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La ardiente vida íntima de Gropius, fundador de la Bauhaus

Fiona MacCarthy publica un imprescindible ensayo sobre el artífice de la Bauhaus, de cuyo nacimiento se cumplen cien años, con gran cantidad de información sobre la vida íntima de quien nunca dejó de ser un oficial de húsares.

Walter Gropius junto a un póster del edificio de Pan Am en el que colaboró
Walter Gropius junto a un póster del edificio de Pan Am en el que colaboró

Fiona MacCarthy publica un imprescindible ensayo sobre el artífice de la Bauhaus, de cuyo nacimiento se cumplen cien años, con gran cantidad de información sobre la vida íntima de quien nunca dejó de ser un oficial de húsares.

Una forma de vivir, de pensar, de comunicar. Una escuela ambiciosa en sus planteamientos, libre y en la que cupieran todas las artes y en la que los profesores tuvieran la categoría de maestros. El 1 de abril de 1919, Walter Gropius abría las puertas a una nueva manera de enseñar y aprender. La escuela de la Bauhaus en Weimar, Alemania, acababa de nacer. Fueron 14 años de vida que han dado frutos que se han prolongado a lo largo de más de un siglo. Sin embargo, su artífice fue bastante más que la escuela que dio a luz. Antes que su creador fue hombre, esposo, padre. Y esa es la vertiente en la que este volumen, editado tomando como excusa los cien años de la escuela (también se cumplen cincuenta de la muerte de nuestro protagonista el 4 de julio), trata de incidir. Porque, ¿qué se sabe de la existencia de puertas para dentro del biografiado?

El trabajo de Fiona MacCarthy es apasionante y se lee como si fuera una novela, la vida ficcionada de un personaje de primer orden que arranca con un encuentro fortuito de la autora con una emblemática silla salida de la cabeza de Marcel Breuer, otro nombre clave de la Bauhaus, y que devino con el tiempo («...la idea de una biografía sobre Gropius se me quedó archivada en la mente durante varias décadas», escribe la autora) en un completo libro que trata de superar la simple asociación del arquitecto con la escuela que creó.

Un vaquero a los 85

El volumen arranca con el nacimiento de Walter el 18 de mayo de 1883 en Berlín, un niño fascinado no por un solo color, sino por el «multicolor», con aptitudes teatrales y que nació en el seno de una familia acomodada en la que su padre daba por hecho que el chico seguiría la tradición familiar y se haría arquitecto. Estudió en Múnich historia, diseño y construcción de edificios. Adoraba montar a caballo (como lo prueba el hecho de que un año antes de fallecer, con 85, subiera a lomos de un equino: «Una fotografía tomada en 1968 muestra a un viejo arquitecto canoso a caballo, vestido con una camisa de tartán y colores vivos», escribe la autora) y se alistó en el 15º Regimiento de húsares.

MacCarthy repasa especialmente los años de la Primera Guerra Mundial, el papel que tuvo, los horrores que vio y que le marcarían de por vida. Aunque no fue el desangrante conflicto bélico lo único que le dejó una huella imborrable. Alma Mahler, esposa primero y viuda después, del compositor del mismo apellido, también lo hizo. La relación se cuenta con todo detalle, sus encuentros, sus citas furtivas, las cartas ardientes, subidas de tono de ella, tan sexualmente explícitas, inconstante y caprichosa, capaz de arrastrarlo por el lodo, de amarlo y odiarlo a partes iguales, de alternarlo con otros amantes, como Kokoschka o el poeta y dramaturgo austriaco-bohemioFranz Werfel, de aborrecer a la madre de Gropius. Muy gráfico es el momento en que cuenta cómo el conoce a su hija casi recién nacida, Manon, y su esposa, al verle llegar del campo de batalla lleno de mugre, le prohíbe acercarse a la niña, una hija adorada que morirá tempranamente a los 19 años, como otra Manon que también falleció, su hermana, y una tercera que también lo hará antes que él, su querida madre.

La caprichosa Alma

Alma saldrá y entrará de su vida a capricho. Y Lily Hildebrandt llegará a la vida del arquitecto para descomprimirla y acentuar su «glorioso sentido de la irresponsabilidad». Hasta que Ise aparezca y le acompañe siempre. Casi hasta en la muerte. La Bauhaus será esa escuela en la que «yo mismo indique la dirección», como manifestaba, dirigida con un espíritu contemporáneo, el mismo por el que fueron tildados él y sus ilustres profesores de degenerados por el nacionalsocialismo, el mismo por la que tuvieron que abandonarla y ver cómo sus libros eran quemados, sus dependencias arrasadas, vaciadas, destruidas, condenadas al más injusto de los castigos. Sin embargo, sus fiestas de fin de semana, los jolgorios mensuales y las que se celebraban en el río Saale, donde hombres y mujeres disfrutaban «sin trabaje de baño de ningún tipo y en lugares accesibles a todo el mundo. (...) de esa infracción de la decencia había provocado el enfado público y representaba un peligro a la moral, en especial a la de los jóvenes».

«Todo el mundo quiere pensar en él como uno de los grandes arquitectos del mundo. No lo fue. Pero sí uno de los grandes filósofos del mundo», dice de Gropius una colega suya, Sally Harkness. Un pensador por encima de todo. Además de los caballos (la autora remarca que jamás dejó de pertenecer al cuerpo de húsares) le gustaba dar de comer a los pájaros y echar partidas de tenis de mesa en el porche. Y los dibujos que le pintaban sus nietas, expuestos junto a las obras de Moholy-Nagy, uno de sus más directos colaboradores, uno de los grandes del arte del siglo XX. Se sabía, además, bien parecido, «encantador», como apunta MacCarthy.

Tiendas de diseño a escala planetaria bebieron de sus fuentes. La Bauhaus no ha muerto. Y Walter Gropius, por muchos años que pasen, tampoco.