Algo huele a podrido en el pantano

Con la posmodernidad, la novela policiaca se ha convertido en el género más proteico de la literatura popular. Tanto, que permite a Juanjo Braulio jugar en «El silencio del pantano» con un relato canónico policiaco y el metarrelato complementario de un escritor que fabula sobre cómo construye dicha ficción y encaja sus piezas. Ambos relatos son producto de una ficción cuya referencia es ella misma: la de una realidad que es también ficción. Un texto repleto de referencias literarias y culturales que acaba agotándose en su misma paradoja. Lo que no significa que Juanjo Braulio haya errado el tiro. Analizar su singularidad permite apreciar el juego de espejos que ha introducido en el texto de la novela para conseguir una trama policiaca más compleja y, de paso, plantear al lector un desafío intelectual que rompa con la rutina del género.

Para lograrlo ha divido la narración en dos relatos: el primero, la trama policiaca propiamente dicha, y el segundo las reflexiones del novelista sobre cómo escribe y fabula ese relato que se resiste a tomar forma. En fin, la construcción metaficcional inserta en el relato criminal como un anillo de Moebius. Para el relato convencional, Braulio utiliza el pretérito perfecto simple, adecuado para la narración que se refiera a los hechos retrospectivos, contrapuesto al relato en presente de indicativo –que en realidad equivale a un imperfecto–, para contar el segundo, que le permite introducir el comentario y el distanciamiento respecto al otro relato. Esta narración está trufada de nombres de autores fetiche del escritor, recetas novelísticas, citas y referencias a personas que cumplen una función intertextual. El típico «roman à clef» para cuantos conocen los referentes políticos y culturales valencianos y sus corruptelas.

Ritmo envidiable

Aparte de juegos retóricos y formales, hay que destacar el estilo elegante, su ambición literaria y el interés que despierta su intriga, bien estructurada y escrita con envidiable ritmo. Aunque puede criticarse el exceso de pedantería y prolijidad típicas del narrador principiante. ¡Cuánta falta hace en el mundo editorial un buen editor! Es positivo ser ambicioso, siempre que se sepa someter el texto a la intriga. Digresiones interminables, referencias narcisistas, narraciones costumbristas y crítica acerba del mundo cultural valenciano, tan poco relevante como carente de pertinencia en un relato criminal tan bien urdido como éste. Al igual que la idea ingenua de que basta un callejero para hacer de Valencia una ciudad literaria. Lo mejor, el submundo de la droga y los personajes antagónicos: el brigada gay de la Guardia Civil, David Grau, a falta de un mayor desarrollo, y el personaje-autor, nihilista, descreído y reaccionario. Juanjo Braulio trata de encajar dos novelas en el lecho de Procusto: una intriga policiaca y el relato de ese relato, y una novela de crítica social excesiva y mal ahormada al relato criminal. De haber seguido a Chirbes, digamos, hubiera conseguido un soberbio fresco sobre los lazos corruptos que unen el poder político, la mafia, la cultura y las fuerzas del orden en una Valencia empantanada. La metáfora de la España más negra.