En el principio fue el absurdo

El montaje, el lugar donde se muestra la obra, era esencial para Breton y Duchamp
El montaje, el lugar donde se muestra la obra, era esencial para Breton y Duchamp

Antes de que tuvieran Manifiesto como movimiento habían tenido mil manifestaciones. A lo largo de la historia, el surrealismo ha tenido mil padrinos, tantos practicantes como artistas que exploran los límites de la conciencia, la fantasía, el sueño y el subconsciente que, antes de tener ese nombre, se llamaba alma. Desde el siglo XV hay multitud de ejemplos en los márgenes de la obra de grandes artistas, piezas de formato menor, de técnicas menos nobles, que se prestan a esa experimentación en temas profanos y misteriosos. De recuperar ese rastro surrealista que hay en maestros como Durero, Pinaresi, Klee, Goya, Brueghel o Van Der Heyden se ocupa la exposición «Surrealistas antes del surrealismo», que hoy inaugura la Fundación Juan March, y que fomenta un interesante diálogo con la obra de autores del pasado siglo. La comisaria de la muestra, Yasmin Doosry, describía el proceso de investigación de esa obra escondida de los maestros como «un viaje a un país desconocido». El grueso de las más de 300 piezas que forman la exposición proceden del Germanisches Nationalmuseum de Núremberg, un centro especializado en arte antiguo y que se ha puesto en relación con el arte contemporáneo de la Juan March. «El surrealismo es, sin duda, la vanguardia más retroactiva de todas. A diferencia de otros movimientos que pedían olvidar lo anterior y empezar de cero hacia una cosa nueva, los surrealistas comienzan a recuperar a poetas y artistas medievales y renacentistas, por no hablar del arte fantástico de otras culturas», explicó Manuel Fontán del Junco, director de exposiciones de la Fundación. Así, en la exposición pueden verse ejemplos de ojos representados como la «visión interior», uno de los símbolos surrealistas por antonomasia, que va desde Goya a Odilon Redon, Max Ernst o Grete Stern. El otro tema por excelencia, aunque la exposición contempla 11 apartados, es el «Sueño diurno, pensamientos nocturnos», que sintetiza ese «tercer estado» de conciencia que los surrealistas buscaban alcanzar, que no era ni vigilia ni sueño, sino un término medio, y que trata Goya en «El sueño de la razón produce monstruos» y Klinger en «Rapto» varios siglos después. Y una de las estrellas de la exposición es la conexión entre Durero y Man Ray: «Ambos tienen una sustancia común separada por tanto tiempo», afirmó Doosry. En esta persecución del «árbol genealógico» del surrealismo también hay lugar para nombres españoles menos conocidos o reivindicados, como los de Adriano del Valle, Benjamín Palencia o Maruja Mallo. Es en el catálogo donde, partiendo del rigor científico, tratan de «explicar estas relaciones», según Fontán. La Fundación, además, ha programado un ciclo de conferencias y conciertos (con obras de Satie, Debussy, Bach o Ravi Shankar) para completar el programa.