Dólares y budismo

El autor de «Yeruldelgger. Muertos en la estepa», Ian Manook, ni es mongol ni su nombre es tan exótico. Es francés y se llama Patrick Manoukian. «Yeruldelgger» (2013) es su primer «polar», y ha ganado varios premios de novela policiaca. El año pasado publicó «Les temps sauvages» (2015), continuación de las peripecias del comisario mongol de nombre impronunciable, Yeruldelgger Guichyguinnkhen, de la policía de Ulán Bator y artífice del éxito de esta insólita saga en ciernes. Contrariamente a lo que pudiera parecer, el éxito de «Yeruldelgger» no se debe tanto a la curiosidad etnográfica como a su calidad literaria y a la compleja trama que ha urdido su autor con pericia de narrador de fondo.

Ian Manook nació en 1949. Es un experimentado periodista, autor de novelas infantiles y editor de libros de viajes, perfil un tanto ecléctico que apenas permite vislumbrar sus dotes para escribir una de las mejores novelas policiacas del año.

Si bien es cierto que la acción y el encanto de la novela descansa en la figura doliente del comisario mongol, no es menos cierto que los personajes secundarios ocupan desde el comienzo un papel principal. En primer lugar Oyun, la policía forense, protagonista de la mayor parte de la acción de este thriller que se mueve entre los bajos fondos y la estepa, seguida de la policía y compañera sentimental del comisario, Solongo, y uno de esos personajes que acaban apoderándose de la novela: el niño paria Gantulga, heredero de los míticos «Irregulares» de Sherlock Holmes. Lo curioso de este tipo de novelas policiacas escritas por un occidental es que siendo incapaces de sentir el orgullo patrio –culpabilizados por el pasado colonial de sus país– cuando escriben de países masacrados por grandes potencias, como Mongolia, sus relatos no dejan de entonar un canto exaltado al nacionalismo mongol, sus maravillosas estepas descritas con gran lirismo y la reivindicación de su cultura ancestral, esa que rusos y chinos y ahora los coreanos han tratado de sofocar, y en el caso del opresor comunismo ruso y chino de arrasar, sin conseguirlo.

Eso no impide que Ian Manook maneje con virtuosismo un bagaje etnográfico admirable y describa con soltura el mundo cotidiano de los habitantes de Ulán Bator, las costumbres de sus personajes, a caballo entre la tradición y la modernidad adquirida con la dominación del comunismo ruso y la explosión capitalista que estos países asiáticos están viviendo desde la caída del muro en 1989 y la instauración democrática.

Una nada fría

El comisario Yeruldelgger sufre una problemática vital que lo enraíza con los modernos protagonistas de la novela policíaca. Tras el asesinato de su hija pequeña «su vida se había deslizado hacia una nada fría y muda», y el dolor había convertido su mirada en algo «mineral, inmóvil y sólido como la misma Mongolia». Pero Yeruldelgger logra renacer mediante una terapia religiosa ancestral en un monasterio budista tibetano y volver a la acción curado de su carácter iracundo y violento, incapaz de respetar las jerarquía y rendir cuenta a la autoridad. De nuevo, el comisario se presenta como un sacerdote o un chamán que ha de ir más allá del deber para restaurar el orden y la justicia de un país corrupto, dominado por unas élites abandonadas al mal karma del capitalismo salvaje de explotadores chinos, rusos y coreanos. Pese a estos recurrentes ideologemas progres, lo que importa es la intensidad del relato, la viveza de sus protagonistas, su prosa pausada y elegante y el interés que suscita este soberbio thriller de acción e intriga policiaca en una Mongolia desconocida.