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Cate Blanchett, el arte de convertirse en manifiesto

Una película en la que la actriz, a través de 12 personajes diferentes, interpreta textos que revolucionaron la historia del arte nos lleva de viaje desde el futurismo y el dadaísmo al apropiacionismo y el Dogma 95.

La actriz da vida a un mendigo, una bróker y una profesora, entre otros personajes
La actriz da vida a un mendigo, una bróker y una profesora, entre otros personajes larazon

Una película en la que la actriz, a través de 12 personajes diferentes, interpreta textos que revolucionaron la historia del arte nos lleva de viaje desde el futurismo y el dadaísmo al apropiacionismo y el Dogma 95.

Cuando Nietzsche dijo aquello de «Dios ha muerto» le dio de paso la puntilla a una buena porción de cosas. Disparando a lo más alto, cercenó toda la pirámide. De repente, nada se tenía en pie. Y el arte no iba a ser menos. En 1917, Hugo Ball, autor del primer manifiesto dadaísta (el segundo lo firmaría Tristán Tzara), escribe a cuenta de la obra de Kandinsky: «Una cultura milenaria se desintegra. Ya no hay columnas, pilares, ni cimientos, se han venido abajo... El sentido del mundo ha desaparecido». Es decir, Dios ha muerto. Sobran las palabras. Pero, en cambio, en apenas unas décadas frenéticas todos se propusieron decir la suya, darle un sentido particular al arte, acotar de alguna manera el mundo, rehacer el palacio. El siglo XX, bien visto, fue el siglo de los manifiestos.

Todo empezó en un par de columnas relampagueantes rompiendo la serenidad del respetado diario «Le Figaro». Estamos en 1909 y un tal Filippo Tommaso Marinetti ponía la piedra dovela de la vanguardia con el primero de los once puntos del Manifiesto Futurista: «Queremos cantar el amor al peligro, a la fuerza y a la temeridad». Trabajadores, máquinas, coches, lunas eléctricas se apoderaron de la poesía y, poco después, del arte plástico de la mano de un movimiento efímero que, sin embargo, permeó en todos los que vinieron después. Del Dadá al Surrealismo. Unos 50 años después del Manifiesto Comunista, el arte tomaba nota de la fórmula política, ya sea para difundir sus ideas como para generar el sentido de clan. Había nacido un estilo de derribar puertas, una forma de «agit-prop» artística.

Es ahí donde arranca «Manifesto», un filme, que se estrena este viernes, del que se puede decir todo excepto que es convencional. A medio camino entre la instalación, el videoarte, el collage y el ensayo fílmico, el artista y director alemán Julian Rosefeldt crea un «manifiesto de manifiestos» para homenajear la belleza de estas piezas fundamentales para entender las vanguardias.

Palabra de Huidobro

La propuesta es la siguiente: articular a través de 13 capítulos de diez minutos la esencia, en sus propias palabras, de más de 50 manifiestos del siglo XX mayoritariamente. En cada uno de los episodios se presenta un personaje y una situación diferentes, quien, en off o en on, va desgajando frases fundamentales de los manifiestos. Todos los personajes están interpretados por una Cate Blanchett sin temor a nada. Puede ser un «homeless», una punk fumadora empedernida, una bróker o una profesora de escuela. Sus palabras no son suyas ni de Rosefeldt, sino de, entre muchos otros, Lucio Fontana, Francis Picabia, Vicente Huidobro o Lars Von Trier. De artistas plásticos, arquitectos o cineastas que trataron de abrir nuevas vías creativas en sus respectivos ámbitos a partir de un programa concreto o el descaro de un panfleto.

En el fondo, Julian Rosefeldt aspira a «cuestionar el rol de los artistas en la sociedad actual», una época en la que el manifiesto ha perdido vigencia. También el Futurismo fue el origen: «Cuando la idea de este filme me vino a la cabeza a partir de unos artículos futuristas, empecé a leer cada manifiesto que encontraba, incluyendo textos sobre teatro, cine, baile y arquitectura. Fue emocionante descubrir que las mismas ideas aparecían una y otra vez. Y todas ellas, expresadas con energía y un entusiasmo utópico. Todos los manifiestos que leí eran una especie de testimonio sobre la búsqueda de la propia identidad gritada al mundo de forma insegura», señala. Generalmente, jóvenes artistas y emergentes protagonizaban estos textos que buscaban claramente «matar al padre». «La escena artística a comienzos del siglo pasado –añade– todavía era muy chica y esos escritores de manifiestos artísticos eran a la vez una minoría dentro de este círculo ínfimo. Para ser siquiera escuchados, los artistas necesitaban gritar».

Las décadas 10 y 20 fueron, en este sentido, una pelea de gallos. Los sucesivos manifiestos de futuristas y dadaísta, vorticistas y creacionistas, suprematistas y constructivistas, se disputan un espacio exiguo. A todos les une el ansia de cambio, drástico e incluso violento, respecto del canon y la tradición. Pero muchas de sus proclamas se disuelven como azucarillos en pocos años y la profusión de movimientos y criterios comienza a hacer aguas. Hasta que el «macho alfa» de las vanguardias hace su aparición en escena, subsumiendo a muchas de las tendencias previas, reciclándolas o anulándolas. El Surrealismo, que apoya un pie en Freud y el otro en los vanguardistas que le precedieron, rompe con la lógica y apela directamente al subconsciente: «Amada imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas –escribe André Breton en el primer manifiesto, de 1924–. No será el miedo a la locura lo que nos obligue a bajar la bandera de la imaginación». Este movimiento logró articular una propuesta mayoritaria y transversal, fue hegemónica durante varios años, pero, como sucede en política, la rigidez de su planteamiento o, más concretamente, sus líderes, disgregaron el grupo. En los años 30 incluso Bretón, tirano según muchos del Surrealismo, expulsó de sus filas a, ojo, Salvador Dalí. La endogamia y las vendettas lastran los grandes movimientos vanguardistas nacidos generalmente bajo un aliento utópico e integrador.

La década de los 60, época de grandes cambios sociales y políticos tras la atonía de la posguerra mundial, años del reverdecer de la utopía, también será rica en manifiestos: el Situacionista de Guy Debord, en la arquitectura el de Roberto Venturini, el arte conceptual con dos textos capitales de Sol LeWitt y Claes Oldenburg, pionero del Pop Art, que intentó trasladar el arte al espacio público, dando aires a la instalación y la performance: «Estoy a favor de un arte que sea político-erótico-místico, que haga otra cosa que estar sentado sobre su trasero en un museo», escribe en su manifiesto «I Am for an Art» (1961).

Rugidos en extinción

Poco a poco el arte del manifiesto declina en las siguientes décadas. Desde el cine llega en 1995 un penúltimo puñetazo. Lo propina Lars Von Trier al género tal y como se concebía con el estricto Dogma 95: nada de música en off, cámara en mano, localizaciones reales e incluso anonimato de la autoría. En artes plásticas, el último manifiesto que glosa el filme de Julian Rosefeldt es el de la apropiacionista Elaine Sturtevant, «Man is Double Man is Copy Man is Clone», de 2004. Pero, ¿han finalizado por completo la era de los manifiestos? ¿Son solo una reliquia de un pasado convulso en la escena artística? «Hoy, la escena del arte es una red global y un negocio con diferentes posibilidades expresivas –explica el director–. El manifiesto como medio de articulación artística ha perdido relevancia en el mundo globalizado. Uno podría decir que la entrevista, la discusión desde el podio, el talk show, el discurso guiado dialécticamente, han reemplazado el antiguo rugido solitario del manifiesto. Sonaría innecesariamente exagerado, casi romántico o hasta un poco ridículo, gritar ''Abajo con..'' o algo similar hoy». Rosefeldt rescata algo de esa rebeldía de los creadores de antaño en un filme en el que Cate Blanchett «es el manifiesto en sí misma».