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Joan Baez, fin de la protesta

La cantante, de gira por varias ciudades de España, se despide de los escenarios.

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Joan Baez echa el telón. A sus 78 años ha decidido bajarse antes de que la bajen, si es que pudiera hacerse. Quiere dedicarse a esa hermosa, digna y venerable actividad que es envejecer después de seis décadas consagradas al noble arte de la canción y al orgullo de la protesta. De gira por España (mañana canta en San Sebastián) el domingo se despidió de Madrid en el Teatro Real. Joan Baez fue cantante antes de que supiera hablar. O eso dicen. Su padre Albert, mexicano de nacimiento, disfrutaría de ver cómo un 9 de enero de 1941 se hacían realidad sus deseos con el nacimiento de una hija que llamó Joan. Ella también sería educada en la llamada Sociedad Religiosa de los Amigos, más conocida como los cuáqueros, una comunidad que aboga por la recia defensa de los valores, la verdad, el amor y el pacifismo. Y Joan Baez crecería en el momento justo para aplicar sus ideales a la vida y la música.

A los 13 años su tío la llevaría a un concierto de Pete Seeger y aquello cambiaría su vida. Vio a un gigante, a un tipo que con una ajada guitarra acústica de 12 cuerdas, un banjo y su voz llenaba el aire de verdad. Pero en aquellos momentos Seeger era una garganta en el desierto, aunque necesaria. Porque en esa década de los 50 sería cuando comenzaría a expandirse el movimiento folk que tanta influencia –no solo musical, sino también social– tendría en la década venidera.

Pero estábamos hablando de Joan Baez. En 1958, abandonaría Nueva York para irse a Boston, cuando su padre aceptó un trabajo en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Y fue entre Boston y Cambridge cuando comenzaría a cantar en clubes y ganar dinero con la música. Bastaban cuatro cosas: su coraje, su tremenda voz de soprano, su guitarra acústica y su tremenda facilidad para elegir canciones, para distinguir lo bueno de lo mejor, para cerrar un repertorio lleno de intención.

«Folksingers Round Harvard Square» sería el título del disco amateur que grabaría por entonces. Y entonces ocurrió que Baez conoció a Bob Gibson y Odetta, relevantes artistas de folk y góspel. Gibson la invitaría a cantar en el Festival de Newport de 1959 y su aparición le valdría un contrato con Vanguard Records. «Joan Baez», de 1960, sería su primer álbum para Vanguard y el comienzo de una historia fascinante. «Silver Dagger», «East Virginia», «John Riley», «Little Moses» eran algunas de las piezas de un disco que se cerraba con «El preso número nueve». Lo grabó en cuatro días en Manhattan y se encumbró dentro del género.

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Un nuevo mundo

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Baez estaba en el sitio justo en el momento justo. La revolución anidaba ya en las calles y el folk sería el medio musical más concreto para expresar los nuevos anhelos de una generación que pedía a gritos un nuevo mundo, otro mundo. Era Nueva York, el Greenwich Village de comienzos de los 60. Todo ocurría en torno a Bleecker Street y sus alrededores, clubes que se llenaban de humo y diferentes espectáculos. Con el paso de los meses esos tugurios recibirían a muchachos como Roger McGuinn, Paul Simon, Stephen Stills, John Sebastian... o Bob Dylan.

La historia cuenta que un muchacho menudo, de pelo encrespado y peculiar voz nasal aterrizaría en Nueva York un 24 de enero de 1962 para cambiar el curso de la historia de la cultura contemporánea. Atrás había dejado su Minnesota natal para embarcarse en una aventura marcada por dos anhelos: conocer a su héroe Woody Guthrie y convertirse en estrella de la canción.

Baez sería una de las primeras personas en advertir su talento. Y se enamoraría fatalmente de él. «Joan Baez in concert, Part 2», de 1963, ya incluía primerizas canciones de Dylan como «Don’t think twice» o «With God on our side». En ese mismo año, Dylan se situaría en el epicentro de la música folk con el disco «The freewheelin», que se vería reforzado por su siguiente disco, «The times they’re a-changin», otra obra maestra del género. «El rey y la reina», se les llamaba.

Pero con el tiempo se haría evidente que Dylan utilizaba a Baez para sus propios intereses. Donde ella veía amor, él solo contemplaba afecto y el mejor canal para promocionar su música. Llegaría 1965 y un nuevo tiempo. Dylan entonces ya no quería ser la voz de una generación, sino una estrella del rock. Viajó a Inglaterra para una gira y se llevó a Baez. Dylan solo la sacaba para los bises, y gracias. Mientras, Baez tenía que soportar sus caprichos y ser parte casi pasiva de la película «Don’t look back». La cosa iría más allá: Baez se enteraría de que su relación con Dylan estaba rota cuando supo que éste se había casado con una mujer que no era ella. Era noviembre de 1965.

Con el corazón roto y las heridas eternas que suele deja cualquier humillación, Baez se recluyó en la música y la poesía. Y no volvería a grabar ni cantar canciones de Dylan hasta 1968, cuando editaría el álbum «Any Day Now», uno de sus mejores, compuesto por temas exclusivamente de su antiguo amante. El destino, siempre tan burlón, proporcionaría a Baez un gran éxito comercial con las canciones de su fuente de rencor.

En 1968, publicaría «Daybreak», su primer libro de memorias y más que respetuoso y discreto en relación con Dylan. Y un año después aparecería en el Festival de Woodstock para llevar su imagen más allá de la mitología folk. El tiempo no erosionaría un ápice las ansias reivindicativas de Baez, que se convertiría en azote de gobiernos en su cruzada contra Vietnam y los derechos humanos. No solo en América. Y volvería a reunirse (artísticamente) con Dylan en 1975 y 1976 para formar parte de ese maravilloso delirio que sería la gira de la Rolling Thunder Revuè. Pero su herida no cicatrizaría. La preciosa «Diamonds & Rust» hablaría mejor que cualquiera de su relación con Bob Dylan.

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