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Agua, pan duro y Platón

Feuerbach bucea en la historia de Kaspar Hauser, que cautivó a artistas de todo tipo

Feuerbach bucea en la historia de Kaspar Hauser, que cautivó a artistas de todo tipo.

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Un día de mayo de 1828 apareció en una plaza de Nuremberg un joven vestido de campesino que se mantenía en pie con dificultad, llevaba en una mano una carta dirigida al capitán de caballería del regimiento de la ciudad y entre lágrimas y expresiones de dolor, repetía la frase: «Ser jinete como lo fue mi padre». Así comienza una historia que ha cautivado a escritores como Jacob Wasserman, Paul Verlaine o Paul Auster; a cantantes como Suzanne Vega y Georges Moustaki, ha inspirado una ópera, una película de Werner Herzog y define un síndrome en psicología.

La historia de Kaspar Hauser produjo desde el primer momento numerosos documentos, folletos y libros. Más tarde, en 1908, la excelente novela de Wasserman,alimentó el aspecto más romántico de la historia, pero es el volumen de Feuerbach –«Kaspar Hauser. Ejemplo de un crimen contra la vida interior de un hombre»–, eminente jurista que estuvo muy cerca de Kaspar, el que con más precisión y objetividad describe los hechos y los interpreta como el hombre culto y versado en diferentes disciplinas que era. Debía de tener dieciséis o diecisiete años cuando Kaspar Hauser llegó a Núremberg, pero su comportamiento era el de un niño pequeño, lo que hizo que se ganara la compasión de la gente que se acercaba a verle con la curiosidad que despierta todo lo extraño. Solo pronunciaba unas pocas palabras, se alimentaba exclusivamente con agua y pan duro y desconocía los fenómenos más cotidianos de la naturaleza. Feuerbach comparaba la situación del chico con la de los hombres de la caverna de Platón que nacidos y criados bajo tierra solo a edad madura suben al mundo superior y descubren la luz del sol, y también en algún momento recuerda el autor al Segismundo de Calderón. Cuando aumentó su vocabulario Kaspar contó que no sabía quién era ni dónde había nacido y que había vivido siempre en un agujero, sentado en el suelo, descalzo, que nunca había escuchado un ruido ni percibido jamás la luz del sol y tampoco había visto al hombre que le llevaba el agua y el pan. También sabía escribir su nombre y algunas palabras. Su aprendizaje fue rápido y sorprendente durante los primeros meses de su vida en libertad.

En el fondo del alma

La deslumbrante erudición del jurista destaca sobre todo cuando explica que el Código Penal debería contemplar un delito contra la vida interior, ya que se había privado a Kaspar Hauser de su más elevada naturaleza espiritual, de su educación, progreso y formación porque pasó toda una larga y bella etapa de su vida sin haberla vivido y las circunstancias del crimen reposan en el fondo de un alma humana. El abogado parece dirigirse a un jurado con un alegato de una brillantez y modernidad sorprendentes.

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Tras la lectura del texto de Feuerbach, el epílogo de Julio Monteverde abre interesantes interrogantes sobre la obligada socialización de Kaspar, cómo su visión del mundo se fue volviendo cada vez más estereotipada y, cuando el proceso civilatorio concluyó, el mismo jurista afirmó dramáticamente que «nada hay ya de extraordinario en él». En 1830 Kaspar murió apuñalado por un desconocido. Los rumores que habían circulado sobre sus orígenes nobles se dispararon. Nunca sabremos quién era ni quién le asesinó, su enigma será tan perdurable como la empatía que despierta su persona.