Pensar con los clásicos. Poetas latinos modernizados (V)

Juvenal: Netflix et Circenses

El satírico autor romano resulta muy oportuno para analizar de forma crítica el ocio embrutecedor que nos inoculan las grandes corporaciones

El teólogo francés Juan Calvino, uno de los fundadores de la Reforma protestante
El teólogo francés Juan Calvino, uno de los fundadores de la Reforma protestanteLa Razón

“Panem et circenses” (pan y circo). Así resume el viejo Juvenal, en sus "Sátiras", la postración espiritual del pueblo romano de época imperial, una masa aborregada a la que el poder tenía totalmente sumisa e inerme merced a las dádivas y a los juegos: entre el reparto de la porción de trigo que le toca a cada cual y los espectáculos de gladiadores y carreras, se olvidaba cualquier inquietud intelectual o política, todo intento de resistir a un poder total. Parece una constante histórica, cuando el potentado de turno quiere anular al pueblo y hacerse con sus favores, el recurso a este sometimiento mediante la promoción de un ocio torpe y embrutecedor.

De hecho, esa expresión del poeta romano Juvenal pronto se popularizó para designar una suerte de despotismo (no precisamente ilustrado) con el que el gobernante de turno se complace entretener a la gente a través de diversas estrategias que se centran principalmente su vulgarización y degradación por el entretenimiento: y no es precisamente el concepto de ocio elevado –”otium cum dignitate”, el “otium” frente al “negotium”– de clásicos como Cicerón o Séneca a través de la cultura, las artes y la responsabilidad cívica (los griegos hablaban del ocio con la palabra “scholé”, que dará luego en castellano “escuela”, frente al trabajo o “no-ocio”, la “ascholía”). No, el poder controlador prefiere someternos a un ocio siempre anulador del pensamiento y la sensibilidad, como el representado por el circo y el hipódromo en la antigüedad romana, además del subsidio alimenticio a la plebe. Pan y circo.

Preferencias dirigidas

Luego, la España ilustrada, que quería hacer despertar al pueblo frente al antiguo régimen y que progresara, actualizó la expresión con el lema “pan y toros”, atribuido a Jovellanos (pero seguramente de León de Arroyal), que, ciertamente, tenía la misma intención (hubo una zarzuela de Barbieri con ese nombre). En lo moderno, se volvió a adaptar, bajo el franquismo, como “pan y fútbol”: espectáculos, bienestar económico básico, cero preguntas… ¿Y hoy día? Ahora el control social se ejerce explotando la individualidad y el aislamiento, nos quieren a cada uno en nuestras pantallas, en casa o en el metro, entre ficciones aislantes que se ven con oprimentes auriculares: ya ni siquiera es un espectáculo compartido, en torno a una sola lumbre catódica. Hoy Juvenal habría hablado de “Netflix et circenses”, o sea, Netflix y circo (¿el pan sería una renta básica soñada?), con lo que un poder difuso nos da alimento de fácil consumo y calidad mediocre.

En ese espectáculo puede que haya algo de factura técnica, pero nula en lo artístico, y se elabora quienes no quieren complicarse ni pensar cosas diferentes a las que las grandes corporaciones y sus servidores –nuestros poderes públicos– quieren que pensemos. Perdemos el áureo tiempo viendo series –pasatiempo actual favorito– salvo que estas sean obras maestras: que las hay, pero pocas. Los argumentos quintaesenciales de la narrativa patrimonial se encuentran a menudo reflejados en esas producciones de calidad, como han estudiado en sendos libros los expertos en narrativa audiovisual Jordi Balló y Xavier Pérez: sobre el cine, “La semilla inmortal” indaga en varios motivos eternos, como el héroe que busca su regreso, la venganza o el amor destructor; sobre las series, “Yo ya he estado aquí”, habla de la mejor serialidad, desde la “sitcom” a las series épicas, desde "Los Soprano" a "The Wire".

Sin embargo, la mayoría de series que vemos en las plataformas son productos de consumo de ínfima calidad, hechos sobre moldes viejos y reutilizados, guiones simplistas que ahora además apestan a la IA, que estira el argumento para que los consumamos sin parar: estrategias burdas, personajes y tramas hueros, adictiva sucesión automática de episodios, supresión de títulos de crédito y demás trucos nos privan del disfrute de otro ocio más productivo o creativo, además de apartarnos de la vida social, familiar o de pareja: ¿no sería mejor leer, ir al cine, teatro y ópera, al parque, al polideportivo, jugar con los hijos? Las inacabables series privan de mucha vida, desde la social a la interior. Los algoritmos que lo dominan todo indagan en nuestros gustos y nos proponen nuevas series que abundan en nuestros sesgos y opiniones y que desarrollan los aspectos más superficiales (o a veces nocivos) de nuestra personalidad, sin desarrollarla o desafiarla: una tras otra las vemos, una tras otras las olvidamos, tras entumecer nuestras almas. Consumimos tantas que se convierten en un placebo de vida, de arte: atrofian tantas cosas que deberían emocionarnos…

Netflix y circo: píldoras fáciles que nos da la todopoderosa corporación de corporaciones que nos gobierna y nos hace olvidar, después de un día agotador, lo que era dormir tranquilamente o leer antes de conciliar el sueño, hacer el amor con la pareja, contar un cuento a los hijos y tantas otras cosas. La plataforma es red de redes que nos atrapa, puro canto de sirena… Hay excepciones, claro: verán buen cine de autor en varias (Filmin y otras): ¡cuánto mejor repasar la filmografía de los grandes, aunque sea a fragmentos, si nos vence el sueño, antes que vendernos a cualquier subproducto serial! La creatividad auténtica, por cierto, no sabe de señuelos, estereotipos, cuotas étnicas o sexuales, la narrativa y el arte en serio no responde a ningún corsé o dirigismo, ni comercial ni ideológico: a esos subproductos se les ve demasiado ve el cartón. Mejor no perdernos en sus inmensos catálogos, que ni en varias vidas podríamos agotar: como si fuéramos inversores, mejor que en valores volátiles y pasajeros, conviene poner nuestro capital temporal en lo que es estable y perenne, en los temas universales, más allá de toda especulación o manipulación que el poder nos quiera vender: inviertan en clásicos –literatura, cine, arte…– que “nunca terminan de decir lo que tienen que decir” (Calvino)

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