Celebración de una industria

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Lo mejor de la gala de los Oscar no es la ceremonia en sí, sino la celebración de la gran industria del cine. Eso es lo que no entienden en otros países donde el cine está subvencionado y la industria brilla por su ausencia. Cada año, el cine «mainstream» exhibe sus logros en la alfombra roja con el glamour que le ha caracterizado desde su misma constitución como negocio industrial, con su «star-system», grandes producciones y algunas cintas de bajo presupuesto, que compiten, en pie de igualdad, por llevarse el galardón que las hará más famosas y potenciarán internacionalmente su recaudación en taquilla.

La taquilla. Ésa es la palabra mágica que pone a los pies de los cineastas grandes presupuestos y la maquinaria de una potente industria para rodar, sin otra garantía que el talento y la promesa del éxito, y que les permitirá seguir en el negocio del espectáculo. No hay cine, ni teatro, ni cualquier otra industria sin ventas y ganancias. El resto es fantasía: el deseo de conseguir el favor del público no cautivándolo sino teniéndolo cautivo. El público y el glamour andan íntimamente ligados al cine desde su invención como relato y espectáculo. En «El viaje a la Luna», de Georges Méliès, de 1902, hace 110 años, ya están presentes las coristas en el despegue del cohete como las brillantes estrellas selenitas a su llegada a la Luna.

Hollywood es «Tinseltown», y, sin embargo, la política ha sido la gran protagonista de una ceremonia en la que el creador de «Padre de familia» ha jugado con los tópicos sobre gays, judíos, hispanos y negros con la complacencia de la industria y el público. La ceremonia de los Oscar tiene una audiencia tan desmesurada que ha de complacer a los norteamericanos y promocionar sus productos artísticos contentando a la mayoría sin disgustar a nadie. Lo expresó Tarantino, entre bambalinas, de forma hiperbólica: «Soy americano y director, pero hago cine para el planeta Tierra». La aparición vía satélite de Michelle Obama, quien ha entregado por primera vez el premio a la mejor película, «Argo», de Ben Affleck, es un claro signo de compromiso del Gobierno con la industria, al estar Obama excluido como candidato a la Casa Blanca. Lo curioso es que la Prensa ha encajado peor el discurso ternurista de Michelle que su presencia en la gala como una intromisión política. El cine, para cualquier nación, es una industria estratégica –cine y nacionalismo están unidos por el mito del origen y la identidad–, y Obama tiene un política exterior que igual se justifica y potencia si gana «Lincoln» como «Argo». Filmes megapolíticos, como el de «La noche más oscura», que ensalzan su país sin obviar las críticas. Lo contrario que aquí, donde se critica el país obviando el cine.