Coppola: «¿Hacia dónde va el cine si no podemos fracasar?»

El premio Princesa de Asturias de las Artes, reflexiona sobre la necesidad de experimentar y renovarse para asegurar el futuro de la industria.

El premio Princesa de Asturias de las Artes, reflexiona sobre la necesidad de experimentar y renovarse para asegurar el futuro de la industria.

Francis Ford Coppola, el hombre de los cinco Oscar, el director excesivo y megalómano que ha sobrevivido a los reveses del fracaso y a la confortabilidad que da el éxito, pertenece a esa «troupe» de jóvenes iracundos y geniales (Martin Scorsese, Brian de Palma, George Lucas, Michael Cimino y Steven Spielberg) que arrasaron con el decadente Hollywood de finales de los años sesenta y comienzos de los setenta. Improvisó una cinematografía de gángsters y seres atropellados por el buldózer de las circunstancias que apuntaló su estilo de cineasta con identidad propia, pero con derecho a gestionar presupuestos reservados sólo para las grandes producciones. Autoafirmó su leyenda de director individualista, lleno de grandes extravagancias, sobre la mitología de un puñado de filmes inmunes al transcurso del tiempo: «El Padrino», «La conversación», «El Padrino II» y «Apocalypse Now». El joven rebelde de entonces ha resistido a la mansedumbre que aportan los años, a la domesticación inevitable del tiempo, y, bajo esa cortesía social que suponen la corbata y el traje, aún late un espíritu indómito, insaciable, desatado y abundante incluso en su verbosidad. «La gente habla de Hollywood, pero no existe. Es un cartel. Sólo hay una industria que construye empleos y gana dinero, pero eso mismo está presente en otros lugares, con gente que produce realizaciones. Pero, aparte de eso, el cine también es arte. Entré en esta profesión para hacer cine por arte, por placer. Antes, los estudios eran más flexibles y hacían unos filmes más valientes, más hermosos».

La razón de la crisis

El cineasta, Premio Princesa de Asturias de las Artes, saluda en español y contesta en inglés, y responde a casi cualquier pregunta que se le haga. No importa cuál. Sin duda es un valiente. Ayer afrontó las dudas y curiosidades del público que llenó el Teatro Jovellanos de Gijón, un acto al que asistió Doña Letizia (es la primera vez que los Reyes se separan para presidir dos actos de estos galardones). No tuvo miedo de reconocer que «nunca haré una película con tanto éxito como “El Padrino” ni tan potente como “Apocalypse Now”». Y apuntó cuál es la principal crisis que atraviesa la cinematografía actual: «Ahora se trata de hacer cine para ganar dinero. Ya no se puede experimentar. Y si dices que quieres hacerlo, no te producen las cintas. El espíritu que creó el cine ya no existe. No se permite hacer lo mismo de antes. ¿Y cómo vamos a hacer que evolucione? ¿Hacia dónde puede ir el cine del futuro si no podemos ya fracasar o equivocarnos como sucedió cuando nació este arte?». Coppola, con un calcetín amarillo y otro rojo, reconoció la inevitable unión a la que están abocados el cine y la televisión. «Hemos hablado de ellos como si fueran diferentes, pero el cine y la televisión hoy ya son lo mismo. En el cine hay archivos digitales, no proyectores, y, por eso, creo que plataformas como Netflix tendrán relevancia en el futuro. Las empresas de internet necesitan contenidos y van a comprar el cine, que ahora está en manos de la industria de las telecomunicaciones. Ahora el cine y la tele no existen. Todo es cine, desde un minuto hasta un trabajo de cien horas. Y la propiedad de este tipo de cine será dentro de poco de Apple, Microsoft o Amazon. Existirán salas de cine si el público lo desea y se podrá ir a ellas cuando se quiera. La experiencia del cine en sala es maravillosa, pero las películas se podrán ver cuándo se quiera y dónde se quiera, no solo en una sala. El futuro es flexible».

La cuarta generación

Coppola, sonriente, provocando al público y a los periodistas para que le ametrallaran con cuestiones desafiantes, reconoció que «el cine es el matrimonio entre la actuación y la escritura», que no se puede acometer un filme sin abordar problemas –«el cine siempre es conflicto»–, se atrevió a dar un apunte sobre nuestra realidad –«la corrupción es la enfermedad a la que no se puede sobrevivir. La corrupción es una clase de mentira. Nunca hay que mentir, porque, se lo digo a mis hijos, una mentira obliga a otra mentira»–, y, evocando a Julio Verne, aseguró que «no hay algo que se pueda soñar y que no se pueda hacer en una película». Y lo afirma un hombre que proviene de una familia que ha trabajado durante cuatro generaciones en ese mundo (su abuelo fue la persona que construyó la máquina que posibilitó el cine sonoro, el sistema con el que se grabó «El cantor de jazz»). Su espíritu emprendedor, el mismo que no se arredra al confesar que «por desgracia, grandes villanos de nuestra época señalan a “El Padrino” como su película favorita por la frialdad en que se plantean en ella los negocios, aunque yo no comparto ese punto de vista», todavía goza de salud y anima a mirar a los directores con agallas para forjarse una estética propia: «Hay que mirar a los que quieren ser personales, a los que buscan una expresión propia. A los cineastas que hacen eso, que expresan sus emociones en una película, es a los que hay que mirar».