Historia

La noche en que los canarios no dejaron de cantar

La salida de palacio de la familia de Alfonso XIII el día de la proclamación de la República no será recordado como el mejor de los días para los Borbones: una pesadilla con el pueblo clamando en su contra

Alfonso XIII, rodeado por sus seis hijos, quienes abandonaron el palacio real el 14 de abril de 1931
Alfonso XIII, rodeado por sus seis hijos, quienes abandonaron el palacio real el 14 de abril de 1931

La salida de palacio de la familia de Alfonso XIII el día de la proclamación de la República no será recordado como el mejor de los días para los Borbones: una pesadilla con el pueblo clamando en su contra

La última noche en Palacio fue una pesadilla. Hasta las estancias y galerías regias llegaban, desde la Plaza de Oriente, los bramidos de una muchedumbre enfervorizada que clamaba contra la Monarquía y saludaba con efusión a la República. Aquel martes, 14 de abril de 1931, cayó como una nueva maldición sobre la convulsa dinastía de los Borbones de España. En el gran patio de Palacio, una sección de Húsares de Pavía compuesta por veinticinco hombres, y en las habitaciones, un zaguanete de Alabarderos (otros 25 hombres), eran las contadas fuerzas que defendían a la agónica Monarquía. Frente a ellas se oponía una marea desbordada de energúmenos, adornados con lazos rojos y republicanos, y gorros frigios, que se acercaban peligrosamente a la fachada profiriendo amenazas e insultos. Varios hombres treparon por los resaltes de los pilares y alcanzaron el balcón principal. Izaron la bandera republicana, amarrándola a la barandilla, para luego descender entre el estruendo de la multitud.

En el interior de Palacio el pánico y la inquietud se adueñaron de los jóvenes infantes, «huérfanos» de padre en aquellas tremendas horas angustiosas. La soberana también tenía miedo. Traumatizada en gran medida por el horrible final de su prima, la emperatriz Alejandra Fiodorovna, ocurrido trece años antes, tenía visiones en las que ella se veía arrastrada con sus hijos para encontrar finalmente un destino similar al de sus primos rusos, durante la revolución bolchevique.

Algunos pensaban ahora qué hacer si el pueblo rompía las puertas y asaltaba las ventanas. El jefe de las fuerzas no quiso desplegarlas ante la muchedumbre para que no pareciese una provocación. Se telefoneó al Ministerio de la Gobernación, donde ya ejercía Miguel Maura. Éste envió refuerzos: los llamados «guardias cívicos». Eran individuos vestidos con trajes modestos, en su mayoría obreros, que lucían como distintivo una faja roja en el brazo izquierdo. Tras disolver a los manifestantes, algunos de esos guardias penetraron en Palacio y procedieron a requisar todas las habitaciones, incluida la del hemofílico príncipe de Asturias, Alfonso de Borbón y Battenberg, que guardaba cama a causa de un golpe sufrido días atrás en el hombro, durante una cacería.

La noche fue insomne en Palacio. Como las lámparas estuvieron siempre encendidas, los canarios de los infantes no dejaron de cantar en toda la velada.

Por primera vez, la reina Victoria Eugenia se instaló en el cuarto de estar de las infantas. María Cristina, la pequeña, tenía miedo y su madre permaneció con ella, mientras Beatriz no se movió de la habitación de arriba.

A las cinco de la madrugada, una de las damas avisó a Victoria Eugenia de que un amigo del rey, Joaquín Santos Suárez, deseaba verla con urgencia.

La reina se puso la bata y salió a la estancia contigua. «Estamos en revolución», indicó, alarmado, el visitante. Luego, aconsejó a la reina que saliese de Palacio con sus hijos por la Puerta Incógnita y que desde allí tomase la carretera para coger el tren en El Escorial, insistiendo en que, si no obraba así, sus vidas correrían serio peligro.

A las siete de la mañana, el capellán Urriza celebró misa en Palacio, ayudado por el infante don Gonzalo. El aspecto que ofrecía entonces la Plaza de Oriente era desolador. Vendedores de periódicos vociferaban los titulares de portada, irrespetuosos con el rey. «¡No se ha marchao, que le hemos echao!», gritaba el gentío tras la salida de Alfonso XIII. Y el periódico El Socialista, fundado por Pablo Iglesias, titulaba el 15 de abril en su primera página: «¡Viva España con honra y sin Borbones!». Coches y camiones, con banderas republicanas y pancartas, transitaban sin cesar repletos de mujeres y hombres trastornados. La verja del Campo del Moro aparecía cubierta por un enjambre humano.

A las ocho de la mañana partió la reina con sus hijos hacia El Escorial en varios coches. Los chauffeurs iban sin librea y con boina. Era aún temprano para tomar el rápido de Hendaya en El Escorial y se decidió hacer un alto en Galapagar. A despedir a la reina acudieron los hijos del dictador, Pilar y José Antonio Primo de Rivera. Entristecida y enojada, Victoria Eugenia de Battenberg les dijo, muy segura: «De haber vivido vuestro padre, no hubiera pasado esto».

Llegados a El Escorial, aún tuvieron que aguardar una hora hasta que partió el tren. Durante esa larga y tensa espera, el conde de Romanones, renqueante y avejentado, apoyado en su inseparable bastón nacarado, se dirigió al infante don Jaime con lágrimas de impotencia en los ojos cuando ya era demasiado tarde.

¿Por qué Alfonso XIII dejó desamparada a su familia? El futuro ministro de la Corona con el nieto de Alfonso XIII, Ricardo de la Cierva, recordaba haber escuchado «muchas críticas de amigos de casa contra el rey por haberles dejado solos esa noche en Palacio». Como si quisiera dar a entender que quien calla, otorga, Ricardo de la Cierva añadía que su abuelo, Juan de la Cierva y Peñafiel, «no decía, al oír esas críticas, una sola palabra». Incluso Pío Baroja censuraba la conducta del monarca cuando ya todo estaba perdido: «Recuerdo –escribía el autor de ‘‘Zalacaín el aventurero’’– la tarde de la revolución del año 31 en esta plaza [la de Oriente]. La reina Victoria Eugenia estaba en Palacio, sola con sus hijos, sin defensores, rodeada de una turba curiosa que podía convertirse en inquieta y amenazadora. Todos los fieles la habían abandonado, comenzando por su marido. ¡Qué miseria!».

@JMZavalaOficial