El tumor castrista

Hay dos formas de encarar la novela policiaca en Cuba: la nostálgica de Leonardo Padura, que añora la Revolución y estetiza las ruinas de La Habana, otro crimen de la utopía comunista, y la de Vladimir Hernández, que saja sin miedo el tumor castrista y denuncia en clave policial la decadencia del sistema yéndose por el sumidero de la historia. Según Padura, la utopía comunista ha sido traicionada y ha traído un cansancio social que aboca a los cubanos a una cínica resignación. No la suya, que sigue viviendo en La Habana, sin renunciar a sus privilegios de élite castrista.

Delatores de barrio

Vladimir Hernández ha debido abandonar Cuba para tomar distancia y poder escribir «Habana réquiem» desde Barcelona. En ella analiza cómo trabaja la PDR (Policía Nacional Revolucionaria) y denuncia el sistema represivo, las corruptelas y burocracia de esta policía política, vista desde su lado decadente pero buenista. La distancia geográfica le permite analizar la decadencia de la Revolución, la hecatombe de la socialización de la vida, la propiedad y el sistema de delación organizado por los Castro: los CDR (Comités de Defensa de la Revolución), ayuda inestimable de la represión policial.

El otro punto nodal es la corrupción general y la del cuerpo policial. Tres agentes tratan de resolver tres casos criminales. Esas investigaciones le sirven al autor para poner en evidencia el actual estado comatoso de la Revolución, tras el falso aperturismo económico, que ha dado paso a cierta permisividad social y moral, pero manteniendo la feroz represión político-policial bajo la férula de Raúl Castro. Un asunto sustancial, los presos políticos, que en la novela se obvian, quizá por prudencia. Vladimir Hernández escribe con prosa caribeña, repleta de imágenes seductoras y un argot colorista, de tintes barrocos. Dibuja con inteligencia los personajes y recrea el ambiente con espíritu costumbrista. Los diálogos son sintéticos y la novela tiende a una brillante imaginería pop.

La intriga es poco enrevesada. Mero vehículo ideológico para desenmascarar la situación corrupta del régimen comunista. Pecaría de ingenuidad si tratara de imitar la novela negra, difícilmente extrapolable a regímenes de economía centralizada, donde la corrupción es institucional, carecen de garantías jurídicas y el individualismo está sofocado por el grupo, los delatores de barrio y la burocracia estatal. No obstante, hay que saludar «Habana réquiem» como un primer intento honesto de no soslayar la brutal represión del Estado. Su denuncia del racismo policial de las élites: el detestable «olor a clase obrera y marginalidad». El sueño de encontrar un «príncipe rojo» para una hija o la sanidad inoperante para pobres y las clínicas lujosas para ricos. La influencia del turismo después de la apertura económica, el racionamiento, el mercado negro y la tolerancia gubernamental, que ha permitido una delincuencia hasta ayer inexistente y cierta disidencia alternativa al discurso revolucionario: tribus urbanas de mikis, reparteros, emos y metaleros. «El hambre es una estrategia del Gobierno; así mantiene a la gente ocupada», dice un personaje. Esa hambruna y el controlado aperturismo permiten sobrevivir o enriquecerse sin alterar el statu quo represivo que denuncia la obra sin tapujos.