La cultura, entre bromas y veras

El debate antitético entre cultura y civilización remonta al siglo XIX y se ha perpetuado hasta nuestros días cuando, las más de las veces, su estudio y, por así decir, su propiedad, se disputa como patrimonio de diversas facultades. A modo de anécdota hay que recordar que hoy la «civilización» se asocia especialmente a la enseñanza de las facultades de Historia mientras que la «cultura» ha quedado en el campo de las facultades de filología o estudios literarios. La antropología usa sus propios códigos al respecto y la filosofía se mueve de forma ambigua y serpenteante: los estudios culturales y la teoría cultural nacen precisamente de estas intersecciones. Pero esta es sólo una de las dicotomías que se pueden buscar respecto de la polisémica palabra «cultura», de siempre compleja definición según se haga desde el punto de vista filológico, histórico o antropológico, entre otras disciplinas. Y por supuesto según la corriente de pensamiento que la enuncie. «Cultura» tiene otros pares opuestos en el debate histórico, como «naturaleza» o «barbarie», con un largo y enriquecedor diálogo que a veces remonta a la filosofía antigua, si se entiende aquella como convención, acuerdo o forma de vida.

El gran teórico de la cultura Terry Eagleton, un pensador imprescindible de nuestros días, regresa ahora a uno de los temas de su preferencia, ya tratado en su libro «La idea de cultura: una mirada política sobre los conflictos culturales» (Paidós 2001), con un magnífico y breve ensayo que resulta totalmente esclarecedor para aprehender la variedad del debate moderno y posmoderno en todo al concepto de cultura.

Rabiosa actualidad

La cuestión no es banal sino que está de rabiosa actualidad en nuestras llamadas «sociedades multiculturales» y más aún desde el punto de vista político. Huelga recordar que, en estos últimos años, algunos actores políticos ligados al populismo o al nacionalismo más exacerbado, desde las Américas a nuestra Europa, están clamando por una preservación de la «cultura propia» con tintes romántico-etnicistas que se creían superados, frente al peligro supuestamente representado por la integración de los extranjeros y su llegada masiva.

En definitiva, en su nueva aproximación a la cultura, Eagleton pasa revista a esa ilustre nómina de críticos «avant la lettre», como Burke, Herder, Wilde y Eliot, entre otros, de forma atractiva e irónica. Su estilo inconfundible, de frases cortas, elípticas o paradójicas, y con un uso en algunas de las ocasiones deslumbrante del humor más inteligente, hace de la lectura de este libro una auténtica delicia intelectual. Siempre vivaz y al día, pero cargado de una notable erudición, Eagleton juega con su lector y, entre bromas y veras, lo instruye con dosis de precisión encomiables. Incluso deslumbrará a quienes no estén de acuerdo con sus postulados. La diversión está asegurada.