Cultura

El hombre que sobrevivió a Auschwitz: "He visto mojar pan en grasa humana"

Se publica por primera vez en España «Auschwitz: última parada» (Espasa), de Eddy de Wind, el único libro que se escribió en el campo de concentración y que describe el horror desde dentro.

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Cuántas vidas caben en un millón cien mil muertos? El Talmud asegura: «El que salva una vida, salva el mundo entero». Y lo afirma porque asesinar a un hombre no es privarle únicamente de su existencia. Supone arrebatárselo a la humanidad y segar de golpe todas las generaciones que habría podido engendrar. El 70 por ciento de los pasajeros que transportaban los trenes de Auschwitz eran gaseados nada más descender de los vagones. El treinta por ciento restante se convertían en mano de obra esclava. Eddy de Wind estuvo interno en el campo de concentración desde 1943 hasta 1945 y su hijo aún recuerda sus palabras: «La supervivencia dependía en un 99 por ciento de la suerte. Y del uno por ciento restante, solo lo lograban un uno por ciento. Las probabilidades de salir de allí son las mismas que lanzar un dado diez veces y que en las diez te salga un seis».

Los internos debían sobreponerse a los trabajos forzados, a las temperaturas extremas (durante la Segunda Guerra Mundial bajaron hasta -20 grados bajo cero en invierno), las palizas de los guardias, los castigos físicos, la crueldad, los experimentos (las mujeres eran esterilizadas en el bloque 11, pero en el proceso fallecían un alto número de ellas), el hambre (las raciones no cubrían las calorías diarias que necesita un cuerpo en reposo) y el estrago de las enfermedades. En Birkenau, donde los prisioneros pasaban gran parte del tiempo cavando zanjas y drenando el agua del terreno (las instalaciones se habían levantado sobre un pantano), la difteria era corriente y la diarrea hacía de los dormitorios de los prisioneros un espacio inmundo donde se propagaban toda clase de infecciones, por no mencionar las plagas de chinches, piojos y otro tipos de insectos. Los nazis habían desarrollado un programa industrial donde el ser humano formaba parte del engranaje. Era un producto más. Con la grasa corporal se hacía jabón y el kilo de pelo humano se vendía a 50 céntimos y con él se tejían telas y se hacía el aislante de los submarinos; los presos servían para aplicarles procedimientos médicos que lindaban con la tortura y a los muertos se les extraían los dientes de oro.

En Auschwitz, la muerte era barata: cuando la salubridad, el clima y las condiciones inhumanas no la procuraban, lo hacía el Ciclón B: 5 kilos bastaba para acabar con 1.440 individuos. Si los hornos crematorios no bastaban para hacer desaparecer los cuerpos (cabían cuatro a la vez en cada uno de ellos), en el exterior del perímetro se abrían trincheras de «treinta metros de largo, seis de ancho y tres de profundidad», se arrojaba madera, se echaba gasolina y se rellenaba con los muertos. «Cabían mil cadáveres. El fuego duraba veinticuatro horas y luego podía volver a echarse un nuevo cargamento [...]. Les aseguro que he visto con mis propios ojos cómo un hombre que trabajaba cerca de esa hoguera descendía al canal y sumergía su pan en la grasa humana derretida, que seguía fluyendo hacia abajo», comenta en su obra Eddy de Wind. Pero, ¿cómo se arrastra a los hombres a ese punto? Los nazis desarrollaron un sofisticado plan que convertía a las personas seleccionadas en algo menos que animales a través de un proceso que el autor describe muy bien en su libro.

1- Por debajo de la ley

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«Las SS entraron en el vagón y se pusieron a reclamar primero los cigarrillos y después los relojes. Luego les tocó el turno a las plumas estilográficas y a las joyas»

Los nazis eran la ley y eso quería decir que los grupos seleccionados por ellos y clasificados como «infrahumanos» estaban fuera de ella o por debajo de ella y expuestos a su arbitrio. Los grupos transportados a Auschwitz eran hacinados en vagones, se les robaba impunemente las posesiones de valor y se les privaba en multitud de casos de comida. Durante el viaje los obligaban a evacuar en un cubo o en un agujero (la falta de privacidad y el hacinamiento eran maneras de rebajarles al nivel de las bestias). Dependiendo de lo que durara el traslado, tres o más días, muchos de los deportados llegaban agotados.

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2-Selección

«Birkenau es un campo enorme. Es una parte del complejo de Auschwitz. A las personas mayores y a los niños los llevan allí al llegar y los introducen en una habitación grande diciéndoles que los van a bañar, pero en realidad los gasean. Luego queman los cadáveres».

Nada más aterrizar, los oficiales y médicos nazis hacían una selección de los prisioneros. Los hombres eran apartados de las mujeres. Y los ancianos y los más pequeños, asesinados al instante. Se calcula que en Auschwitz se mataron a un total de 200.000 menores.

3-Sin derechos

«A los judíos nunca les dejaban marcharse de Auschwitz ya que no tenían ningún proceso en marcha, no les habían impuesto ninguna condena y, por tanto, tampoco podían liberarlos».

Al principio de todo, entre 1941 y 1942, unos pocos prisioneros políticos polacos pudieron salir del campo de concentración después de cumplir con su pena ante el propio asombro de ellos mismos. Pero la mayor parte de los individuos destinados allí no volvían a salir jamás. Los judíos eran el colectivo que afrontaría la peor parte. Estaban condenados a morir.

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4-Despersonalización

«A Hans le tocó el número 150.822. Se limitó a sonreír con desprecio cuando le grabaron el número en el brazo. Ahora ya no era el Dr. Van Dam. Ahora era el “Häftling” 150.822».

Al ingresar en el campo de concentración se confiscaban todas las pertenencias de los prisioneros (se les quitaban las escasas propiedades que conservaban para después negociar con ellas: desde metales preciosos a relojes, adornos.... Era un saqueo consentido y quien pretendía quedarse con algo recibía una paliza). En los bloques 26 y 27 los obligaban a desnudarse, se les quitaba la ropa y seis peluqueros los rapaban: «Al utilizar unas cuchillas romas, era más un arrancar el pelo que afeitar y a quien no giraba el cuerpo y se retorcía, de tal modo que ellos pudieran llegar fácilmente a todas partes, los empujaban e incluso los golpeaban». A continuación se les tatuaba una cifra en el brazo. A partir de ese momento no tenían nombre. Su nombre era un número. Se los había despojado de recuerdos personales (objetos), personalidad, imagen (al cortarles el pelo) y carecían de apellidos.

5-Eres un esclavo

«Te empujaban y te desplazaban mientras te gritaban y, si no te dabas la prisa suficiente, te golpeaban hasta que habías recogido algo para ponerte. Una camisa, un pantalón de burdo lino y una chaqueta, un gorro y un par de sandalias o zapatos de madera».

Todos en Auschwitz eran esclavos. Vestían un traje de rayas azules que apenas abrigaba y trabajaban en el campo y las fábricas a temperaturas bajísimas con zapatos de madera. En Auschwitz se decía que la muerte entraba por los pies. A los que enfermaban de una gripe o una neumonía, por ejemplo, se les aplicaba una inyección de fenol directamente en el corazón. Los prisioneros se agolpaban en los barracones y varias personas dormían en una sola litera. Si alguien de de arriba tenía diarrea, los de abajo pronto lo sabía. En Birkenau, los retretes eran públicos y solo se podían usar por la mañana y la noche y por tiempo limitado. No había duchas. En Auschwitz, los reos sufrían palizas, eran encerrados en habitaciones de dos metros junto a cuatro personas más. Tenían que aguantar días de pie y sin apenas aire. La mayoría de ellos morían allí. Otros eran destinados a las manos de los médicos (con Mengele entre ellos) para que experimentaran tratamientos y teorías, y otros fueron fusilados desnudos en los patios.

6-El trabajo os hará libres

«Sobre la puerta de acceso, en hierro fundido, la consigna del campo de concentración. Sugerente, pero peligrosa: Arbeit Macht Frei (el trabajo libera)».

Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz, lo aprendió todo de Dachau. Cuando se le encargó la dirección del campo de concentración próximo a Cracovia decidió inscribir un lema en la puerta «El trabajo libera». Todavía puede leerse hoy en día. Rudolf Höss se dio cuenta de que los prisioneros que trabajaban resistían más tiempo y se le ocurrió este eslogan, hoy sinónimo de la máxima barbarie, y lo ordenó colocar en la puerta, conocida por los internos como «del infierno». Los hombres y mujeres trasladados a Auschwitz debían sobrevivir en un campo rodeado por una alambrada electrificada con 3.000 voltios de tensión. Las SS, armados con ametralladoras, vigilaban el perímetro desde torretas separadas entre sí por cien metros. Si alguien intentaba escapar o escapaba, veinte reos eran ejecutados al azar. A eso los nazis lo llamaban «culpabilidad colectiva» (¿merece la pena vivir sabiendo que a cambio eres responsable de la muerte de ese número de personas?: ese era el perverso juego del nazismo). Pero lo más desconocido es que los hombres y mujeres deportados a Auschwitz eran piezas de engranaje en las fábricas. Operarios baratos de la industria del Tercer Reich. Se les obligaba a trabajar en las industrias que habían levantado junto a los campos. Allí se hacía caucho, gasolina sintética, productos para el Ejército... Porque este campo de concentración, aparte de ser de exterminio, era también una industria próspera para Hitler. Un lugar del que extraer dinero y obtener productos. Era la industria de la muerte y, a la vez, una industrialización de la muerte.

La «piedad» de Mengele

Melcher, el hijo de Eddy de Wind, recuerda: «No estamos libres de que vuelva a suceder un Auschwitz, me temo. No se ha vuelto a repetir, de momento, a esa escala, pero puede ocurrir un holocausto en otra parte del mundo. La intolerancia hacia determinados grupos puede llevar a circunstancias extremas». Melcher evoca la figura de su padre, que era psiquiatra, y lo que decía de los guardias nazis, capaces de comportarse como animales o tener, en ocasiones, extraños gestos de humanidad, como le sucedió a él mismo con Mengele cuando le pidió que ayudara a su mujer y el médico alemán, uno de los grandes criminales nazis, lo hizo: «Algunos presos sostenían que los SS de mayor edad eran mejores en comparación con los nazis jóvenes, que habían sido educados con la propaganda del Tercer Reich y muchos provenían de entornos rurales. Pero «mi padre no estaba de acuerdo. Para él, los mayores eran peores porque sabían discernir entre el bien y el mal, habían recibido una educación normal y estaban capacitados para tomar las decisiones correctas y, sin embargo, no lo hacían. Por eso consideraba que eran, incluso, más crueles».