Cómo robar el ataúd de Chaplin

Xavier Beauvois rinde homenaje al genial cómico al recrear este pintoresco y fallido episodio en «El precio de la fama».

Algunos colegas me avisan de que entrevistar a Xavier Beauvois puede convertirse en una tarea incómoda. De humor más bien lunático e imprevisible, sus respuestas o apuntan al monosílabo desafiante o, en el mejor de los casos, a la sonrisa un punto prepotente. Pero no hay que hacer caso de los rumores, porque el Beauvois que atendía a la prensa un día después de la presentación en la Mostra veneciana de «El precio de la fama» parecía haberse contagiado de la placidez de su película, tal vez porque podía desplazar la atención de las preguntas hacia un cineasta incuestionable, Charles Chaplin, y eso le permitía compartir responsabilidades. Fumando como un carretero, es contundente: «Chaplin es Dios».

Por eso, cuando empezó a documentarse sobre el caso del robo de su ataúd tres meses después de su muerte, en marzo de 1978, vio que ahí había una película. Sobre todo «porque los ladrones fracasaron», puntualiza: Oona, la viuda de Chaplin, siempre se negó a pagar el rescate, hasta que la policía localizó a los atolondrados malhechores. «Mi mujer, que no conocía los hechos, pensaba que me lo inventaba todo», explica el actor y cineasta francés. «Era evidente que para hacer el filme había que tener el consentimiento de la familia. Al principio los herederos se mostraron algo reticentes, pero después de que les contara que quería rendir homenaje a Chaplin, no hubo más que facilidades. Eugène, su hijo, aparece como actor».

Errores comunes

Volvieron a algunos lugares donde sucedió todo, filmaron a pocos metros de la tumba real de Chaplin, incluso en su mansión suiza, pero nunca hubo la intención de rodar una película completamente fiel a lo que ocurrió. «Quería que fuera una fábula, sentir simpatía por la torpeza y la ingenuidad de los personajes», confiesa. «En verdad uno era polaco y otro búlgaro, y ni siquiera tenían una esposa enferma a la que curar». Beauvois, que ha visto decenas de veces «Luces de la ciudad» y «Candilejas», sus Chaplin favoritos, retrata a dos profanadores de tumbas como si fueran sus colegas de infancia. «No quería demonizarlos, ni estigmatizarlos socialmente. Por eso procuramos que desde la iluminación hasta la dirección artística fueran cálidas, estuvieran a su favor. Creo que Chaplin habría aprobado mi enfoque», afirma sin ocultar su satisfacción. Y da otra calada al cigarrillo: «Es la primera vez que me enfrento a una comedia, y no quería dejarme llevar por mi tendencia a lo trágico. Chaplin me ha ayudado desde donde esté».

Una de las cosas que más llaman la atención de «El precio de la fama» es la banda sonora del gran músico francés que, transmutado en un tsunami de romanticismo, llega a silenciar algunos de los diálogos de la película. «Fue idea de Michel. Era una manera de evocar el poder del cine mudo, solo imágenes y gestos». ¿Y por qué Legrand? «Mi hija se sabe de memoria las canciones de “Piel de asno”. Es un maestro de lo melódico. Algunas de mis películas apenas tienen música, pero en este caso necesitaba a alguien que compusiera una partitura con personalidad, que definiera el rumbo que iba a tomar el filme. Fue algo sencillísimo: fuimos a casa de Michel, rematamos el montaje final y él compuso la banda sonora in situ, a pie de piano».