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"Ad Astra": La soledad de un hombre

Director: James Gray. Guión: J. Gray y Etahn Gross. Intérpretes: Brad Pitt, Tommy Lee Jones, Ruth Negga, Donald Sutherland. Estados Unidos, 2019. Duración: 122 min. Ciancia ficción.

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Da la impresión de que James Gray tiene solamente dos formas de filmar a su héroe, el astronauta Roy McBride (Brad Pitt). La primera es suspenderlo en el espacio, bien sea en caída libre, salvándose en el último minuto, bien sea como una estrella que se abraza a otra, a punto de confundirse con la nube de asteroides que rodea Neptuno. La segunda es en un primer plano que Pitt soporta con frigidez estoica, como quien está aguantándose el llanto por el qué dirán. Ambas son una forma de representar la soledad de un hombre en busca de un padre perdido. Manipulado por una gran corporación aeroespacial, que quiere aprovecharse de su sentido del deber para detener la que creen obra magna (y destructora) de su progenitor, Roy McBride representa la esencia del héroe del cine de Gray: enfermo de melancolía, incapaz de conciliar su vida personal con la laboral, pendiente de reevaluar sus relaciones de filiación, decepcionantes o equívocas, para nacer de nuevo, o desaparecer definitivamente. Es en ese sentido que «Ad Astra» puede considerarse como el contraplano de «La ciudad perdida de Z», esa magnífica película de aventuras herzoguianas que convertía la ruta de El Dorado en un precedente perfecto a este viaje iniciático que, sobre las brasas de la orfandad y la parálisis emocional, es, como en toda ciencia-ficción de pensamiento que se precie de serlo, un viaje interior. Aunque «Ad Astra» no prescinde del cine-espectáculo –como demuestra la impresionante escena inicial o la impecable persecución de los piratas lunares–, Gray nunca parece poner la grandiosidad cósmica del género por delante del «angst» de su héroe. Por decirlo de algún modo, y por muy clásica y lineal que sea el relato, estamos más cerca de «High Life», de Claire Denis, que de «Gravity» o «Interstellar».

La serenidad con que afronta los planos siderales es idéntica a la que impregna la interpretación de Brad Pitt, que, lejos del victimismo lacrimógeno que otro actor habría imprimido a su personaje, consigue que McBride supere todo cliché, incluso el del mito masculino en franco conflicto con sus emociones, que Pitt había encarnado en otra película meditativa, «El árbol de la vida». Al contrario que para Malick, Gray, que también utiliza el monólogo interior como cámara de ecos del ego, está convencido de que la imagen trascendental no tiene tanto que ver con Dios como con el hombre, el único y auténtico misterio del universo.