Disculpa, Paul McCartney

En una desmesurada biografía, Philip Norman rectifica sus anteriores versiones del «beatle», al que menospreció, dice, «por envidia». En el volumen, publicado en español por Malpaso, le atribuye méritos artísticos pero sigue insistiendo en su mayor virtud: ser encantador

John Lennon (derecha) y Paul McCartney, en una grabación
John Lennon (derecha) y Paul McCartney, en una grabación

En una desmesurada biografía, Philip Norman rectifica sus anteriores versiones del «beatle», al que menospreció, dice, «por envidia». En el volumen, publicado en español por Malpaso, le atribuye méritos artísticos pero sigue insistiendo en su mayor virtud: ser encantador.

En 1981, Philip Norman escribió «Shout. La verdadera historia de los Beatles», la primera monografía sobre el grupo. «La principal crítica que recibió ese trabajo fue la excesiva glorificación de John Lennon y su parcialidad contra McCartney. Yo respondí que no era anti-Paul, sino que había tratado de mostrar el ser humano real tras aquella fachada encantadora y sonriente. En realidad, si quiero ser honesto, todos los años que había deseado ser él me habían dejado la sensación de que, de alguna manera poco clara, necesitaba vengarme», escribe Norman en el prólogo de la biografía del bajista que acaba de aparecer en español sin temor a poner en cuestión su credibilidad por completo. Tras semejante declaración, ¿por qué debería alguien en su sano juicio leer las 766 páginas siguientes? ¿Serán más creíbles que las versiones anteriores? Quizá no. Pero estamos ante la más extenuante y prolija semblanza («Paul McCartney. La biografía», Malpaso) de una de las mayores glorias vivas de la música, un volumen en el que Norman rectifica y equilibra las versiones, y que cuenta, en el fondo, la historia de la mayor epopeya de la cultura popular: la leyenda de los Beatles. Si el libro no es perfecto a la hora de hacernos sentir que comprendemos mejor a McCartney, desde luego transmite a la perfección la peripecia del cuarteto de Liverpool.

Así pues, la mayor novedad de la obra es el tono: si antes McCartney era para Norman «el gran manipulador» y más tarde escribió que Lennon «no era una cuarta parte de los Beatles sino tres cuartas», en esta versión, Paul pasa a ser en el epílogo el «genio incuestionable que ha sido subestimado por la historia» (aunque debiera haber escrito «menoscabado por mí») y, entre otras lisonjas, escribe que su catálogo es el equivalente pop de la obra de Shakespeare. Aunque, no se engañen, porque el escritor tampoco deja pasar la oportunidad de poner un poco en ridículo al protagonista de su libro por sus ínfulas y aspiraciones de ascenso social o sufriendo las punzadas de sus inseguridades frente a Lennon.

Ser solo una sonrisa

Hay dos aspectos que han distorsionado el relato de la personalidad del músico. El primero, sus extraordinarias dotes sociales y de relaciones públicas. McCartney lleva sometido 50 años al escrutinio público y siempre ha ofrecido una imagen de buen tipo como escudo, de chico normal. Quedó estereotipado como «el guapo» de los cuatro, frente al profundo, el callado y el simpático. Y a esa sonrisa de revista es a lo que Norman (que ha publicado también el retrato de Mick Jagger, entre otros) redujo al músico. Sin embargo, Macca ha sido famoso desde la adolescencia y ha vivido para contarlo, al contrario que incontables superestrellas. Norman cree que ha llegado la hora de ese reconocimiento, y que, además, hasta él puede admitir su principal talento: un creador de melodías inusualmente dotado para su producción por cantidad y calidad. Algo que ya sabíamos todos.

Ese es el segundo aspecto fundamental: la cuestión artística. En contra de lo que ya saben la mayoría de los aficionados, la visión del autor sobre Macca se sustentaba en la debilidad estructural del músico, una posición de subalterno que, no nos engañemos, corresponde al bajista de la mayoría de bandas de rock. Esa visión está amortiguada en el presente relato aunque no eliminada: las inseguridades de McCartney tuvieron un efecto «catastrófico», según el biógrafo, en su relación con Lennon. Pero ahora Norman viaja al consenso y aprecia el genio creador. Como si fuera el primero en descubrirlo, le concede la mitad del crédito por «Revolver»; también el papel de salvador del «Sgt. Peppers» y defensor de las mayores locuras que suceden en los cortes de ese álbum, y el de ideólogo de «Magical Mystey Tour». Quizá es interesante recordar que las canciones de los Beatles, hasta que se rompe la sociedad Lennon/McCartney, eran una obra colaborativa y estaba previsto que se acreditasen con el apellido por delante de quien hubiera contribuido más. Sin embargo, siguiendo las normas para los equipos de compositores, el criterio alfabético primó que apareciesen con el formato Lennon-McCartney. «Según una declaración posterior de Paul, esa decisión la tomaron John y Brian (Epstein, el mánager); cuando él protestó, no con mucha vehemencia, le dijeron que no estaba grabado a fuego, que los nombres podían ‘‘alternarse’’ en el futuro». Eso nunca sucedió. En el recuento de Norman, a McCartney le pertenecen, entre otras acreditadas al dúo, «Michelle», «Yesterday», «Let It Be», «When I’m Sixty Four», «The Fool on The Hill», «Get Back», «Penny Lane», «Eleanor Rigby», «Yellow Submarine» y «Blackbird», entre otras.

La lástima es que en la narración del biógrafo los temas salen de la nada, sencillamente aparecen y poco se profundiza en el proceso creativo o en las circunstancias que las inspiran. A veces asistimos al momento en que Paul se la interpreta a alguien por primera vez, con la guitarra, de una manera inocente, pero generalmente las canciones aparecen en la biografía grabadas en el surco de un vinilo. En el relato de esta vida, la faceta creativa ocupa un espacio ridículamente inferior a la sucesión de faldas o los pormenores de la vida social del bajista, por no hablar de las disquisiciones acerca de los negocios de la banda.

Trapicheos

Norman sí que recoge de forma indirecta el talento de Macca dibujado en las afirmaciones incrédulas de George Martin, productor del cuarteto y hombre de profunda formación musical clásica. Martin se sorprendía constantemente de los cambios armónicos que, con total ingenuidad, proponían el dúo Lennon-McCartney. «Bach jamás habría hecho eso», objetaba mientras sacudía la cabeza ante decisiones fuera de la lógica melódica o «cursis» en su opinión. Poco después, ese tema se convertía en un éxito mundial. Invariablemente. El biógrafo también recoge una cita de Lennon que quizá debió traspapelar en sus anteriores libros: «Paul era más avanzado que yo. Siempre iba un par de acordes por delante y en sus canciones por lo general había más acordes diferentes».

De esta manera, cuando antes era manipulador, ahora McCartney es un hombre encantador que se preocupa por los trabajadores de Apple cuando la compañía está en bancarrota, vacía de contenido y desnaturalizada, porque no tenía los derechos de las canciones del grupo, propiedad de otra sociedad, Northern Songs, la primera compañía editorial de música que salió a Bolsa y de la que Lennon/McCartney solo poseían un 15 por ciento cada uno cuando su principal recurso eran las canciones del dúo. También fue él quien alertó de que Allen Klein, que era el mánager de los Rolling Stones, no era trigo limpio. Trató de advertírselo a sus compañeros, pero no le creyeron, según Norman. Los trapicheos de su segundo mánager y la guerra de capitales por el control de la mina de oro se dirimen en el libro como un cruce de informe mercantil y de alimañas en combate de «National Geographic».

Por cierto, que la versión que ofrece de Lennon ahora es sensiblemente más ácida: se hace eco de unos rumores que nadie confirma según los cuales la muerte de Stuart Sutcliffe, pianista de los primeros Beatles, se produjo días después de una paliza que le propinó el cantante, quizá celoso de su talento. No hay que olvidar que antes de Lennon-McCartney, la pareja titular eran ellos dos. Asimismo, da pábulo a una supuesta aventura sexual de éste con Brian Epstein (mánager de la banda) en una escapada en España, que le habría permitido sibilinamente tomar el control del cuarteto. Y aún más: en la narración de la ruptura del grupo, Norman juzga con severidad a Lennon, al que acusa de «no tener razón en sus protestas y de provocar el fin del grupo por sus inseguridades y su vagancia crónica».

De la época post-beatles, hay los mayores hallazgos, y vemos a McCartney en el pozo de la depresión, rescatado por Linda, mejor ponderada en esta biografía que en las anteriores. Los sucesos posteriores a 1970 están tratados con igual rigor y prolijidad y resultan novedosos, pero, ay, mucho menos interesantes.

El gran problema a la hora de juzgar cualquier libro que aparezca de los Beatles es tener en cuenta todo lo que se ha escrito de ellos. Solo Norman, con esta biografía, ha publicado 2.500 páginas en tres volúmenes, según sus extensiones en inglés. Y la cuestión más importante sigue sin responderse, tampoco en este libro está conseguido. La gran pregunta es cómo es posible que un grupo en 1962, según relata Norman, realizase una audición para fichar por Decca y el resultado fuese lamentable sin paliativos. Y, en cambio, solo 7 años después, en 1969, esos mismos cuatro músicos se retiran actuando en la azotea de un edificio en Londres completamente trasformados en gigantes, quizá los más grandes genios que haya dado la cultura popular en su historia. Norman aporta datos y como biógrafo es exhaustivo y en apariencia riguroso –y eso que él mismo reconoce no haberlo sido en el pasado–, pero no presenta la magia de la creación.