La corte de Antonio López

Don Juan Carlos, acompañado por Antonio López (a su izquierda) pudo ver por fin ayer el cuadro de su familia
Don Juan Carlos, acompañado por Antonio López (a su izquierda) pudo ver por fin ayer el cuadro de su familia

«La familia de Juan Carlos I» cierra la exposición «El retrato en las Colecciones Reales» que acoge el Palacio Real. Todo queda entre maestros.

Hace unos días, cuando hablamos con él, quería quitar importancia a que «La familia de Juan Carlos I» hubiera despertado tantísima expectación. Sabedor de que no es un cuadro más en su producción (por el peso de los retratados, porque no había pintado antes una familia, porque sus protagonistas no pudieron posar, sino que se utilizaron fotografías para crear a partir de ellas la obra) y de que se mirará con una lupa, el pintor realista espera. Con esa paciencia infinita que le caracteriza, sin querer arrancar segundos al reloj. Como ha esperado veinte años en terminar el gigantesco lienzo que ayer por la tarde pudieron ver Don Juan Carlos y Doña Sofía a la vera del maestro de Tomelloso, cercano, satisfecho, aliviado por fin. Cuando le fue mostrado al Rey Felipe VI se quedó conforme, le gustó e hizo ver que el tiempo no había pasado: «Estamos como hace veinte años». Efectivamente. Entre luces, flashes y cámaras que disparaban y grababan a destajo, el lienzo, que ya adelantó LA RAZÓN en exclusiva el pasado sábado, se convirtió ayer en la estrella. De hecho, el recorrido de la muestra empezó por el hoy, el retrato real, y acabó en inverso orden cronológico, con el retrato de Isabel la Católica pintado en 1500-1504 por Juan de Flandes. Entre medias, más de un centenar de obras, entre pinturas y esculturas, pertenecientes a las colecciones reales.

Arrepentimientos

«Me siento estimado por quienes están cerca de mi sensibilidad», aseguraba en estas páginas Antonio López. Y lo es. Ya es pintor, además de real, de cámara. La composición del cuadro sufrió en estas dos décadas varias modificaciones. Hubo arrepentimientos (tan comunes, por otra parte, entre los maestros del pincel, ¿o acaso no titubeó su adorado Velázquez?) y de Felipe VI se llegaron a pintar hasta tres cabezas. Doña Sofía cambió su vestimenta porque no le terminaba de encajar al pintor, lo mismo que, por ejemplo, los zapatos de la Infanta Cristina, que aparece en el extremo izquierdo de la obra, distanciada quizá, tan cerca y tan alejada. López necesitaba su tiempo. ¿De cuánto estamos hablando? Del suyo. «Yo tengo mi forma de caminar y voy a mi paso», dice. Nada ni nadie le alteró la marcha. Ni siquiera otro grande, Pablo Palazuelo, a quien visitó hace unos años, consiguió que cambiara de opinión. Lo recordaba ayer su sobrino José Rodríguez-Spiteri, presidente del consejo de Administración de Patrimonio Nacional, en la presentación de la exposición: «Una tarde en que fue a visitarle conmigo hablaron de sus proyectos, que de lo que estaba haciendo cada uno. Cuando mi tío le preguntó, él le contó que estaba con el retrato real y entonces le dijo: “Ni se te ocurra acabarlo. Éste es el tipo de cuadros que no se pueden acabar jamás”». En el retrato, de 3 x 3,39 metros, están escritas las fechas de inicio y término: 1994-2014. Lo mismo que está fechado ese rayo de luz que se coló un mediodía de septiembre. Eran las 13:48, así lo estampó con lápiz. «El efecto puesta de sol es impresionante. Ése es su toque realmente final. Ahí supimos que estábamos en la fase final de la obra», asegura Rodríguez-Spiteri. El cuadro está enfrentado con otro diametralmente opuesto de Salvador Dalí, un lienzo sobre técnica mixta pintado en 1979 y titulado «El Príncipe de ensueño» y perteneciente a la colección del Rey Don Juan Carlos. Una vez que finalice la muestra, en abril, la obra de López se emplazará definitivamente en el Salón de los Alabarderos, la estancia previa a la sala de columnas del Palacio Real.

Deseo satisfecho

«Nunca me han pedido ver el cuadro», aseguraba días atrás el pintor refiriéndose a los miembros de la Familia Real. Y ayer, el deseo se hizo realidad. Qué diferentes éramos todos hace veinte años. «Una vez que la curiosidad que ha despertado la obra esté satisfecha, se van a ver los cuadros tal como son». Porque Antonio López, menudo de estatura, solamente de estatura, se mira de frente con Dalí. Y junto a ellos, Casas, Madrazo, los imponentes retratos de Mengs, un minúsculo Conde Duque de Olivares que no podría llevar sino la firma de Velázquez. Goya, soberbio, capaz de captar la psique del retratado, Carlos IV. Juan de Flandes, Van Loo... Y así hasta 114 excelentes retratos de las colecciones reales, gran parte de ellos restaurados y limpiados gracias al patrocinio de la Fundación BBVA, cuya ayuda ha hecho posible que muchos de ellos hayan cobrado un inusitado esplendor e incluso puedan datarse correctamente. Y hasta una nueva vida. Cinco siglos de Historia nos contemplan, desde el XVI hasta ayer mismo. Porque el cuadro de Antonio López, como quien dice, tiene aún la pintura fresca.