Giacometti: el hombre que camina en el Museo del Prado

Una veintena de obras del escultor conforman la exposición que le dedica la pinacoteca, por la que sentía admiración pero que nunca llegó a visitar. Sus figuras estilizadas dialogan con Velázquez, El Greco o Zurbarán.

Cuatro piezas de Giacometti centran la atención de la sala de «Las meninas»: sus obras se miden con el conde duque de Olivares, Felipe IV o Mariana de Austria. Foto: Cristina Bejarano
Cuatro piezas de Giacometti centran la atención de la sala de «Las meninas»: sus obras se miden con el conde duque de Olivares, Felipe IV o Mariana de Austria. Foto: Cristina Bejarano

Una veintena de obras del escultor conforman la exposición que le dedica la pinacoteca, por la que sentía admiración pero que nunca llegó a visitar. Sus figuras estilizadas dialogan con Velázquez, El Greco o Zurbarán.

A la afueras del Museo del Prado nos topamos con legiones de asiáticos. El día está nublado, aunque no lo suficiente como para que les impida arracimarse en grupo y disparar autofotos. Te miran y sonríen y siguen a lo suyo. Quizá no sepan que al lado de los cuadros de siempre, que son los de nunca, los eternos, los que forman parte de la historia de la pintura, un nuevo inquilino se ha instalado en algunas de sus salas. Un hombre que camina al que es imposible no desear seguirle el paso. Las escaleras de la puerta alta de Goya dan paso a la galería central. Recuerdo la primera vez que la vi, de cría, muy cría. Sentí que aquella visión me superaba. Ayer por la mañana, con la nube negra amenazando lluvia, y que descargó de forma mortal en la pérdida de Rafael Sánchez Ferlosio, tuve una sensación similar. Qué razón tiene el director de la pinacoteca, un exultante Miguel Falomir al que ayer tratábamos de acaparar de uno en uno y de cien en cien para que nos dijera qué pintaba tanto caminante de hierro en las salas, al decir que «siempre podremos decir que vimos esta exposición de Giacometti». Nada más real y cierto. No exagera, creo, al decir que pasará a formar –si no lo es desde hoy mismo– parte de la iconografía de este buque insignia de nuestra cultura. «Esta es la casa de las maravillas», nos dice mientras compartimos con él un paseo fugaz entre Zurbarán y El Greco.

Giacometti, el eterno caminador, se queda en el museo hasta el verano. Sus hombres y mujeres, tan larguiruchos, con esa forma de sílfides, están en perpetuo tránsito, quizá como lo estuvo él, tan amante del Prado, un museo que admiraba pero en el que nunca pudo poner el pie. Admiraba también sus obras y las pudo ver al acabar la guerra civil, de cuyo final ayer, qué paradoja, se cumplieron 80 años. Y las pudo ver lejos de España, en Ginebra, a donde se trasladaron para cobijarlas de las malditas bombas. Tuvo cerca a Velázquez, que le fascinaba, a El Greco, a Goya. A ellos copió en sus cuadernos de dibujos para “ver mejor”. Frank Maubert se interpela por el origen de se la obra en «El hombre que camina» (Acantilado). «¿Cómo y por qué nació esta escultura? ¿Por qué nos emociona tanto esta representación? ''El hombre que camina'' es nuestro espejo, pues nos representa a nosotros, con nuestra precariedad, nuestro dolor y nuestra soledad. Giacometti logra hacernos compartir la turbia sensación de lo humano. Esta imagen de fragilidad es la nuestra, es la imagen de cualquier ser y también la del artista que va y viene por su taller. Caminar es ser, es existir. ''El hombre que camina'' representa a todos los que lo contemplan. Su marcha lo proyecta hacia una meta desconocida». «Alberto Giacometti en el Museo del Prado» es el título de la exposición, que se inaugura mañana, y que se desarrolla en colaboración con la Comunidad de Madrid, la Fondation Beyeler y el grupo Mirabaud, en el marco de la celebración del Bicentenario.

Un problema de espacio

Ahora, ochenta años después, pisa por primera vez el museo que tanto quiso. Y lo hace a través de 18 de sus esculturas y dos cuadros. En la nave central, donde se yergue un hombre ensimismado, el escultor comparte espacio con Rubens y Tiziano, con sendos cuadros que retratan a Adán y Eva. Y muy cerca, «El entierro de Cristo», «El lavatorio», de Tintoretto, otra obra mayúscula. O «Venus y Cupido», de Carracci, que está al lado de un grupo de seiete figuras de mujeres, unas más altas, otras más menudas. «Las hago pequeñas porque así el espacio es más grande», le respondía el maestro Giacometti al maestro Chillida cuando éste le preguntaba el porqué del tamaño de algunas de ellas. En la sala 12 o de «Las meninas» se levantan cuatro obras al calor de la paleta velazqueña. «Felipe IV hizo que Velázquez pintase su retrato. El mayor servicio que ese rey prestó a la humanidad fue posar para él», dijo en una entrevista publicada en los años sesenta del pasado siglo. Y ahí están sus tres de sus figuras y una cabeza que mira de frente al conjunto real. Frente por frente, como dice Carmen Giménez, comisaria de la muestra, jugando a ser ese espejo inmortal del pintor sevillano. Margarita de Austria, el infante don Carlos, el Conde Duque de Olivares, si cabe más henchido y majestuoso aún, Felipe IV, la imponente Mariana de Austria, Baltasar Carlos, Martínez Montañés, Felipe III..., todos reconformando una de las salas más emblemáticas del Prado y de la historia del arte.

«Yo estuve allí»

«Giacometti se habría sentido feliz de ver sus obras aquí», esboza con una sonrisa Falomir. Dice que no confinar las obras a un espacio concreto es un acierto, «pues se han colocado en lugares bastante emblemáticod. Lo que hemos hecho ha sido un guiño a la historia a través de uno de los artistas más grandes del siglo XX. Esta exposición depara imágenes de una potencia extraordinaria que van a pasar a formar parte de la iconografía del Museo del Prado», y añade que tanto Zurbarán, como Velázquez, El Greco o Tiziano, Veronés o Tintoretto son autores con los que la obra de Giacometti se siente cómoda. “Cuando con el tiempo recuerdes esta exposición podrás decir: ''yo estuve allí''», afirma con satisfacción el director. Será uno de los hitos de las conmemoraciones por el bicentenario, un paréntesis de lujo hasta que llegue a finales de mes Fray Angélico con toda su pompa. Pero eso ya será otro pintar.

El primero de los hombres andantes del artista está fechado en 1947, justo después de la Segunda Guerra Mundial. Maubert señala que «nada más ver la escultura pensamos que se trata de un esquelético mártir de los campos de concentración. Es imposible no pensar en un superviviente de los campos nazis, como si se trata de un hombre al que se ha privado de alimento. Para nosotros, los observadores, es una evidencia. No obstante, Giacometti siempre negó y refutó esta interpretación (...)», y añade que en Ginebra, en el hotel donde se alojaba, cerca de la vivienda de su madre, le dio por confeccionar una serie de piececillas de minúsculo tamaño, tan pequeñas que cabían en el interior de una caja de cerillas: «Me parecía que solo lo minúsculo reflejaba la realidad», dice. Es la idea antes citada de no copar espacio, de dejar respirar.

«Él siempre fue un artista interesado por el arte contemporáneo. Y este museo fue de arte contemporáneo durante un tiempo, un centro que ha ejercido una extraordinaria influencia en otros artistas contemporáneos también», dice el director del Museo del Prado que ha querido dejar todo el aire del mundo, a instancias de Carmen Giménez, entre las obras, al colocarlas en las salas. Que respiren, que puedan marcar el paso, que nada ni nadie les impidan caminar en unas salas cargadas de historia. ¿Cuál es el resultado? Falomir lo resume así: «Es una exposición extraordinariamente sugerente y bella. Algunas de las imágenes que asociaremos en el futuro con el Bicentenario van a estar unidas ya para siempre a la figura de Giacometti».

Hay más diálogo: frente a «Carlos V en la batalla de Mühlberg», pintado por Tiziano se yergue «El carro», una mujer, encaramada sobre dos ruedas enormes en equilibrio y dos pinturas de tamaño medio, entre las que está «Cabeza de hombre I» (Diego), obra en la que capta en 1964 a su hermano, quien posó para él a lo largo de toda su vida.

Ese hombre que camina, escribe Maubert, «está de pie, erguido, mirando hacia adelante, hacia el futuro, aunque sea incierto. ''El hombre que camina'' eres tú, soy yo, tal vez, pero en movimiento, con una cabeza que piensa. Por eso nos interpela y nos emociona ese hombre. Por eso la escultura de Giacometti nos representa a todos, lejos de los antiguos, lejos de las estatuas de los parques y las plazas públicas del academicismo decimonónico francés».

El hombre que observa

Con motivo del Bicentenario el Museo del Prado ha armado un programa sólido en el que tienen cabida todas las artes. El cine, también, en formato documental. La película tendrá una presentación mundial en Roma el próximo día 9 y cuenta con un narrador especial, el actor Jeremy Irons. Frente al hombre que camina, el intérprete podía ser el hombre que observa, que mira embelesado las obras y se detiene ante los grandes maestros, como es el caso de «La adoración de los Reyes Magos», de Rubens, obra que escudriña y admira largamente. Para no perdérselo.

Anette y Caroline, las mujeres estilizadas de hierro

Un grupo de siete mujeres que caminan, avanzan, están quietas. Ellas, no tantas, no todas, fueron inspiración para Giacometti. Anette, su esposa, es una de las féminas que le sirvió de modelo y a cuya imagen y semejanza trabajó. Se conocieron en los años cuarenta del pasado siglo y en 1949 contrajeron matrimonio. Aunque no fue la única a la que modeló e hizo eternamente alargada. Hubo otra bastante más joven, su amante veinteañera, una chiquilla casi, con la que compartió taller y alcoba a ya la que también dejó hecha en hierro. Caroline fue «La última modelo», así se titula el libro que le dedicó Frank Maubert. Cayó rendida ante el influjo de su mirada, ante ese mirar que le embelesaba. Y lo pintó, lo hizo eterno, como sus extremidades. Ella es joven, vive una vida loca en Montparnasse, disfruta con su cuerpo y deja que otros hombres disfruten de él. Fue una atracción irresistible. Es sabido que el escultor jamás pudo resistirse al cuerpo de una prostituta bella. Fueron dos polos que se atrajeron, quisieron acompañaron, admiraron, pelearon y amaron. Sus vidas se ataron de por vida, aunque el tiempo y otras cosas se encargaran de separarlas.