) y que puede dejar mal sabor de boca para los independentistas. En cualquier caso, el guión está escrito muchísimo antes de lo que está pasando. Yo lo que he querido dejar muy claro para ésta y otras de mis películas es que el cine no puede aspirar a tratar ideológica, social o políticamente los temas como se puede hacer desde un libro o una conferencia. El cine no va dirigido a la cabeza sino a los sentimientos. ¿Cómo yo voy a atreverme en 100 minutos a intentar resumir un conflicto que hay en Cataluña desde principios del siglo XX? Eso siempre ha existido, pero desgraciadamente en los últimos años ha crecido mucho, especialmente en los últimos meses». Martínez Lázaro se esfuerza en diferenciar su «opinión personal» de la cinta. Todos lo hacen. «Yo lo único que quiero decir al respecto es que me encanta Cataluña», manifiesta Clara Lago.

El fenómeno «Ocho apellidos...», que eclosionó a raíz del humor sin prejuicios, se ha vuelto sensible a la opinión mayoritaria. Con un producto de tal calibre, la espontaneidad se ha perdido en buena medida. No obstante, la farsa prevalece, según defiende el realizador: «Yo iba con una cautela inicial, no meter el dedo en el ojo a nadie al hacer el filme. Y los guionistas y productores tampoco querían. No tratamos de hacer reivindicaciones de nada. Una cosa son nuestras ideas personales y otra distinta la película que hacemos. Nos atenemos obviamente al tono de farsa, de sátira, y la cinta tiene sus referencias con la realidad, pero no queremos dar doctrina ni una opinión rotunda. Eso empobrecería lo que contamos».

Una gallega de propina

Pero, ¿qué es lo que se cuenta? En el fondo, una historia de amor. La de Amaia y Rafa. El sevillano (al que vuelve a dar vida Dani Rovira), pasados varios meses desde la ruptura con la vasca (Clara Lago), tendrá que vérselas con un catalán «hipster» y relamido (interpretado por Berto Romero), nueva pareja de Amaia, con la que está a punto de casarse en la masía de su abuela, a la que da vida Rosa María Sardá. Para lograrlo, contará con la complicidad del desternillante padre de Amaia (Karra Elejalde) y su propia «madre» (Carmen Machi). Estos últimos, han cobrado peso en la nueva entrega: «Son dos personajes con mucha fuerza, y eso nos arrastrado a mí y a los guionistas».

En este «totum revolutum» de estereotipos y «realidades nacionales» (hasta una gallega tiene cabida), Rosa María Sardá y Berto Romero representan el «catalanismo». «Los guionistas han intentado repartirlo entre ambos. Pau (Romero) sería esa Cataluña que quiere ser moderna y cosmopolita y puede pecar a veces de ‘‘postureo’’, mientras que la abuela, la yaya (Rosa María Sardá) representa esa esencia de la catalanidad de siempre». Como ya hicieran con vascos y andaluces –«ítems» que se mantienen–, los guionistas Borja Cobeaga y Diego San José han aprovechado la estancia en la región para sacar punta a «lo catalán». «Pero todo está tratado con una brocha muy fina, incluso más que en la anterior, donde la brocha era más gorda», defiende Rovira.

A pesar de que «Ocho apellidos catalanes» no pretenda ofrecer una lectura política de la actualidad, su director, Emilio Martínez-Lázaro sí ve, a título personal, con tristeza y preocupación el «crecimiento del independentismo, que antes no llegaba a esos porcentajes». «Todo esto no tendría que haber llegado donde ha llegado», señala y lamenta que la solución «deje mal sabor de boca» en distintos sectores de la sociedad. En cualquier caso, defiende el equipo de esta producción, la risa es el único compromiso de «Ocho apellidos catalanes».