La conversión de Oscar Wilde

Consideró la vida una obligación estética, satirizó los convencionalismos sociales y se resistió a la idea de Dios hasta el final de su existencia

Consideró la vida una obligación estética, satirizó los convencionalismos sociales y se resistió a la idea de Dios hasta el final de su existencia

Oscar Fingal O’Flaherty Wills Wilde, nacido en Dublín el 16 de octubre de 1854, fue condenado a muerte ya el 27 de noviembre de 1900; y no por su inoportuna demanda de difamación contra el marqués de Queensberry, que le valió dos largos años de trabajos forzados en la cárcel de Reading, tras su paso por las de Pentonville y Wandsworth, sino porque aquel aciago día los doctores Tucker y Kleiss aseguraron a su gran amigo Robert Ross que el autor de «El retrato de Dorian Gray» no viviría más de cuarenta y ocho horas. Lapidaria sentencia. Robert Ross encontró a Wilde en un estado deplorable: había adelgazado mucho, su tez era lívida, su respiración dificultosa. Tenía consciencia aún de la presencia de algunas personas en su habitación del Hotel d’Al-sace de París, situado en el número 13 de la rue des Beaux-Arts, a donde se había trasladado a vivir en mayo de 1898. Wilde alzó la mano, de hecho, cuando Ross le preguntó si entendía lo que estaba diciéndole, y acto seguido incluso se la estrechó. El insigne escritor se había registrado en el hotel con el nombre falso de Melmoth, vulnerando así la Ley francesa.

Su amigo acudió a verle con una misión delicada. Pero entonces, desahuciado ya por los médicos, esa misión se convirtió en toda una prioridad. Ross era católico practicante, y una de las cosas que más anhelaba en el mundo era que el autor de «El fantasma de Canterville» se convirtiese a su fe, lo cual le había resultado imposible hasta ese momento. Wilde no era precisamente un angelito. El 25 de febrero de 1876, había sido admitido como masón en la Logia Apollo University, de Oxford. A esas alturas de su juventud, había ganado ya varias becas y premios literarios que le acreditaban como un poeta y novelista de enorme brillantez.

El 29 de mayo de 1884, contrajo matrimonio con Constance Mary Lloyd en St. James Church, Paddington, Londres. Poco después del nacimiento de su segundo hijo, Vyvyan, en noviembre de 1886, inició la vida disipada que le conduciría, de manera clara, al desastre.

Entre tanto, Robert Ross no perdía la esperanza de que algún día Wilde pudiese convertirse al catolicismo, por más que éste se lo ponía francamente difícil. Sin embargo, Ross estaba convencido de que para Dios nada había imposible. Así que rezó por su amigo sin desfallecer. Consagrado ya como escritor y contertulio admirado y envidiado al mismo tiempo, Wilde afirmaba que «la Iglesia católica es sólo para santos y pecadores y la Iglesia anglicana, para gente respetable». Una y otra vez, negaba así que la religión católica fuera la verdadera; e incluso se permitió la licencia de ironizar con Ross, a quien llamaba «el ángel de espada flamígera que me impide entrar en el Edén».

¿Cómo iba entonces a convertirse al catolicismo un hombre que renegaba hasta ese punto de él? «Sólo un milagro podía hacerle cambiar de opinión», debió pensar Ross. Un milagro del alma.

Hasta que a Wilde, como al común de los mortales, le llegó la hora de la verdad la madrugada del viernes 30 de noviembre de 1900. Robert Ross permanecía angustiado al pie de su cama. Más tarde, el 14 de diciembre, relató en una desconocida carta lo que sucedió allí. Un testimonio histórico de primera mano:

«Hacia las cinco y media de la mañana –evocaba Ross–, un cambio total se operó en él; sus rasgos se alteraron y eso que llaman el estertor de la agonía comenzó. Jamás había oído yo nada semejante; era como el horrible rechinar de un torno, y duró ya hasta el fin. Sus ojos no reaccionaban ya a la luz. Era preciso secar constantemente la sangre y la espuma de sus labios... A las 13:45 horas el ritmo de la respiración cambió. Tomé su mano, y advertí que el pulso comenzaba a ser irregular. Lanzó un profundo suspiro, el único que me pareció normal desde mi llegada, sus miembros se estiraron como involuntariamente, su respiración se hizo más débil; murió a las 13:50 horas en punto». Para entonces, Ross ya había localizado a un sacerdote, el padre Cuthbert Dunn, de la Orden de los Pasionistas, que administró a Wilde la unción de enfermos y lo bautizó, previo consentimiento del moribundo, que estando todavía consciente había levantado la mano en señal de aprobación. Fue así como el inefable Oscar Wilde, que había vivido casi toda su vida alejado de Dios, falleció abrazándole en la fe católica. El inmenso poder de la oración.

Un entierro con 56 personas

El 3 de diciembre de 1900 se celebró el entierro de Oscar Wilde. Previamente, se ofició una Misa en la iglesia de St. Martin des Près, a la que asistieron cincuenta y seis personas en total. A continuación, el cortejo fúnebre se dirigió al cementerio de Bagneux. Hubo veinticuatro coronas de flores, algunas de mandatarios anónimos. Los restos mortales del escritor se inhumaron en la sepultura número 17 de la fila 8ª de la 15ª división, de concesión temporal, que fue renovada por su amigo del alma Robert Ross, quién si no, en 1905. Sobre su lápida podía leerse la siguiente cita bíblica de Job: «Verbis meis addere nihil audebant et super illos stillabat eloquium meum» («Después de hablar yo, no replicaban, y sobre ellos mi palabra caía gota a gota»). El 20 de julio de 1909, sus restos se trasladaron al cementerio Père-Lachaise de París, donde hoy todavía reposan.

@JMZavalaOficial