Pablo Pineda: «Todos tenemos alguna discapacidad»

Universitario, premio al mejor actor en San Sebastián y embajador de la Fundación Adecco para que valoren laboralmente a los afectados por el síndrome de Down.

Universitario, premio al mejor actor en San Sebastián y embajador de la Fundación Adecco para que valoren laboralmente a los afectados por el síndrome de Down.

Habla muy claro, tanto, que desarma al entrevistador. Pablo Pineda no se muerde la lengua. Dice que así lo hicieron los hombres que cambiaron el mundo como Gandhi o Martin Luther King. Él, a pequeña escala, lo está haciendo. Tiene síndrome de Down y ha roto muchas barreras. Estudió en la universidad, ganó el premio al mejor actor de San Sebastián por su papel en «Yo, también» y ahora trabaja como embajador de la Fundación Adecco para que las empresas y los trabajadores conozcan las cualidades de las personas con discapacidad para entrar en el mercado laboral por una puerta cuando hace poco tiempo casi estaban obligados a hacerlo por una rendija.

–Su misión es convencer a las empresas y a los trabajadores de que las personas con discapacidad pueden ser uno más en la maquinaria laboral.

–Lo que hago es decirles que hay un colectivo, en este caso el del síndrome de Down, que necesitamos trabajar y que tenemos muchas cosas que aportar a la sociedad. Les quiero hacer entender que todos tenemos alguna discapacidad.

–No le niego la mayor. Por ejemplo, ¿en qué soy yo una persona con discapacidad?

–Mire, usted y yo no somos muy altos, estamos rellenitos... Está claro que la actividad física no es nuestro fuerte. Usted seguramente no habría sido nunca deportista. Pero hay muchas discapacidades más que nos pueden limitar laboral y socialmente: ser una persona tímida o que tenga adicciones, además de otras que son invisibles. En mi caso, lo que transmito es que la gente abra su mente y se olvide de prejuicios y tabúes.

–¿Qué prejuicios le han hecho más daño?

–¡Ufff! Además de la sobreprotección de nuestros familiares, lo peor es el paternalismo, ese lenguaje en el que nos tratan como si fuésemos niños. Es innecesario.

–Imagino que les acompleja aún más.

–Claro, provoca que pensemos que no valemos para mucho, que los que tenemos síndrome de Down somos tontos. Tengo 40 años y cuando las personas me tratan con condescendencia les digo: «Oye, trátame como un igual, no me hables como si estuviese chalado».

–¿En la universidad también lo experimentó?

–Sí, porque ni mis profesores ni mis compañeros concebían que estuviese allí. Es verdad que le hablo de hace veinte años, pero me miraban como a un bicho raro. Y lo cierto es que yo les podía ayudar más que ellos a mí porque les abría la mente a otra realidad que desconocían.

–¿Qué le dijeron sus padres cuando les comentó que quería estudiar en una facultad?

–Siempre han sido unas personas bastante visionarias para su época. Siempre han creído en mí y me han estimulado. Pensaron que yo era capaz de aprobar.

–E incluso que le suspendiesen...

–Claro, nadie me regaló nada.

–Imagino que en su participación en la película «Yo, también» fue distinto. La gente del cine a priori es más abierta.

–También depende del filme en el que intervengas. En mi caso, uno de los directores tenía una hermana con síndrome de Down, que también sale en la cinta, con lo cual estaba muy sensibilizado. Éramos como una familia: poco presupuesto, un equipo pequeño. No me imagino en una superproducción como las que hace Almodóvar.

–¿En sus conferencias les explica a los asistentes en qué se están equivocando?

–Para empezar los que asisten están bastante concienciados. La realidad es que el mercado laboral está evolucionando. Sigue existiendo el tanto produces, tanto vales. Sin embargo, cada vez existen más matices y la sociedad se está enriqueciendo.

–Lo que usted no quiere es que una persona con síndrome de Down sea noticia.

–Exacto, ya no hay artículos sobre que las mujeres trabajen. Es normal, como cada vez es más cotidiano que no se discrimine a nadie en su puesto de trabajo porque sea homosexual. Tiene que ocurrir lo mismo con las personas con discapacidad.

–Imagino que también persigue que el que tengan pareja y una vida sexual activa tampoco sea carne de reportaje.

–Es que para mí es el desarrollo normal de una persona. El primer error es que nos coloquen la etiqueta de enfermos, no lo somos. Las personas con este síndrome también tenemos necesidades sexuales y afectivas.

–Es una persona con una gran capacidad de liderazgo.

–Tengo una gran autoestima gracias a mis padres. Sin decirme nada me demostraban que yo era capaz de todo y te lo vas creyendo. Eso te da seguridad en ti mismo y sabes transmitir tus valores.

–En su caso, ¿cuáles son?

–Cuando pronuncias la palabra valores en abstracto la gente cree que eres un facha. ¿Me equivoco? Si los dices uno a uno, ya la gente lo va entendiendo. El respeto, la solidaridad, el altruismo, la amistad, la generosidad, la empatía. En España es que somos tremendos, ponemos etiquetas a todos: o eres del Barça o del Madrid, de izquierdas o de derechas... ¡Es una manía horrorosa que tenemos!

–¿Como valora las asociaciones de síndrome de Down?

–A ver, no quiero hacer sangre. Cumplen un gran papel en la parte asistencial. Pero creo que no deben quedarse en la cultura de la subvenciones, sólo pensando en el dinero que pueden recoger.

–¿Tienen que modernizarse?

–No lo podría decir mejor. Es necesario que se abran a la sociedad porque son muy endogámicas, como si fuesen entes aparte. Y se lo digo yo, que mi padre es socio fundador de la Asociación de Málaga. Se hacen actividades con muy poco alcance de miras. Recuerdo que hacían salidas de afectados a las 5 de la tarde con un calor de María Santísima en verano. Luego íbamos todos juntitos al cine, sólo nos relacionábamos entre nosotros y nuestras familias. Al final lo que se logra, y sin duda sin proponérselo, es crear un gueto y que las barreras permanezcan, aunque no dudo de su buena intención.