Al fuego con ellos

«Breve historia de los libros prohibidos». Werner Fuld. RBA. 400 páginas, 21 euros.

Franz Kafka pidió que se deshicieran de sus obras
Franz Kafka pidió que se deshicieran de sus obras

Las listas negras de autores han existido a lo largo de los siglos, en los que libros condenados han ardido en hogueras que encendieron gobernantes, religiones o escritores que dudaron de sus obras, historias que ha recuperado el alemán Werner Fuld en un ensayo, una «crónica de la victoria de la palabra». «Breve historia de los libros prohibidos», editado por RBA, repasa la historia universal de esos libros que, en algún momento, fueron elegidos para su destrucción. Esta relación de prohibiciones es en definitiva, según asegura su autor, «la historia de la supervivencia de la memoria humana almacenada en los libros» y por ello dedica un recuerdo a las personas que arriesgaron su vida para salvarlos. Algunas de estas obras fueron protegidas a pesar de sus propios creadores. Así, como ejemplo de autor «que aspira a su propia aniquilación», Fuld destaca a Franz Kafka, que quiso que se destruyera sin excepción todo lo que había escrito. Y la estadounidense Margaret Michell se encargó de borrar personalmente las huellas literarias anteriores a «Lo que el viento se llevó». En la mayoría de los casos, lo que lleva a un autor a la destrucción de su obra es la conciencia de su imperfección, explica Fuld, que recuerda cómo Marcel Proust guardó en una sombrerera las mil hojas rotas en las que había escrito «Jean Santeuil», descubiertas 30 años después de su muerte. Y Nabokov pretendía quemar los primeros capítulos de «Lolita» pero su esposa lo impidió. Terminó de escribirla en 1953, cinco años después de empezar, pero transcurrirían otros cinco para que fuera publicada por una pequeña editorial de libros pornográficos. Fue el primero que, tras «Lo que el viento se llevó», vendió más de 100.000 ejemplares en las tres primeras semanas. Prohibido en Inglaterra, provocó también en Estados Unidos estallidos de indignación. En 1960, la justicia alemana denunció el libro por contenido inmoral y en 1965, miles ejemplares de «Lolita» ardieron en una hoguera en Düsseldorf.

Burlando lo prohibido

Remontándose siglos atrás, se ignora por qué Virgilio mandó quemar la «Eneida» en su testamento. Sea como fuere, el emperador Augusto lo impidió. Pero fue éste quien ordenó la primera quema masiva de libros en Roma: a finales del año 12 a.c. mandó al fuego más de dos mil libros oraculares, una acción sin precedentes en el Imperio. Con estas destrucciones, la autoridad ha aspirado a lo largo de la historia a borrar del mapa los escritos para los que no querían lectores. Así nadie se acordaría de ellos, sostiene Fuld, que rememora en su ensayo la Biblioteca de Alejandría. «Pero la curiosidad y la fascinación por lo prohibido siempre ha burlado todas las medidas disuasorias», escribe el autor alemán, que considera la «madre» de todas las listas negras a la relación de libros prohibidos que la Iglesia católica publicó en 1559 en Roma.