Cultura

La otra "semana trágica": Así ardió Barcelona en 1909

Los violentos sucesos de estos días en Cataluña nos recuerdan a lo ya vivido en 1909, cuando Barcelona ardió.

Los violentos sucesos de estos días en Cataluña nos recuerdan a lo ya vivido en 1909, cuando Barcelona ardió.

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La crisis del sistema de partidos de la Restauración estaba en su ecuador toda vez que los conservadores y los liberales estaban débiles y divididos. El nacionalismo tardío, romántico y biologicista, comenzaba a asentarse en tierras vascas y catalanas. Al tiempo, el anticlericalismo y el republicanismo, muchas veces dos caras de la misma moneda, se presentaban como la alternativa. El regeneracionismo había fracasado, el 98 coleaba, y la desafección hacia los políticos y la violencia como instrumento se habían generalizado. Los socialistas aún no tenían representación parlamentaria, pero el sindicato UGT crecía, a la vez que la ensoñación revolucionaria. Los anarquistas eran la organización más poderosa y también la más desorganizada y temible, extendida especialmente en Cataluña. Esa era la España de 1909, atrasada pero intensa, inmersa en el avispero del Rif en un ambiente latente de Gran Guerra. Hombres dispuestos a matar para conseguir la paz, como escribió el historiador Marc Ferro: la contradicción entre el odio al diferente y el sueño pacífico, la exaltación de la dialéctica amigo-enemigo.

falsos rumores y corte de comunicaciones

Por eso ardió Barcelona en 1909. La excusa fue el envío de tropas al Rif. El PSOE organizó una huelga revolucionaria contra la guerra. Buscaban derribar al gobierno Maura o deteriorar el régimen. El lugar escogido fue Barcelona. Solidaridad Obrera, el sindicato más poderoso, acordó que fuera el 26 de julio para adelantarse a las detenciones. Las negociaciones para el movimiento las llevaron a cabo socialistas, anarquistas, nacionalistas y republicanos y el día señalado se paralizó Barcelona y se extendió a localidades como Sabadell, donde hubo enfrentamientos con las fuerzas de orden público El gobierno de Maura entendió aquello como sedición y ordenó el Estado de Guerra, lo que suponía suspender las libertades de expresión, reunión y asociación, y la inviolabilidad del domicilio. También permitía el destierro de los sediciosos. Ossorio y Gallardo, gobernador civil de Barcelona, se negó y dimitió. Los revolucionarios cortaron las comunicaciones, tanto terrestres como telefónicas y telegráficas, para impedir la reacción gubernamental. Era el golpe de Estado moderno que en 1931 describió Curzio Malaparte. Los sublevados hicieron correr falsos rumores, como el que la Guardia Civil iba a aplicar la «ley de fugas». Esto enardeció más a la gente y justificó más violencia. La Iglesia se convirtió en un objetivo fácil. Solo se incendió un edificio civil, una fábrica de licores del carlista Antonio Tortas, porque la práctica totalidad fueron religiosos. Además de saquear y quemar, los sediciosos profanaron tumbas de monjas en seis conventos. Las imágenes de las profanaciones se divulgaron por todo el mundo. Los republicanos, tanto radicales como federales, corrieron la noticia de que Maura había sido asesinado y que se había proclamado la República en Barcelona y en otros lugares. En algunas localidades montaron «juntas revolucionarias» para asumir el poder. El Estado desapareció, y el desorden lo invadió todo. El domingo 1 de agosto todo había terminado. Esa semana trágica se saldó con un total de 78 muertos –la cifra es discutida–, tres de ellos militares, con 500 heridos y más de cien edificios incendiados, sobre todo religiosos. Hubo cinco condenas a muerte: un nacionalista, un lerrouxista, un sedicioso, un guardia de seguridad, y Ferrer Guardia, anarquista, y presunto instigador. Los sucesos fueron aprovechados por liberales y republicanos para formar un «Bloque de Izquierdas» con el PSOE. El Gobierno dimitió y se formó un Gabinete liberal. Sin embargo, las consecuencias fueron graves. La imagen internacional de España quedó muy deteriorada. Las crónicas periodísticas y las fotos de Barcelona incendiada, la «Rosa de Fuego», dieron la vuelta al mundo. La Ciudad Condal no volvió a ser la misma.