Cultura

Josephine Peary, la mujer que vivió con cinco hombres en el Ártico

Fue la primera mujer blanca en hibernar en la larga noche polar. Se casó con el explorador Robert Peary y dio a luz en Groenlandia durante su segunda expedición.

Fue la primera mujer blanca en hibernar en la larga noche polar. Se casó con el explorador Robert Peary y dio a luz en Groenlandia durante su segunda expedición.

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En 1878, el eminente geógrafo alemán Petermann declaraba a un diario de Nueva York: «Descubiertas las fuentes de los ríos Nilo y Congo, la conquista del polo habrá de ser la siguiente gran gesta del ser humano». Petermann instaba a los norteamericanos a lanzarse a la gesta polar y les aseguraba que la empresa no era tan arriesgada, pues una vez atravesado el escudo de hielo, el Ártico era un mar apacible que un barco podía cruzar sin problema. Un año después, en 1879, el capitán de navío George de Long partía en el «Jeannette» desde del puerto de San Francisco, despedido por una fervorosa multitud que vitoreaba a los hombres que pisarían por primera vez el Polo Norte. Pero a pesar del entusiasmo, el apoyo mediático y el respaldo financiero, el barco quedó atrapado durante más de dos años por los hielos árticos que acabaron por engullirlo para siempre en el verano de 1881.

El Polo Norte continuaba siendo un lugar envuelto en el misterio del que apenas se sabía nada y los norteamericanos seguían dispuestos a entusiasmarse por las grandes gestas nacionales que hicieran olvidar la no muy lejana Guerra de Secesión. Así fue como diez años después, el 6 de junio de 1891, otra multitud abarrotó los muelles del puerto de Brooklyn para ver partir un barco que iba a llevar a cabo una expedición polar. Esta vez el barco no tenía nombre de mujer, era el «Kite», sin embargo, ante la sorpresa de la muchedumbre, se podía ver a una mujer en la cubierta, se trataba de Josephine, la esposa de Robert Peary, el jefe de la expedición, y se iba a convertir en la primera que formaba parte de una expedición al Ártico.

Una pared de hielo

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Josephine Diebitsch Peary era literalmente un dechado de virtudes: culta, inteligente, enérgica, trabajadora, ingeniosa, hermosa y elegante. Se casó a los 19 años con Robert Peary, cuando éste era un joven oficial de la Armada, y tras librarse de una pesada suegra que les acompañó en el viaje de novios y se fue a vivir con ellos, se entregó de lleno a la gran causa de Peary: el Ártico. Tras leer este diario que Josephine escribió durante el viaje queda claro que sin ella su marido no hubiera pisado el polo. Para empezar porque Peary se rompió una pierna durante el viaje y tuvo que pasar varios meses tendido sobre un camastro. Los científicos que viajaban a bordo y la tripulación querían volver, pero Josephine se convirtió por decisión propia en supuesto portavoz de su marido y ordenó al capitán continuar cuando éste quiso dar la vuelta al toparse con una enorme placa de hielo vertical. Josephine soportó el frío, la humedad, las incomodidades y veló a su marido al mismo tiempo que se ocupaba de todo lo que ocurría a bordo, desde la alimentación hasta las incidencias de la navegación.

Tras contemplar un glaciar de tamaño descomunal, con un frente de 27 kilómetros y «el aspecto de una pared de mármol blanco» y vivir por primera vez el sol de medianoche, pisaron por fin la costa helada de Groenlandia y construyeron un pequeño edificio, una sala rectangular, que cobijaría durante un año al matrimonio y a otros cuatro hombres de la expedición.

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Josephine, considerada por muchos de sus compatriotas una «desvergonzada» por vivir en una cabaña con cinco hombres, soportó el frío, la humedad y las incomodidades, velando a su marido cada noche y ocupándose de la comida y la limpieza durante el día. Pero al fin pudo dar su primer paseo ártico y desde la segunda página de su diario su mirada y su magnífica prosa se recrea en los acantilados de basalto y en la naturaleza describiendo sorprendida «un musgo tan blando y hermoso que mostraba todas las sombras del verde y del rojo», pero antes explica cuál es su atuendo, algo que hace en otras ocasiones, y es que, efectivamente en esa época no era fácil para una mujer realizar determinadas actividades aprisionada en su vestuario, algo que Josephine fue solventando con rapidez, sobre todo desde que conoció a las mujeres Inuit.

Cuando se acercó a los esquimales la espantó su mugre, su olor casi insoportable y su suciedad llena de parásitos: piojos, pulgas, chinches y todo tipo de insectos. Pero a pesar de la repugnancia que sentía por su hedor, su suciedad y sus costumbres mantuvo una intensa convivencia con las mujeres esquimales y su mirada se centra especialmente en ellas al contar la dureza de sus condiciones de vida, su utilización como objetos de intercambio por parte de sus maridos o la crueldad de algunas de sus costumbres. Fue testigo de un caso de locura o «histeria ártica» que los esquimales llamaban «pibloktoq» y sus observaciones han sido de gran valor para antropólogos y científicos en general. Su diario de aquel año al que dio forma entre los hielos y los Inuit es un relato entretenido y apasionante que ofrece datos curiosos, momentos dramáticos y, sobre todo, descripciones de gran belleza sobre una tierra que la autora amó y a la que viajó por segunda vez.

«Diario ártico. Un año entre los hielos y los inuit»

Josephine Diebitsch Peary

La Línea del Horizonte

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188 páginas / 21 euros