La bandera «para todos» que se impuso por decreto

El 14 de abril se celebra, como cada año, el aniversario de la proclamación de la II República. Algunos ayuntamientos permitirán ondear la bandera tricolor en su homenaje. Su historia, que empezó cuando Alfonso XIII permitió la dictadura de Primo de Rivera, está rodeada de polémica.

Entre la realidad y la leyenda. La bandera republicana fue el resultado de diferentes vicisitudes históricas y algún malentendido
Entre la realidad y la leyenda. La bandera republicana fue el resultado de diferentes vicisitudes históricas y algún malentendido

El 14 de abril se celebra, como cada año, el aniversario de la proclamación de la II República. Algunos ayuntamientos permitirán ondear la bandera tricolor en su homenaje. Su historia, que empezó cuando Alfonso XIII permitió la dictadura de Primo de Rivera, está rodeada de polémica.

La bandera tricolor fue impuesta por decreto el 27 de abril de 1931 por un Gobierno autoproclamado y provisional, sin votación parlamentaria, ni informe técnico o referéndum. A partir de ahí se buscaron anclajes históricos para justificarla sobre la base errónea de que la rojigualda era la de la monarquía, y la tricolor la de la nación. Las primeras referencias se remontaban a la sociedad secreta de «Los Comuneros», que en 1821 creó una enseña morada con una torre blanca, y a la que bordó Mariana Pineda en 1831 como símbolo de lucha contra la tiranía. El relato republicano indicaba que fue durante el Sexenio revolucionario, entre 1868 y 1874, cuando nació la tricolor, pero no es así. La prensa de dicha época hablaba de la presencia de varios tipos de banderas en los actos y clubes republicanos: la roja –vinculada a la revolución desde la Comuna de París de 1871–, la francesa –designada muchas veces como «tricolor» y cuyo himno se tocaba junto al de Riego –, y una morada.

Sin documentación

Ángel Fernández de los Ríos, concejal del ayuntamiento de Madrid, propuso en febrero de 1869 la inclusión de una franja morada junto a la roja y la amarilla en la faja de los miembros del Consistorio, en recuerdo del «antiguo pendón de Castilla». Empero, el morado no fue el color de los Comuneros, sino el rojo carmesí. El liberalismo había construido el mito de la Comunidades de Castilla como luchadoras contra el absolutismo y, por tanto, eran sus antecesoras. Parece ser que Fernández de los Ríos elaboró un «Memorial» para las Cortes, pero no hay prueba documental de que así lo hiciera. De todas formas, los gobiernos durante el Sexenio no abordaron los colores de la bandera, aunque sí los componentes del escudo.

No hay tampoco documentación gráfica sobre la tricolor republicana en ese periodo. Las ilustraciones y cuadros de la época muestran banderas bicolores incluso en las manifestaciones federales de Barcelona. Menos aún durante la República de 1873. Estanislao Figueras, su primer y efímero presidente, fue representado con la bicolor por «La Flaca», publicación federal barcelonesa; pero cuatro meses después aparecía con una bandera roja-blanca-morada rodeada de rojigualdas. Era un improvisado símbolo de la federación como unión de las Españas, pero no de la República.

La evidencia es que los actos republicanos desde 1868 eran engalanados con dos tipos de banderas, la nacional y la morada, pero aún no combinada en un mismo trapo. Así lo recordaba el anarquista Eliseo Reclus, quien recorrió España aquel año. El uso de la bandera roja por parte de los federales fue común hasta 1874. La enarbolaron los republicanos insurrectos de El Ferrol en 1872, así como en otros lugares para acompañar las reuniones federales. Fernández de los Ríos escribió que en la madrileña Plaza de la República (luego de la «República federal») se colocó en 1873 una bandera roja. Los cantonales también usaron ese emblema; de hecho, los de Cartagena izaron el pendón turco a falta de una enseña de color rojo.

El republicanismo durante la Restauración no cambió la rojigualda, solamente el escudo nacional, trocando la corona real por la corona mural –símbolo de la autoridad colectiva–, y sin el escudete de los Borbones, como en 1868. Todavía Nicolás Salmerón, último patriarca del republicanismo histórico, fue enterrado en 1908 con la bandera bicolor. Apareció a finales del XIX la tricolor, pero no hay registro de ello. El propósito era vincular la rojigualda con una monarquía decadente, y la republicana con una nación de progreso. Alejandro Lerroux, líder del Partido Republicano Radical, fue quien la popularizó, aunque sus seguidores iban también con la rojigualda en sus enfrentamientos con los nacionalistas. Su libro «De la lucha» (1908) se publicó con una cubierta tricolor.

La republicana se convirtió en la enseña antisistema cuando Alfonso XIII permitió la dictadura de Primo de Rivera. En el Pacto de San Sebastián, el 17 de agosto de 1930, que reunió a republicanos, socialistas y nacionalistas, se asumió definitivamente dicho emblema como símbolo del cambio. En la Plaza de las Ventas, en Madrid, se juntaron en septiembre de 1930 unos veinte mil republicanos, y se decoró con colgaduras y enseñas moradas, amarillas y rojas. La convocatoria electoral llevó a que se hiciera visible la bandera tricolor en los actos públicos republicanos. Los carteles de la conjunción antimonárquica se ilustraron con los tres colores, y se vendían lacitos tricolores. Las autoridades los persiguieron, pero no fue posible pararlo.

Miguel Maura, luego ministro de la Gobernación de la República, escribió que los dirigentes de la conjunción pensaron inicialmente no cambiar la bandera «para evitar innumerables complicaciones». No obstante, según se conocieron los resultados de las municipales, en Vigo y Eibar se izó la tricolor en el balcón municipal, y luego en Barcelona y otros muchos lugares. Hacia las cuatro y media del 14 de abril se alzaba en el Palacio de Comunicaciones en Madrid. Finalmente, el decreto del 27 de abril de 1931 cambiaba la bandera aludiendo a aquel «alzamiento nacional», y a la necesidad de añadir el color de Castilla para «la armonía de una gran España». La tricolor se convirtió en la bandera oficial por decreto de un Gobierno autonombrado y provisional, no como resultado de una consulta popular o de un debate en las Cortes.

Unamuno y Azaña

Los monárquicos protestaron. El ABC dijo que era un error, y que se podía haber cambiado solamente el escudo, como se había hecho durante toda la Historia para no dividir a los españoles. Miguel de Unamuno le restó importancia a los colores, afirmando que lo decisivo era sentir la patria. Manuel Azaña, ministro de la Guerra, ordenó el reemplazo en las dependencias militares. La exhibición de la rojigualda se persiguió, como había hecho el dictador Primo de Rivera con la republicana. Los autores de artículos en defensa de la bicolor fueron arrestados, e incluso se produjeron quema de banderas tricolores en 1932.

El gobierno republicano-socialista se apresuró a desarrollar políticas para su popularización. No solamente ocupó los lugares públicos y las ceremonias, sino que se intentó propagar en la escuela. Los manuales enseñaban los nuevos símbolos nacionales, y los maestros debían contar su significado, siempre vinculado, claro, a la libertad, la unidad y al progreso. Los republicanos de izquierdas, cada vez más minoritarios desde 1931 frente al empuje de los radicalismos, veían en la tricolor la bandera antimonárquica, de la independencia nacional, y de su proyecto reformista.

Un espejismo

Sin embargo, entre los socialistas y los comunistas tenían más arraigo la bandera roja y «La Internacional» que la tricolor y el Himno de Riego. Otro tanto pasaba con los anarquistas y los nacionalistas catalanes, vascos y gallegos, cada uno con sus símbolos. Por esto, durante la Guerra Civil la enseña republicana se adoptó como mínimo común denominador, pero solo oficialmente. La bandera tricolor como símbolo de unidad republicana era un espejismo ante la fuerza de comunistas y anarquistas, empeñados en su revolución, no en restaurar lo que calificaban de «República burguesa». Entre los alzados hubo mucha confusión. Algunos generales, entre ellos Mola, defendieron la tricolor en las primeras semanas de la guerra. El acuerdo con los requetés impuso la restauración de la rojigualda, sancionada por decreto de la Junta de Defensa Nacional, fechado el 15 de agosto de 1936.

Durante la dictadura franquista la tricolor se tomó como un símbolo antisistema, como fue durante los últimos años del reinado de Alfonso XIII; máxime si el régimen había elaborado un discurso nacionalista excluyente vinculado al franquismo contra la «antiEspaña», apropiándose de los emblemas nacionales.

Una batalla política entre la estabilidad que prometía la democracia y la nostalgia de unos colores

El 15 de abril de 1977, el Comité Central del Partido Comunista Español comunicó en rueda de prensa que aceptaba la bandera rojigualda, que ondearía en sus actos junto a la comunista. Era la culminación del acuerdo entre Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, por el que uno promovía la legalización del PCE y el otro la legitimidad del proceso democrático. El líder comunista dijo que la bandera nacional no podía ser «monopolio de ninguna fracción política», en referencia a los que querían impedir la transición. Los comunistas dejaron la tricolor, lo que enfadó a trotkistas y maoístas, que aseguraron que votarían a los socialistas. Sin embargo, el PSOE de Felipe González ya había renunciado a los símbolos republicanos, al menos de forma oficial, en el congreso de Suresnes, en 1974, donde los jóvenes desbancaron a los históricos del exilio, que eran rupturistas y parecían un serio obstáculo para el cambio democrático. Pero hubo problemas. En la campaña electoral de 1977, afiliados y simpatizantes se presentaban en los actos con banderas tricolores, que Alfonso Guerra y Julio Feo se encargaban de retirar. Felipe González, al igual que Santiago Carrillo, moderó a su formación en su discurso, propósitos y símbolos, lo que coadyuvó enormemente a la Transición. El pasado era un referente vital, y una parte de las bases socialistas se resistía, aferrada todavía a la carga emocional de la bandera tricolor. Esa discrepancia la cerró el socialista Luis Gómez Llorente en el voto particular del PSOE al art. 1 del anteproyecto constitucional el 1 de mayo de 1978: eran republicanos, pero la monarquía aseguraba la democracia. El PSOE, dijo, aceptaría lo que dijeran los españoles en las urnas. Por fin, la confusión entre los colores y los principios quedó saldada.