Literatura

Mankell descifra su último misterio

Henning Mankell, en una imagen de 2009
Henning Mankell, en una imagen de 2009

Ocurrió de forma anunciada: murió Henning Mankell. En «Arenas movedizas» (2014), publicado en español este verano, anunciaba su muerte a plazo fijo a causa de un cáncer de pulmón. Este libro-testamento le permitió conjurar su temor a la muerte y, mediante la literatura, sobreponerse a lo ine-xorable. El mejor resumen de una vida literaria como testimonio vital dictado por la angustia, co-mo la mayor parte de sus novelas en las que el inspector Kurt Wallander representaba la forma de darle algún sentido.

Poco antes del descubrimiento del cáncer, Mankell publicó «El hombre inquieto» (2009), la última aventura policiaca de Wallander. Tras su exitosa saga, puso punto final a sus aventuras humanizando al personaje con una vida familiar que nunca tuvo, en la que Wallander trataba de encontrar algún sentido a su existencia. Todo en este relato crepuscular rezuma melancolía. Es el recuento final de una vida como investigador lo que permite a Henning Mankell colocar a Wallander en esa frontera vital de la senectud, en la que los achaques y enfermedades anuncian el principio del fin: la enfermedad y la muerte.

Romper con el pasado

Es evidente que Mankell supo crear un personaje singular con este sencillo policía de pueblo, con el que renovó la historia de la novela de intriga europea. Un detective en clave posmoderna, depresivo y de izquierdas, modelo de sus homólogos progres como el griego Kostas Jaritos, de Petros Márkaris. Un personaje que será mucho más recordado que su autor, cuya obra general nunca ha superado la saga de Wallander. Lo intentó con «El cerebro de Kennedy» (2005), don-de ya anunciaba un cambio de rumbo radical, y «El chino» (2008) acabó confirmando que Mankell quería romper con su pasado policiaco y escribir una novela de denuncia social y compromiso político más seria, aunque sin abandonar del todo lo policiaco.

No hubo mejora. Se deslizaba por la prosa melodramática y los tópicos del buenismo progre. En estas novelas aparentemente más literarias aumentaba el número de páginas, crecía la pesadez descriptiva y se resentía la intriga policiaca. Una vez desprendido de las cortapisas del género de detectives la infatuación se fue apoderando de su prosa.

Con la traducción de «Daisy Sisters» (1982), el Mankell antes de Mankell, ya se evidenciaba que para él la vida, como esta sociedad clasista, es una porquería. Los retratos de sus protagonistas tienen la viveza que les imprime un narrador vigoroso sobre un cañamazo neorrealista con tintes melodramáticos en donde resalta lo peor de cada ser humano. En cuanto a la saga de Wallander, sus referentes fueron el matrimonio formado por los escritores comunistas Per Wahlöö y Maj Sjöwall, quienes dieron forma a la moderna novela policiaca sueca con un detective antiheroico y pasota, el comisario Martin Beck, militante hippie contracultural, con la utopía y la crítica a la socialdemocracia como emblemas. Aspectos que lo alejan del caracter de Kurt Wallander que creó Mankell y que está marcado por su carácter depresivo, cierto tono crepuscular en sus aventuras, una ética puritana severa y la ideología socialdemócrata con la que se identifica el lector progre.

En cuanto a la intriga, siempre hay un misterio intrincado y un pasado oscuro que Wallander ha de ir descifrando, no sólo con sus dotes deductivas, sino con la paciencia del obsesivo que nada deja al albur. Aquí habría que encadenar el tercer rasgo wallanderiano: una obsesión rayana en la paranoia.

Con la crepuscular «Huesos en el jardín», y su esclarecedor epílogo sobre el éxito de Wallander, se cierra el círculo iniciado con «Asesinos sin rostro», «Los perros de Riga» y «La quinta mujer», sin duda sus mejores creaciones. En todas ellas, Mankell aúna, con pericia y sin tanta prolijidad innecesaria como en sus últimas novelas, lo mejor del thriller psicológico y la novela de intriga anglosajona. A lo que habría que añadir la crítica un tanto superficial a la clase alta sueca, la compasión por las víctimas y la desmesura del mal en los países democráticos.

Raymond Chandler describe, en primera persona, a Marlowe como un detective escéptico, irónico y con una mordaz ironía teñida de romántica melancolía. Por el contrario, en los thrillers del comisario Wallander, Mankell mantiene una estudiada distancia entre narrador y detective, y le confiere a éste el aire de un misántropo triste y amargado, apresado entre la ética del trabajo y la queja. Su itinerario personal corre paralelo al derrumbe del Estado de Bienestar («folkhem») sueco, la irrupción del capitalismo salvaje y una violencia insospechada en un país de apariencia tan sosegada. Se palpan, pues, en este personaje el desencanto generacional y la nostalgia de una época pasada del Estado omniprotector socialista. Kurt Wallander se configura, a través de su conflicto personal, por su metodología obsesiva, idéntica a la de sus contrincantes criminales.

Un hombre perplejo

Con él aparece el nuevo héroe problemático, definido por continuos brotes depresivos que le llevan a estados de pérdida de identidad y desencanto vital. Mankell singulariza a este policía por una ausencia de ironía y nulo sentido del humor. Una seriedad al borde de lo patológico y por su ética personal, recta e inflexible para consigo mismo, heredada del calvinismo. Un detective puritano atrapado en el rigor de la ética protestante. Escribe Max Weber, a propósito del calvinismo, que con su inhumanidad patética, el resultado de esta doctrina es el sentimiento de una inaudita soledad interior: «Un hombre condenado a recorrer él solo su camino hacia un destino ignorado prescrito desde la eternidad. Nadie podía ayudarle».

Es, curiosamente, este desasimiento interior, sin consuelo religioso, lo que convierte a Wallander en un detective de la posmodernidad. El de un sujeto individualista, excéntrico, problemático, cuestionado por la enormidad de los acontecimientos criminales y siempre malhumorado ante la ausencia de respuestas morales y certezas. Desencantado por la creciente burocratización de la policía y la indiferencia de la sociedad ante el desmoronamiento no ya del «folkhem» sueco, sino del propio Estado nacional.

Al detective nostálgico de un mundo aún perfectible le ha sucedido un perplejo investigador, no sólo abrumado por la imposibilidad de cambiar el mundo, sino incapaz de comprenderlo. Sólo encuentra refugio en el razonamiento obsesivo, las dudas y la angustia metafísica de estar solo frente a la disolución de antiguas certezas. El efecto novelístico creado por Mankell es el de una novela policiaca canónica, un tanto prolija y, a veces, superficial, en la que el presente se solapa a un pasado mítico, cuya trama, usualmente sólida y bien armada, pone en evidencia la parte social más oscura y oculta de Suecia: la corrupción política y judicial de la clase dominante; los nuevos problemas de la inmigración ilegal; la violencia de las mafias extranjeras; la irrupción en el Edén nórdico de los asesinos en serie y la corrupción de menores.

Suelen ser sus reflexiones excesivamente patéticas y genéricas, las mismas que entran en conflicto con el paisaje rural de Escania, al sur de Suecia, y sus gentes, que ignoran la verdad oculta que el detective destapa con asombro: la inmigración, el racismo, el falso liberalismo y la violencia soterrada . Gracias a Mankell y al efecto de arrastre de Stieg Larsson, les han sucedido un alud de buenos escritores escandinavos que están copando las listas de best-sellers con excelentes novelas policiacas: Jo Nesbo, Karin Fossum, Anne Holt y Camilla Läckberg. Henning Mankell vivía entre Mozambique y Suecia. Estaba casado con una hija del director Ingmar Bergman. En Maputo dirigía un teatro y ayudaba a paliar la incidencia del sida en África, como refleja el ensayo «Moriré, pero mi memoria sobrevivirá» (2008).

Tusquets ha publicado en español la mayoría de sus novelas y la serie completa de la saga de Kurt Wallander, un héroe problemático, dotado de múltiples registros. Un investigador cuya amargura, curiosamente, podía verse reflejada, cada vez más, en el semblante adusto y desencantado del propio autor.