Cruzados, dos siglos que cambiaron la historia

Thomas Asbridge expone en las casi mil páginas de su ensayo cómo los caballeros cristianos cabalgaron hacia Oriente para luchar.

El movimiento de las Cruzadas comenzó en el siglo XI
El movimiento de las Cruzadas comenzó en el siglo XI

Thomas Asbridge expone en las casi mil páginas de su ensayo cómo los caballeros cristianos cabalgaron hacia Oriente para luchar.

Los historiadores que se ocupan de la evolución desde el mundo antiguo hasta el medieval en Occidente tienden a enfatizar que el gran cambio no se produjo con la caída del Imperio Romano, como suele decirse, en el año 476 y la irrupción de los llamados pueblos bárbaros en el orbe grecolatino. Es de recordar que un siglo después Justiniano volvería a convertir el Mediterráneo en Mare Nostrum de los romanos. La escuela de estudios tardoantiguos de Peter Brown, por ejemplo, prefiere hacer la cesura más tarde, en concreto en el siglo VII, con el surgimiento del islam. Es entonces cuando se crea una frontera marítima que divide el Mediterráneo en dos áreas de influencia y cuando el modelo cultural del mundo grecorromano –sobre ese mar que, como decía Platón, era como una charca en torno a la cual la habitaban los griegos– cambia para siempre.

Desde el Mediterráneo

Seguramente, entonces, el último emperador del mundo antiguo o primero del medieval sea el bizantino Heraclio: es el último que tiene que vérselas, en pleno siglo VII, con el Imperio Persa Sasánida, y el primero que habrá de afrontar el desafío de la expansión árabe a partir de la Hégira de Mahoma. A partir de entonces se estableció una lucha agónica y dicotómica entre dos cosmovisiones que partían el Mediterráneo en dos mitades casi irreconciliables: pese a periodos de convivencia de ambas culturas en algunas regiones claves y privilegiadas, como el Bagdad de los abasíes, la Córdoba de los omeyas, el Palermo de Rogelio II o el Toledo de Alfonso X, con una rica cultura mestiza, casi siempre el conflicto más crudo definió la relación entre ambos mundos.

El siglo XI, marcado por ciertos cambios políticos y culturales, supuso una convivencia cada vez más difícil entre cristianismo e islam tras vaivenes históricos entre la tolerancia y la intolerancia, la acumulación y fomento del saber y la cerrazón de miras. En uno de esos momentos de crisis los gobernantes islámicos emprendieron una campaña de entorpecimiento de la visita de los lugares sagrados del cristianismo con piratería y secuestros, lo que provocó gran desazón en la Cristiandad. El Papa Urbano II, cabalgando una ola creciente e imparable, llamó entonces a la primera cruzada para liberar Tierra Santa y desató con ello un movimiento espectacular que inauguraría una serie de campañas de caballeros cristianos de diversos reinos hacia el Oriente, las llamadas Cruzadas, que se extendieron hasta bien entrado el siglo XIII y cuyas consecuencias de hondo calado aún se dejan sentir hoy.

A estudiar este apasionante periodo de la historia que se extiende durante más de dos siglos de plena Edad Media se dedica ahora un estupendo volumen del historiador y divulgador científico Thomas Asbridge, conocido por un notable documental sobre las cruzadas en la BBC. El libro examina de forma panorámica, en cuatro partes, 23 capítulos y un epílogo, y con una perspectiva de amplio recorrido, de casi mil páginas, los precedentes de las cruzadas, su desarrollo, sus implicados y la recepción de la actividad de los cruzados en Oriente, no solo por parte de sus adversarios islámicos, sino también de los cristianos orientales, y, con especial atención, las consecuencias que tuvieron para el mundo posterior. Mención aparte merece el tratamiento de la primera y la cuarta cruzada: el Imperio Bizantino tuvo una relación ambivalente con los guerreros cruzados desde que Alejo, primero de la dinastía Comnena, viera acampar ante Constantinopla aquel variopinto contingente de los príncipes occidentales que se lanzaban en pos de la conquista de Tierra Santa.

«Los otros»

La fundación de los principados occidentales en Jerusalén o Antioquía por aventureros de origen franco y normando, es una historia apasionante que a nadie deja indiferente. Pero esa relación con Bizancio llega también a la triste cuarta cruzada, bajo la dinastía de los Ángeles, que acarreó para los bizantinos un desastre sin cuento con la caída de la ciudad y la instauración del Imperio Latino en Constantinopla: un príncipe de Flandes en el trono imperial y franceses, venecianos, aragoneses y catalanes campando a sus anchas por el Peloponeso y las islas. Resulta muy estimulante, por ende, el punto de vista de «los otros» en este libro, nada eurocéntrico: he tomado el caso de los bizantinos, que estaban en medio del conflicto, pero esta historia de las cruzadas da buena cuenta, naturalmente, de la perspectiva árabe con detalle. Es historia seria, bien documentada y fundada, con pretensiones de imparcialidad y amplio bagaje científico.

Pero, atención, esto no está reñido con que sea un libro que, pese a su larga extensión, se deja leer con agilidad, de forma amena y accesible. Un compendio excelente, en definitiva, para todo aquel que quiera acercarse a las cruzadas y a todas sus implicaciones histórico-culturales, que, por cierto, se remata con un estupendo epílogo que da cuenta de la reutilización posterior del concepto de cruzada y de las heridas abiertas que, en cierto modo, dejó este largo conflicto.