Cuando España (casi) conquistó el Oeste

Aparecen publicados en nuestro país los diarios de la expedición que trató de unir Santa Fe y Monterrey (EE UU) en 1776, un viaje épico a través de tierra desconocida que cruzó cordilleras, ríos, desiertos y entró en contacto con tribus indias sin hacer un solo disparo

Rostros nuevos. A lo largo de su aventura, los españoles encontraron nuevas tribus; algunas de ellas se llevarían, años más tarde, la peor parte de la colonización
Rostros nuevos. A lo largo de su aventura, los españoles encontraron nuevas tribus; algunas de ellas se llevarían, años más tarde, la peor parte de la colonización

Aparecen publicados en nuestro país los diarios de la expedición que trató de unir Santa Fe y Monterrey (EE UU) en 1776, un viaje épico a través de tierra desconocida que cruzó cordilleras, ríos, desiertos y entró en contacto con tribus indias sin hacer un solo disparo

Era la tierra más remota e inhóspita de soberanía española en América, unas coordenadas que aparecían en blanco en los mapas. Los dominios españoles de lo que hoy es Estados Unidos hacia finales del siglo XVIII eran un territorio tan vasto como desconocido. Los colonos, misioneros y militares de aquella inmensa extensión eran pocos y mal cohesionados: los dos enclaves más importantes, Santa Fe y Monterrey, estaban separados por 1.500 kilómetros de tierra de la que nada se sabía. Una expedición bien conocida por los historiadores de EE UU, pero ignorada en España (nunca se han publicado los diarios de este viaje en castellano aunque sí en inglés), trató de establecer una ruta entre ambos puntos y dibujar el primer mapa del oeste americano. Los padres Fray Francisco Atanasio Domínguez y Fray Silvestre Vélez de Escalante dejaron constancia de su apasionante viaje en este «Diario y derrotero», que se lee como una novela de aventuras y que ahora ve la luz con comentario crítico. «Diario de la expedición Domínguez-Escalante por el Oes-te Americano» (Miraguano Ediciones) es una puerta abierta a los hechos y sentimientos (especialmente el miedo, la desconfianza y las penalidades) de la última gran expedición española de la historia.

w una ruta tortuosa

Imaginen echarse a andar a ciegas hacia un destino para el que no hay camino. Así, con el objetivo de dar forma de mapa a una «terra incognita» empieza esta aventura. En el plazo de un mes, con el apoyo de las autoridades coloniales, los padres Domínguez y Escalante empiezan a formar un grupo de expedicionarios del que queda constancia en el diario. Sería un pequeño equipo de curtidos y hábiles rastreadores, formado por ocho miembros, entre los que había militares y un personaje fundamental para el éxito de la misión: un cartógrafo experto, Don Bernardo de Miera y Pacheco, que perderá los nervios en no pocas fases de la tortuosa ruta. También les acompañan indios genízaros, es decir, niños de una tribu robados por otra y que los franciscanos tenían la obligación de rescatar comprándolos. Por cierto, que sobre los niños robados por las tribus en un tiempo muy posterior habla la película de John Ford «Centauros del Desierto». Algunos nativos se sumarán a la caravana a medida que ésta avance y con ellos surgirán tensiones según queda reflejado en los diarios. Es decir, que el grupo estaba formado por hombres de muy diversa condición: españoles, mestizos e indios, misioneros, soldados, sirvientes o tramperos.

La historia que cuenta «El renacido», la reciente película de Alejandro González Iñárritu y protagonizada por Leonardo DiCaprio puede servir de referencia para ilustrar el ecosistema, pero en realidad transcurre en un tiempo posterior. La expedición tiene lugar casi medio siglo antes, en 1776, un año clave en la historia de América, porque fue el de la independencia de los primeros 13 estados del este: lo que hoy es Estados Unidos seguía dividido en tres franjas de distinto dominio: británico, francés y español. Bajo dominio de la corona quedaban las actuales California, Arizona, Nuevo México y Texas, además de parte de Colorado y Nevada.

w tribus hostiles

Quienes llevaban allí viviendo desde tiempo inmemorial eran los indios hopi, pueblo y yuta, a quienes pertenecían estas tierras y que recibieron a los españoles con distintas actitudes. Sin embargo, no eran tan violentos como el verdadero peligro de los expedicionarios: los apaches y los comanches se habían alejado algo al norte por su enfrentamiento con las tribus anteriores, por lo que en ocasiones la colaboración era posible. Estas tribus fueron las grandes perdedoras de la historia y así lo cuentan los diarios de los padres Domínguez y Escalante. Mientras los indios que sirven de guía parece que conspiran contra los padres, el joven indio Joaquín jugará un papel de mediador entre las culturas. Nunca, en toda la peripecia, nuestros protagonistas dispararán un arma de fuego a pesar de que los encuentros no son siempre amistosos. La expedición partió en agosto y cruzó cordilleras, barrancos, ríos y desiertos. De las penalidades de la ruta dan cuenta el diario. Avanzaron hacia el noroeste, hacia el Lago Salado de Utah, donde entran en contacto con una tribu de indios desconocida para los españoles, los timpanogos. Este grupo se muestra amistoso e incluso están dispuestos a abrazar la fe de la religión que los padres se afanan en transmitir. Este es el momento más feliz de la narración, porque la conversación es buena y el entendimiento también (como el personaje de DiCaprio en aquella película, el trampero Hugh Glass). Sin embargo, al reemprender el camino, el durísimo invierno se les echa encima y las tensiones en el seno de la expedición aparecen debido a las lluvias, el frío, las ventiscas, y, finalmente, la nieve.

Esta historia discurre paralela a la colonización de California, llevada a cabo por Fray Junípero Serra (la misma editorial ha publicado «Diario de Fray Junípero Serra desde la Misión de Loreto a San Diego en 1769»), que fundó Monterrey en 1770 como la misión religiosa que coronaba todo un rosario de instalaciones que aún se conservan o que se perdieron pero dieron lugar a urbes como San Francisco, San Diego, o Los Ángeles. Fray Junípero fue canonizado hace dos años por el papa Francisco en Washington, es un personaje importante de nuestra historia. Sin embargo, casi nadie recuerda a nuestros protagonistas. El olvido del padre Domínguez es quizá perdonable, pues nació en México, pero lo cierto es que nadie conoce en su tierra (Cantabria) a los otros dos grandes personajes de esta epopeya: el cartógrafo Bernardo de Miera y el padre Vélez de Escalante, nacido en Treceño. Es muy diferente el trato que ha recibido su memoria en EE UU, donde la expedición es bien conocida y es considerada la más importante que ha habido en el oeste Americano. El historiador Herbert E. Bolton compara a Escalante con Livingstone. En Salt Lake City (Utah), en Denver (Colorado) y en multitud de sitios en el entorno de la ruta, recuerdan su hazaña, pero el mayor reconocimiento de su valía es que muchos de los nombres que ellos otorgaron en 1776 a los lugares por los que pasaron siguen vigentes hoy en día.

El final de esta historia es tan interesante como imprevisto, porque la expedición fracasó. Nunca llegaron a Monterrey. Sumidos en el pánico por toparse con los comanches, los españoles dieron media vuelta y regresaron a Santa Fe a lo largo de un penoso rodeo por barrancos y cañones en el intento de cruzar el río Colorado. El cansancio y la falta de víveres les estaba dejando exhaustos. Al cabo de unas jornadas de desesperación, encontrarán un lugar para atravesarlo que hoy en día todavía se llama «The Crossing of the Fathers» (El vado de los padres). Llegarán, seis meses después, al punto de partida. ¿Fue un fracaso? Quizá sí. Si piensan que no fueron suficientemente bravos, en su mano está ir a comprobarlo. De otro modo, tienen la oportunidad, como dice Don Quijote, de viajar con este libro, «mirando un mapa, sin costarles blanca, ni padecer calor ni frío, hambre ni sed».

Los caminos, la herencia española

Además de los topónimos del suroeste americano, el legado de los españoles quedó plasmado en dos caminos que las autoridades estadounidenses reconocieron, respetaron y conservaron como parte de su cultura. Desde Santa Fe, el punto de partida de la expedición Domínguez-Escalante, partía el Camino Real de Tierra Adentro, que conducía a la ciudad de México, durante 2.500 kilómetros que las caravanas tardaban meses en recorrer. Santa Fe fue fundada en 1610 y no fue hasta 1770 cuando Fray Junípero Serra estableció el Camino Real, un recorrido bellísimo por la costa de California, la Baja (México) y la Alta (EE UU) a través de 966 kilómetros. La recuperación de esta ruta por parte de la administración estadounidense desde 1906 favoreció la instalación de unas campanas a lo largo del recorrido que honrasen la memoria de Junípero Serra. A la izquierda, mapa de Bernardo de Miera que conserva la Biblioteca de Berkeley.

Un estudio completo

El autor de la edición, Javier Torre Aguado, es profesor de literatura en la Universidad de Denver, donde las huellas de los expedicionarios son bien visibles. Torre Aguado acometió una investigación tanto bibliográfica, consultando las fuentes originales que en Estados Unidos se custodian, pero además hizo una investigación aventurera por los desoladores y desafiantes territorios de la exploración original, que recorrió por los mismos senderos para entrevistarse con los lugareños y empaparse del espíritu de la región. En paralelo, lleva a cabo un trabajo de contexto sobre la presencia española en Norteamérica, describe las tribus indígenas y cada uno de los miembros de la expedición.